No me he divorciado de mi esposa, pero sus problemas son únicamente suyos.

Me quedé más helado que el Polo Norte cuando descubrí que mi mujer me estaba poniendo los cuernos. Cuando me enteré de la verdad, estuve días vagando por casa como alma en pena, entre la incredulidad y el cabreo. No paré hasta que la esposa del amante de mi mujer se enteró de todo. Al final rompieron, claro. El amante de mi mujer acabó tan popular como Hacienda en abril: hasta sus propios hijos le cogieron asco.

En lo que respecta a mi familia, conseguimos salvar el matrimonio… o eso parecía. Pero algo se rompió, como cuando se te cae la taza del desayuno favorita. Había daños que ya no tenían arreglo.

Antes, era el primero en ayudar a mi mujer con todo, le cumplía hasta los caprichos más surrealistas, porque la quería de verdad. Ahora, sus problemas me resbalan más que el aceite en una sartén. Cuando mi suegra cayó muy enferma y necesitaba dinero para el tratamiento, fui tajante:

Eso es tu movida. Acuérdate de tu amante y búscate la vida.

Cuando tuvo marrones en el trabajo y se enteró de que tenía que devolver una pasta gansa, lo mismo:

Pues nada, bonita, es tu problema. Piensa en tu amante e intenta solucionarlo tú solita.

Al cabo de dos años, acabamos firmando el divorcio. Para entonces, mi suegra ya había fallecido, la pobre. Mi ex incluso intentó quitarse la vida, pero al final la pillaron a tiempo y pudieron salvarla. El ex amante, por su parte, se ha echado a la bebida y no lo quiere ni su sombra: ni su ex mujer, ni los hijos quieren ni verlo.

Mientras tanto, yo intento poner en orden mi vida sentimental… aunque la verdad, no me arrepiento en absoluto de haberle dado a mi ex un poco de su propia medicina. Que no debería haberme engañado, hombre.

Eso sí, después de que me pusieran los cuernos, confiar en una mujer otra vez me resulta más difícil que encontrar aparcamiento en el centro de Madrid. No sé yo si algún día podré volver a enamorarmePero, por raro que parezca, cuando menos lo esperaba, apareció en mi vida alguien diferente. Una mañana, en la terraza de mi cafetería favorita, una desconocida me preguntó si el asiento estaba libre. Llevaba un libro bajo el brazo y una sonrisa que, sin quererlo, me descuadró todo el enfado que llevaba por dentro.

Empezamos hablando de literatura, seguimos con música y terminamos, tres cafés después, riéndonos de nuestros mayores desastres amorosos. No intento engañarme: todavía me queda un largo camino que recorrer para volver a confiar de verdad. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sentí que el futuro podía ser algo más que una cuenta pendiente.

Supongo que la vida no te quita sin prometer devolverte a su manera, a su ritmo, lo que perdiste. No todo lo que se rompe puede arreglarse, claro, pero a veces, solo a veces, aprender a vivir con las grietas resulta ser el mayor acto de amor propio. Y, quién sabe, quizá también la llave para abrir otra vez la puerta.

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