Siempre he creído que era un niño de oro, un tanto arrogante. Carlos tenía todo lo que cualquiera podría desear: un piso propio en Madrid, un coche último modelo, ropa de las mejores marcas.
Yo, en cambio, siempre fui como un ratoncito gris. Escondía que mis padres eran alcohólicos y que llevaba trabajando desde los catorce años. En aquel tiempo aprendí a coser, así que remendaba y arreglaba ropa para las amigas.
Al comenzar el curso universitario, mis compañeros decidieron organizar una fiesta. Lo que más me sorprendió fue que me invitaran a mí también. Estaba ansiosa por demostrarles que yo también valía algo.
No tenía dinero para comprarme un vestido, así que me lo confeccioné yo misma. Mi vecina fue quien me peinó. Cuando llegué a la fiesta, nadie me reconoció. Carlos reparó en mí y no me quitó la mirada en toda la noche. Intenté escabullirme, pero me alcanzó y se ofreció a llevarme en coche a casa.
Le di la dirección de la casa de al lado a la mía, me daba vergüenza que viera dónde vivía realmente. Desde aquella noche empezamos a vernos más a menudo y, poco a poco, nos enamoramos. Dejó de parecerme arrogante, porque siempre me trató como a una igual, sin importar lo que nos separaba en la vida.
Todo marchaba bien hasta que mis compañeros descubrieron dónde trabajaba y comenzaron a burlarse de mí. La vergüenza me aplastaba. No tuve más remedio que huir, así que acudí al despacho del decano y presenté una solicitud de baja temporal.
Pensaba que después de un año se habrían olvidado de mí y quizá hasta podría trasladarme a otra facultad. Ahora sé que fue una tontería, pero entonces sentí que era la única vía de escape. Cambié de número de teléfono, lo que puso fin a mi relación con Carlos, y dos meses más tarde descubrí que estaba embarazada.
No tenía con quién compartir la noticia. Trabajaba de sol a sol y por las noches lloraba en silencio. Mis padres, sumidos en su propio ensueño, sólo me pedían dinero para comprar vino. Mi madrina, al ver la situación, decidió acogerme en su casa.
Cuando le conté mi historia, sentí cierto alivio. Ella fue quien me acompañó al hospital y fue la primera persona a la que le anuncié el nacimiento de mi hijo. Mi niño era rubio, de ojos azules, parecía un angelito. Podía quedarme horas mirándolo, sin cansarme jamás.
De repente, me llegó un mensaje de Carlos diciendo que nos quería mucho y que deseaba estar a nuestro lado. Al día siguiente me dieron el alta y sentía un miedo terrible de mirar a los ojos a mi amado. Recuerdo, como si fuera hoy, cómo me quedé parada frente a la puerta abrazando a mi hijo, temblando ante la idea de encontrarme con la mirada de Carlos.
Qué tonta fui en aquel momento, pues corté casi un año de felicidad de nuestras vidas. ¿Cómo había podido pensar siquiera en renunciar a mi amor para siempre? No lo comprendí realmente hasta que vi el amor y la ternura con que Carlos miraba y acunaba a nuestro hijo.







