Durante la universidad, Marcos y Angelina fueron amigos muy cercanos, y su relación parecía encaminada al matrimonio. Sin embargo, tras graduarse, Angelina le dijo algo a Marcos que le dejó completamente desconcertado.

En ciertas relaciones, hay un instante extraño en el que uno de los dos, sin razón aparente, ve evaporarse todos sus sentimientos por el otro, como si se disolvieran en el aire de una noche madrileña. Justo esto le sucedió a Marcos. Nunca antes había tenido una relación amorosa, no hasta cumplir los diecisiete. A pesar de su simpatía y el interés que despertaba entre las chicas, él prefería perderse en los pasillos infinitos de la Biblioteca Nacional, dedicado a mejorarse a sí mismo y estudioso como un monje que busca la perfección: soñaba con ser cirujano, un oficio sólo apto para manos constantes y mentes metódicas.

Fue solo al entrar en la Universidad Complutense, empujado suavemente por el consejo insistente de su madre, cuando comenzó a mirar con atención a su alrededor, donde también revoloteaban las muchachas, como palomas en la Plaza Mayor.

Así fue como se fijó en Alba, una joven que compartía su mismo grupo de prácticas. Hubo asombro en los ojos de Alba cuando Marcos se acercó a ella en un café de Malasaña, pues él casi nunca conversaba con chicas, prefiriendo la confianza de sus amigos de siempre. Empezaron a charlar, y Marcos incluso la invitó en varias ocasiones a cenar tapas y pintxos con vermut, invitaciones que Alba aceptó con una sonrisa ligera y un gesto de cabeza. Sin que ninguno se diera cuenta, su amistad fue mudando de forma, como si el tiempo soplara una brisa cálida entre ellos, hasta reconocerse ambos, sin tapujos, como pareja.

Su madre, Carmen, no pudo reprimir un suspiro de alivio. La inquietud le bailaba entre los dedos, temerosa de que su hijo acabara solo como una estatua de bronce bajo la lluvia castellana.

Pero apenas se hubo graduado, Marcos notó de forma extraña y vaga que los sentimientos de Alba se habían evaporado, como el rocío en una mañana seca de julio. Dicen que en ocasiones ocurre así, sin explicación ni aviso. Para Marcos, aquel conocimiento fue como tragar un puñado de sal marina: sentía, por vez primera, la herida de un rechazo, ese dolor inexplicable que hasta entonces solo conocía de las novelas del siglo XIX. A pesar de sus diecinueve recién cumplidos, y de dejarse llevar por las calles adoquinadas de Madrid al caer la tarde, le costó despertar de aquella pesadilla dulzona. La luna sobre la Gran Vía parecía observarle, muda y paciente, como si supiera que, algún día, todo volvería a empezar.

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Durante la universidad, Marcos y Angelina fueron amigos muy cercanos, y su relación parecía encaminada al matrimonio. Sin embargo, tras graduarse, Angelina le dijo algo a Marcos que le dejó completamente desconcertado.
— ¡Yo no quería tener un hijo! — exclamó Alejandro a su esposa en plena discusión, sin saber que su hijo estaba tras la puerta. (Relato)