Conocí a Álvaro hace justo un año. Me juró lealtad y devoción, asegurando que sus sentimientos eran tan auténticos como un bocadillo de calamares en la Plaza Mayor. Y mira tú por dónde, nos parecíamos mucho. Los dos veníamos de matrimonios más fríos que el gazpacho en enero. Ambos necesitábamos apoyo y un poquito de cariño, y yo, inocente de mí, pensé que lo habíamos encontrado mutuamente. Pero no. Resultó ser un gorrón profesional empeñado en chupar del bote. En todos los sentidos.
Mis amigastodas más listas que yo en aquel momentome advirtieron que no fuese tan lanzada invitándole a vivir conmigo. Pero ya se sabe que de amor, cabeza y timón, yo tenía poco. No me extrañó ni lo más mínimo que, con treinta tacos, no tuviese trabajo fijo. Vamos, que el muchacho era casi, casi un ocupa. Tampoco sabía conducir ni una bicicleta. Pero yo, cegada por la brisa romántica, vivía en una novela. Pensaba más como una adolescente en un festival de San Fermín, que como una adulta con sentido común.
Pero claro, una noche no regresó a casa, y a la mañana siguiente, ¡oh sorpresa!, había desaparecido el dinero de la mesita de noche. En ese momento, no solo pensé: esto huele a chamusquina, sino que me entró la lucidez de golpe. Así es la historia.
Intenté hasta buscarle trabajo; total, el muchacho comía más que el oso Yogui. Le compré ropa, le enseñé sitios nuevos, desde tascas del barrio hasta centros comerciales donde nunca había puesto un pie. De cara al público, un caballero; educado con mis primos y ni una discusión con mis amigas. De verdad, ingenua de mí, pensé que iba a cambiar, a sentar la cabeza.
Pero la realidad me dio un sopapo. Mi paciencia, que no era abundante, tocó fondo. No tuve otra que mandarle de vuelta por donde había venido. No perdió la cara ni un segundo; quería irse llevándose el móvil que le había regalado. Pero le paré los pies: Chaval, aquí solo te llevas lo que hayas traído.
¿Me sentí ofendida? ¡Por supuesto! ¿Me dolió haber malgastado un año entero con semejante caradura? De todas, todas. Al final, el cuento me salió por un ojo de la cara, en euros contantes y sonantes. Este hombre era un parásito con todas las letras. Pero bueno, una aprende.
El resumen: no os dejéis engañar como yo. Id con ojo y mucha cabeza. Mirad bien la sinceridad de vuestros novios. Y si la cosa huele mal, dadle la vuelta a la tortilla, pero rápido. No dudéis en devolverles la jugada.







