Acaba de nacer mi segundo hijo. Nada más poner un pie en el hospital, las visitas de la familia no paraban de desfilar: abuelos sonrientes, tías efusivas, primos traían hasta flores del chino de la esquina. Todo el mundo soltando bendiciones y palabras de ánimo: ¡Salud, felicidad y larga vida! el repertorio de siempre.
Mis suegros tienen un piso de tres habitaciones en pleno barrio de Chamberí, mi madre y mi hermana disfrutan de un chalé en las afueras con jardín y barbacoa, y mientras tanto, nadie parece reparar en que los cuatro, dentro de nuestra habitación de quince metros cuadrados, vamos a estar más apretados que sardinas en lata.
Los padres de mi marido poseen una casa de campo estupenda en un pueblito de Castilla, con su huerto, su pozo y un río a tiro de piedra. Como buenos urbanitas cansados, salieron corriendo del bullicio madrileño, pero a nuestras indirectas y directas para hacer un intercambio de pisos, han hecho siempre oídos sordos.
Solo una vez se atrevió mi suegra a justificarse, tan tranquila, con ese tonillo suyo tan solemne: A nuestra edad se duerme mal, hija. Cada uno necesitamos nuestra habitación y en la sala grande vemos la tele y recibimos a los amigos.
Debe de pensar que nosotros, con dos criaturas, vamos a dormir a pierna suelta, de corrido y sin preocuparse por los lloros nocturnos de los bebés…
Estas ideas me dieron vueltas en la cabeza hasta que, seguramente, se reflejaron en mi cara, porque la familia comenzó a reducir el entusiasmo de las visitas y, de repente, salieron disparados en direcciones opuestas, como si hubiera fuego.
Ya de vuelta a la calma, me despedí con una sonrisa resignada y le solté a mi marido: Bueno, cariño, ¿y tú cuándo crees que nos tocará a nosotros irnos a casa?.






