Mi hermana decidió criar sola a sus cuatro hijos. Su marido la engañó con una compañera de trabajo. Desde entonces, ella no ha vuelto a tener ninguna relación sentimental. Mi hermana es una mujer muy formada; cuenta con tres titulaciones universitarias. Una de ellas es de cocina. Por lo que recuerdo, trabajó en varios bares y restaurantes de Madrid.
Siempre compraba todo lo necesario para sus hijos. Ellos le agradecían, pero constantemente pedían más. Ahora, ya son adultos y tienen sus propias familias. Aun así, mi hermana sigue enviándoles dinero. Se jubiló hace ya muchos años, pero sigue trabajando. Dice que le gusta ayudar a sus hijos y que eso da sentido a su vida.
Mi hermana cayó enferma de gripe, y enseguida vinieron complicaciones en los pulmones. La neumonía grave no quiso desaparecer. Cogió una baja médica; apenas tenía dinero suficiente. Sus amigas le echaron una mano, pero sus hijos solo llamaron a su madre cuando dejó de hacerles transferencias.
Le preguntaron cómo estaba, le desearon que se recuperase pronto, y ahí quedó la cosa. Nadie se interesó por la situación económica de su madre. Ella les pidió a sus hijos que la visitaran. Todos se negaron. Cada uno tenía su trabajo y su familia. No había tiempo para la madre.
Se sintió dolida. Les había ayudado toda su vida y, ahora que necesitaba apoyo, ninguno quería acudir a verla. Pasó un mes ingresada en el hospital. Una enfermera se encargó de todos los gastos médicos. Finalmente, se recuperó y pudo volver al trabajo. Los hijos no llamaron en todo ese tiempo. Algún familiar debió informarles de que su madre estaba bien. Solo cuando fue dada de alta, los hijos volvieron a acordarse de ella.
Primero se interesaron por su salud, pero pronto revelaron el motivo real de la llamada: todos le pidieron dinero. Ni siquiera se limitaron a eso. Solicitaban cantidades concretas y fechas exactas para la transferencia. Los cuatro actuaron de igual manera. No pensaron en cómo iba a conseguir ella el dinero. Solo les importaban sus necesidades.
Mi hermana estaba disgustada. Jamás esperaba ese trato por parte de sus propios hijos. Quizá fue culpa suya, pero sentía pena por sí misma. Cuando uno se olvida de vivir por pensar solo en los demás, espera algún tipo de recompensa. Quizás no debió poner a sus hijos por encima de su propia vida. Tendría que haber pensado en su futuro, y no en una vejez solitaria. Ahora ya no es posible cambiar nada.






