Ayer me encontraba sentado en un banco con una vecina, Pilar, que lloraba desconsolada. Decía que era una vergüenza, casi un pecado, plantearse la idea de ir a una residencia de mayores. Sentía que era como rendirse, renunciar voluntariamente a tu vida. Y todo, por las palabras de su hija.
Pilar crió sola a su hija Lucía, sin marido. Se quedó viuda siendo joven y le tocó cargar sola con todo. Lucía creció muy consentida y caprichosa.
Desde pequeña, se acostumbró a que su madre le resolviese la vida. Pilar le daba hasta el último euro, le compraba siempre lo que quería. La vestía como a una muñeca. Y para poder mimarla y tener para vivir, Pilar no paró de trabajar: día y noche. Muchas veces doblaba turno en la fábrica de Leganés. Por suerte, entonces no tenía que preocuparse por la vivienda: le dieron un piso desde la propia empresa, como se solía hacer antes. Pero los tiempos han cambiado. Ahora nadie regala pisos. Ahora hay que trabajar duro y ahorrar mucho para tener una casa propia.
Lucía creció, fue a la universidad en Madrid y se casó.
Los padres de su marido, Álvaro, tienen un chalet grande en las afueras de Alcalá de Henares, pero ellos no querían vivir allí.
Mi vecina tiene su propio piso en Fuenlabrada, pero no se lleva bien con su yerno. Y claro, para los jóvenes, vivir con los padres no es un buen trato. Quieren tener sus propias normas de vida y los mayores tenemos nuestros hábitos y rutinas. ¿Por qué molestarse unos a otros?
Ahora, por lo menos, es posible pedir una hipoteca. Lo importante es ahorrar para la entrada, y después ir pagando poco a poco. Eso es mucho mejor que ir de piso en piso de alquiler.
Antaño te podían dar un piso, pero eso ya no sucede. Así que hay que esforzarse el doble para comprar uno propio, por difícil que sea.
Lucía y Álvaro trabajan y ganan bien. Varios de sus amigos ya han comprado un piso así.
Pero no consiguen ahorrar nada. Primero llegó un embarazo, luego el segundo. Se gasta un dineral en pañales y leche de fórmula. Hoy en día nadie se complica lavando pañales o cocinando para los niños.
Es mucho más sencillo abrir el paquete de leche, mezclar y ya está el biberón. Les cambias el pañal y lo tiras, pones uno nuevo y te olvidas. Todo más limpio y sin molestias. Así son las comodidades modernas.
¿Para qué apresurarse tanto con los hijos?
Podrían haberse asentado primero, comprar su piso. Más tarde todavía tendrían tiempo de formar una familia. Pero decidieron tener uno detrás de otro.
Lucía quiere tener más hijos. Ella y Álvaro son hijos únicos.
Entiendo su razonamiento. Más adelante, los hermanos se ayudan entre sí y también pueden apoyar a sus padres. De paso, así no crecen tan consentidos.
Los hijos, está claro, son una alegría. Pero parece que hoy en día la gente tiene hijos como si al final se desentendiera. No sé, no termina de convencerme esa idea.
No entiendo por qué no intentan ahorrar. Si no tienes casa propia, podrías apretarte un poco el cinturón, llevar el mismo abrigo varias temporadas y guardar esos euros para el piso. Antes hacíamos justo eso. Pero los jóvenes de ahora son distintos. Lo quieren todo ya. No están acostumbrados a ahorrar por sus metas y sueños.
Comen fuera de casa continuamente. Les compran dulces y golosinas a los niños sin medida. ¿De qué sirve? Es solo gastar y gastar. Y la casa llena de juguetes. Antes nos apañábamos con unos coches y un par de muñecas. Ahora no, cada día sacan colecciones nuevas, diferentes series.
Y ahí van los padres, a comprarlas todas.
Lucía, además, está siempre a la última. Le encantan los cosméticos de marca, la ropa de firma. No viven según sus posibilidades. ¿Para qué tanto? Si ni siquiera tiene tiempo de ponerse todo lo que compra. Pronto pasa de moda y ya necesita otra blusa, otra chaqueta. Lo que tiene lo tira o lo regala. ¿Cuánto dinero desperdician así?
Cada verano se van de vacaciones a la Costa Brava o a Canarias. Los niños, claro, necesitan playa. Y ellos, dicen, merecen un descanso del trabajo.
No está mal irse de vacaciones, pero ¿por qué no disfrutar de la sierra, o de algún pueblo de Castilla? Se ahorraría mucho y el dinero podría ir a la entrada para el piso.
Solo con lo gastado en viajes y caprichos, ya podrían haber comprado un apartamento de una habitación. Aunque fuese pequeño, pero al menos suyo. Pero no paran de moverse y de gastar. Y siguen sin tener nada propio.
Así que la vecina llora.
Lucía fue a verla el otro día y otra vez surgió el tema del piso. Lucía le dijo que no hacía falta comprar uno, que están perfectamente de alquiler. Viven bien, disfrutan, comen lo que quieren y se pagan sus cosas. Que ya llegará el piso, que al fin y al cabo, ella y su marido son los únicos herederos.
Pilar se sintió herida. Dijo que parecía que Lucía y Álvaro estaban esperando a que ella se muriese para quedarse con el piso. Su hija, claro, luego pidió disculpas. Y bueno, al final, es verdad que lo recibirán algún día.
Yo pienso que Lucía no dijo nada tan grave, aunque la forma no fue buena. Pero aún así, fue duro. Ahora cada vez que Lucía llama y le pregunta cómo está, Pilar se agobia. Piensa que su hija solo está esperando a que ella haga las maletas y se vaya a una residencia o… peor aún, a que falte para heredar el piso.







