Me acuerdo bien de la historia de Alejandro, un muchacho que nació tarde en el seno de su familia en Salamanca. Sus padres le colmaron de cariño y le regalaron una infancia plena, rebosante de buenos momentos y tradiciones castellanas. Sin embargo, la vida le tenía reservada una dura prueba: su madre falleció cuando él tenía apenas veinte años y, poco después, perdió también a su padre. Por aquellos tiempos cumplía con el servicio militar en Burgos, y por eso no pudo despedirse en persona de aquellos que más quería. Aun así, la memoria de sus padres siempre permaneció viva en su corazón.
Cuando terminó la mili y regresó a su hogar en Salamanca, Alejandro se topó con la casa ocupada por la familia de su tía. Al notar que no era bien recibido, optó por marcharse sin mirar atrás; no volvió jamás a ese lugar lleno de recuerdos. Probó suerte con la hospitalidad de un amigo en Valladolid, pero tampoco allí consiguió encajar: pronto se percató de que no era realmente bienvenido.
Con los bolsillos vacíos y las esperanzas menguando, echó el pulgar a la carretera y, haciendo autostop, puso rumbo a Madrid en busca de una oportunidad con la que ganarse la vida. Gracias a una recomendación, consiguió trabajo en una obra, donde le prometieron un buen jornal, comida y un sitio donde dormir. Durante algún tiempo, trabajó duro y se sintió agradecido, hasta que la cuadrilla fue abandonada por los encargados y todos quedaron en la calle. Sus compañeros lograron irse con ayuda de conocidos, pero Alejandro, sin documentación ni nadie que respondiera por él, quedó a la deriva.
Con el estómago vacío y sin un techo bajo el que refugiarse, sobrevivió a duras penas comiendo lo que encontraba en los cubos de basura y pasando las noches en la estación de Atocha o en los portales de la ciudad. Sus ropas se estropearon y su aspecto se tornó desaliñado, lo que le cerraba más puertas y le impedía encontrar otras formas de subsistir. Aun así, no se rindió.
Fue entonces cuando el destino le mostró una pizca de bondad: conoció a una joven llamada Covadonga. Aunque no respondía a los cánones de belleza de la época, Covadonga tenía una nobleza en el alma que iluminaba su rostro. Ella se acercaba, le traía algo de comer y le ofrecía palabras de consuelo en charlas que, poco a poco, se volvieron habituales.
Un día, el frío y la intemperie pudieron con él: contrajo neumonía y acabó ingresado en el hospital madrileño. Allí, el personal le cuidó, le rapó el pelo, le trajo ropa limpia y le prestó atención. Durante ese tiempo, Alejandro aguardaba con anhelo las visitas de Covadonga, que no faltaba nunca a la cita, llevándole fuerzas y alegría. Al recibir el alta, la muchacha le sorprendió esperándole en el área de Urgencias, con un par de zapatos nuevos, algo de abrigo y un sincero abrazo.
Conmovido ante tanta generosidad, Alejandro aceptó acogerse en su casa en el barrio de Lavapiés. El hermano de Covadonga, atento y diligente como buen castellano, le ayudó a recuperar sus papeles y, gracias a esos trámites, Alejandro logró encontrar trabajo honrado. El tiempo fue curando heridas, y de la amistad germinó el amor. Al poco, Alejandro y Covadonga se casaron. Juntos, a pesar de las penurias, lograron reconstruir su vida en tierra castellana, demostrando que la esperanza y la bondad pueden florecer en los momentos más oscuros.







