Mi padre siempre trató mal a mi madre, y ella le perdonaba todo. Tras la marcha de mi madre, decidí enfrentar yo misma este problema

Mis padres tenían una relación complicada, de ésas que sólo entiendes con los años. Mi madre le amaba con una devoción infinita, casi sin condiciones. Mi padre, en cambio, era un hombre extraño, voluble, de esos que se enamoran de cualquiera que les sonríe. Se escapaba detrás de sus caprichos y, cuando el fuego se apagaba, volvía cabizbajo a casa. Mi madre siempre le perdonaba, le abría la puerta de nuevo, aunque cada una de esas traiciones la consumía poco a poco. Yo, a diferencia de ella, nunca tuve el corazón tan blando. Aquella manera suya de amar me resultaba insoportable. Al crecer, aprendí a recibirle de vuelta con un frío desdén y una mirada de desprecio. Cuando llegaba, le dejaba claro con mis palabras que aquel no era su hogar. Casi deseaba que volviera a donde fuera que acaba de llegar.

Mi madre, sin embargo, siempre salía en su defensa. Decía con voz serena: “Ha cometido un error. Todo el mundo merece una segunda oportunidad”. Yo gritaba, le reprochaba que le había dado mil oportunidades y que él nunca aprendía. Ella solamente me decía: “Ya lo entenderás cuando crezcas”.

Los primeros días después de regresar, mi padre vagaba por la casa como un perro apaleado. Pasado el tiempo, volvía a actuar como si nada hubiera pasado, hasta que de nuevo encontraba a otra mujer y todo volvía a empezar. Mi desprecio por él era profundo.

Hace un año, mi madre nos dejó para siempre. Me quedé sola en el piso familiar de Madrid. Tenía entonces veintiséis años y ningún deseo de compartir techo con mi padre, especialmente porque, apenas dos semanas tras la muerte de mi madre, ya se presentaba en casa con una nueva novia.

Tras el testamento, me correspondieron dos tercios del piso, porque mi madre dejó su parte a mi nombre. El tercio restante seguía siendo de mi padre. No podía echar a su nueva pareja sin más. Consulté a varios abogados, que me aconsejaron ofrecerle a mi padre la compra de su parte. Lo rechacé. Después le ofrecí venderle mis dos tercios. De nuevo, se negó de pleno. Como último recurso, siguiendo el consejo de los abogados, le advertí que vendería mi parte del piso a cualquiera que quisiera comprarla. Ay, cómo chilló, qué manera de gritar… Aquello fue el mayor alivio de mi alma. Que gritara cuanto quisiera, yo me encargaría de vender mi parte y marchar lejos, lo más lejos posible, para no volvernos a ver nunca más.

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