El director le estrechó las manos y le dijo: “¿Qué se le va a hacer? Los padres de estos matones han colaborado en la reforma del colegio”

Roberto y Lucía eran amigos desde la guardería. Vivían puerta con puerta en un edificio antiguo de la calle Preciados, en Madrid, así que sus padres consideraron natural matricular a los niños en el mismo colegio y, más aún, en la misma clase. Incluso pidieron a la maestra que les sentara juntos en la primera fila. De alguna manera, entre tantos chicos revoltosos, Roberto podría proteger a Lucía si algo fuera mal. Los niños saltaban de ilusión al ir a clase cada mañana y las lecciones les parecían tan fáciles como soñar despiertos.

Al llegar al tercer curso de Primaria, la madre de Lucía empezó a notar que su hija era una sombra de sí misma. Temía salir de casa y se negaba a acudir a clase. Una tarde, titubeando, rogó a su madre cambiarse a otro colegio, como si pronunciar esas palabras fuera desatar una tormenta. Sorprendida, la mujer marcó el número de la madre de Roberto. Y resultó que allí tampoco reinaba la calma.

Roberto, igual que Lucía, pedía abandonar el colegio. Aquella tarde, tras recogerle, su madre vio moratones en su cuerpo, como si hubieran pintado extraños mapas sobre su piel. Decidieron ir juntas al colegio a descubrir el origen de aquel ensueño roto para sus hijos.

La maestra, vestida con una bata azul cielo, les aseguraba que todo estaba en orden y que quizá fuera fuera del colegio donde los niños tendrían problemas. En ese momento, un tropel de niños irrumpió en el aula, gritando como gaviotas entre libros, haciendo remolinos entre los pupitres. Las madres observaron aterrorizadas cómo un grupo tiraba de la chaqueta de Roberto, y a pocos metros, deshacían el peinado de Lucía.

Corrieron las madres a proteger a sus hijos, sin conseguir que nadie las escuchase. Ni la maestra podía detener aquel río de griterío y empujones. Una niña, de trenzas oscuras, fue corriendo al despacho del director. Solo con su llegada, el aire se serenó y los niños, inexplicablemente, se aquietaron.

Las madres de Roberto y Lucía no estaban dispuestas a dejarlo así. Querían convocar a los padres de los pendencieros o acudir a la comisaría para poner una denuncia a nombre de sus hijos. El director intentó calmarlas, asegurando que al día siguiente llamaría a las familias de los agresores y que estarían presentes.

Mientras las acompañaba hacia la puerta del colegio, el director les confesó en voz baja, como si temiera que las paredes escucharan: “Estos niños son hijos de familias adineradas. No obedecen a nadie, se burlan de la maestra durante las clases, humillan a sus compañeros. Sus padres, a los que ya invitamos varias veces, apenas son más educados que los propios niños.”

Al día siguiente, ambas madres llegaron puntuales al colegio. Los padres de los chicos problemáticos ya esperaban, bien vestidos con trajes de marqueses, hablando alto y fuerte. La maestra había advertido bien sobre ellos: discutían, defendían a sus hijos a gritos, sin escuchar las razones ni los llantos de los demás niños. Solo el director consiguió que guardaran silencio durante unos minutos.

No hubo acuerdos; los padres malcriaban a sus hijos y, al marcharse, repetían que “no se preocuparan por tonterías.” El director, con las manos en los bolsillos, sólo acertó a decir: “¿Qué puedo hacer? Sus familias ayudaron a financiar la última reforma del colegio ni siquiera puedo sugerir que lleven sus expedientes a otro centro.”

Esa noche en casa, los pequeños por fin contaron lo que ocurría: aquellos chicos humillaban a todos en la clase. Si veían a alguien aislado en el pasillo, lo arrinconaban para pegarle. Roberto y Lucía recibían golpes por ir siempre juntos; a los agresores no les gustaban los lazos de amistad.

Sin más salida, las madres decidieron cambiar a sus hijos de escuela. Días después, la directora renunció; confesó no poder seguir en aquel colegio dominado por niños crueles y padres aún más cerrados, como si todos estuvieran atrapados en un sueño turbio del que nadie supiera despertar, mientras afuera, el reloj de la Puerta del Sol seguía marcando las horas lentas del invierno madrileño, ajeno a los dolores pequeños de los niños.

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