¿Pero has perdido el juicio? ¿Dónde crees que vas? ¿No tienes miedo a nada? ¿Ni al infierno, ni a Dios? ¡Tenemos que divorciarnos!
Con estas palabras irrumpió mi marido en la habitación, con los ojos tan rojos como las brasas. No lograba entender qué le pasaba. Siempre ha sido un hombre tranquilo y sereno. ¿Por qué estaba tan alterado? ¿Qué demonios se le había metido dentro?
Los presentes se quedaron sentados mirando sin decir una palabra, pestañeando desconcertados. ¿Y qué podía hacer yo? ¿Escaparme a algún sitio? Por aquí cerca no hay más que un pequeño embarcadero, el lago y los niños del campamento. Hasta el pueblo más próximo hay siete kilómetros y no tenemos ningún medio de transporte.
¡Ni se te ocurra! Bah, ya hablaremos después, cuando estemos solos remató mi marido, visiblemente ofuscado, antes de dar un portazo y marcharse a toda prisa.
Cinco minutos después, todo quedó claro. Esto fue lo que ocurrió…
Mi hijo tiene siete años y daba una vuelta por el lago con sus amigos. Era aún demasiado temprano para bañarse; solo los mayores se atrevían a meterse en el agua, mientras los más pequeños nos sentábamos junto a la hoguera. Una de esas tardes, al resplandor del fuego, se acercó uno de los pescadores del pueblo. Amarró su barca en la orilla y se quedó con nosotros, calentándose un poco. Los niños se arremolinaron a su alrededor, haciéndole preguntas sobre la pesca y pidiéndole que los llevase a dar una vuelta en la barca.
El pescador resultó ser afable y empezó a sacar peces de su bolsa. Dijo que sí, que les daría una vuelta, pero solo si los padres se lo permitían.
No conocía a nadie de los que estábamos allí y tampoco recordaba ningún nombre. Y nosotros, probablemente, tampoco nos habíamos fijado demasiado en él. Unos días después, volvió a amarrar cerca de la orilla, pero esa vez traía la barca vacía. Reconoció a mi hijo. Se acercó y le dijo:
Eh, chaval, ve a buscar a tu madre y dile que puedo llevar en la barca a quien quiera.
Pero mi hijo, en vez de venir a decírmelo a mí, fue corriendo a contárselo a su padre.
¡Papá! En los matorrales hay un hombre raro esperando a mamá, dice que quiere llevársela a dar una vuelta en su barca.
¿Te puedes imaginar lo que debió de pensar mi marido? Mi pobre hijo no quería provocar ningún malentendido, pero lo contó de tal manera que parecía que era yo la que estaba haciendo algo malo, sin haber hecho absolutamente nada. Mi marido se enfadó y casi acabamos en trámites de separación. ¡He tardado varios días en convencerle de mi inocencia!







