En un sueño confuso y vibrante, una mujer sumamente atractiva subió al avión con un paso seguro, casi flotando. Llevaba unas gafas de sol enormes que cubrían la mitad de su rostro y sobre el hombro colgaba un bolso de firma que relucía como un espejismo. Cuando llegó a su asiento, se dio cuenta de que tendría que sentarse junto a un hombre mayor de aspecto humilde: camisa limpia pero desgastada, zapatos gastados por mil andares, los ojos como lagos tranquilos de Castilla.
Nada más sentarse, la joven que en el sueño se llamaba Doña Jimena llamó a la azafata con un gesto brusco, el tono de su voz frío como el viento de Segovia.
¿Podría moverme a otro sitio? preguntó en español impecable, dejando caer las palabras como piedras en el agua. No puedo viajar al lado de alguien así… Mire cómo está vestido, ¡esas zapatillas tan viejas! Me merezco mejor compañía.
La azafata, sorprendida por las palabras de Jimena, conservó la calma, como si estuviera en alguna novela de Galdós.
Lo siento, señora, pero en clase turista todos los asientos están ocupados por viajeros de toda España, de todas las vidas.
Jimena suspiró fuerte, mirando por la ventanilla hacia un cielo surrealista de naranjas y azules, visiblemente molesta.
El hombre mayor bajó la cabeza, como si recordara las plazas silenciosas de Toledo, sin decir nada.
La azafata sintió la incomodidad arremolinándose y fue hacia la cabina del piloto, donde explicó la situación al capitán, un caballero de barba plateada y sonrisa calma. Él la escuchó pacientemente y le guiñó un ojo, como si supiera los secretos de los sueños y de los campos de La Mancha.
Déjalo en mis manos, ahora lo arreglo dijo, con voz que parecía venir de lejos.
Minutos después, la azafata regresó, el rostro iluminado de cortesía.
Señora, el capitán ha autorizado el cambio de asiento. Le pide disculpas por haberla obligado a viajar junto a un hombre tan desagradable dijo, y el avión pareció balancearse como una góndola en la Albufera.
Jimena alzó la barbilla con satisfacción, recogió su bolso de piel madrileña y se levantó, imaginando el asiento de primera clase, con más espacio para las piernas y una copa de vino tinto de Ribera del Duero.
Pero la azafata se giró hacia el hombre mayor y, con respeto, le dijo:
Señor Alonso, ¿sería tan amable de acompañarme? El capitán le invita a viajar en Primera Clase.
Por un instante, el avión quedó envuelto en un silencio propio de los claustros de Salamanca.
Luego, como si todos los pasajeros hubiesen contenido la respiración bajo un sol invisible, la cabina explotó en aplausos, palmas y bravos, y el sueño se desvaneció entre risas y ecos de la tierra española, mientras las monedas de euro tintineaban imaginariamente en el bolsillo de aquel hombre digno.





