Los padres de Mónica nos invitaron a su casa para intentar intimidarme

Cuando mi relación con Carmen se volvió más seria, nos mudamos juntos al piso que sus padres le regalaron. Apenas tenía veintidós años y ya era propietaria de una vivienda en pleno centro de Salamanca. Yo ni siquiera soñaba con algo así. Tras la boda, pensé iluso que nada en nuestra vida iba a cambiar. Pero mi suegro apareció con una brillante idea: podríamos mudarnos temporalmente a su casa, alquilando el piso de Carmen. De ese modo, en unos meses, ahorraríamos lo suficiente para una reforma decente.

A Carmen la propuesta le entusiasmó. Para ella era cómodo vivir con sus padres, y nunca está de más tener un dinero extra. Nunca entenderé por qué, antes de conocernos, tardó tanto en mudarse con sus padres y aprovechar para ahorrar para el piso.

No tuvimos más remedio que dejar nuestro pequeño nido y hacer las maletas. El dinero del alquiler era una ayuda considerable. Incluso abrimos una cuenta juntos, donde ingresábamos nuestras nóminas con vistas a regresar en tres o cuatro meses y comenzar la reforma. Aun así, nada compensaba el trato de mis suegros. A veces sentía que nos acogieron solo para doblegarme. Mi suegro, jubilado, parecía encaprichado de enviarme a hacer recados los fines de semana, reprocharme por traer el pan equivocado, o incluso obligarme a ver boxeo con él cuando esas cosas me repugnan. Me desgarra ver a la gente golpearse; él en cambio repite una y otra vez que todos los “hombres de verdad” deberían comportarse así y saber defenderse.

Mi suegra tiene, sin duda, algún problema con los altibajos de humor. Hay veces que me acaricia la mejilla diciendo que soy su hijo, y otras, me grita como una loca porque pongo los calcetines a secar en el radiador en vez de la cuerda de tender. Sus gritos resuenan por todo el edificio y dejan a los vecinos boquiabiertos.

Tal vez sea lo normal aquí, no lo sé, pero mi familia jamás actuaría así.

Por un momento pensé convencer a Carmen de mudarnos a casa de mis padres, pero imaginé que, por cualquier motivo, podría resultarle igual de incómodo. Fue entonces cuando se me ocurrió algo mejor: proponerle que le mintiera a sus padres diciéndoles que debía ausentarme por motivo de trabajo. Así yo volvería unos días a casa de mis padres; dos semanas de respiro no le harían daño a nuestro matrimonio. Después regresaría allí otra semana y soportaría, como pudiera, a sus padres, alternando mi tiempo entre ambos hogares. Y cuando por fin ahorremos para el piso, volveremos a empezar una vida juntos como antes. Porque, sinceramente, ya no puedo más.

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Los padres de Mónica nos invitaron a su casa para intentar intimidarme
Mi suegra expulsó a mis padres de mi boda por “no haber contribuido económicamente”, y se dio cuenta de su error al instante.