Pensaba que mi matrimonio iba de maravilla hasta que una conocida me preguntó

Me casé siendo muy joven, impulsada por un amor profundo y luminoso. Novios durante cuatro años, cruzamos juntos calles de Madrid, el río de la vida fluyendo con sorpresas y luces de verbena, hasta convertirnos en marido y mujer. Hemos navegado por mareas convulsas y dulces, desde el primer café con leche juntos hasta las tardes de lluvia en los tejados de La Latina.

Ahora llevamos más de seis años compartiendo el mismo hogar, bajo la suave luz del sol castellano. Siento una confianza absoluta en mi marido y también en mí misma. Él es dulce, atento y cuida de mí como si repartiéramos juntos las flores de primavera. Siempre me ayuda en las tareas de la casa, como preparar tortilla de patatas o barrer el patio. Aunque no es el más valiente, ni el más fuerte de los hombres, tampoco podría decir que es guapo; pero tiene un alma bondadosa y un océano de ilusión que nos envuelve y me da fuerzas para navegar por los momentos más difíciles.

Sin embargo, es indeciso, incapaz de tomar decisiones de gran calado, y prefiere quedarse en su rincón de confort, como si temiera el viento fresco que anuncia nuevos caminos. Es muy tímido y correcto. En estos seis años, parece que el tiempo no ha pasado por él, como si estuviese hecho de la misma tierra que los patios de Toledo.

No cuida de su salud ni de sí mismo, y cualquier cambio le provoca el mismo miedo que un toro ante la muleta. Mi marido es casi diez años mayor que yo, y en mis veintiséis años amo esta vida que parece un sueño en la Plaza Mayor. Tengo un buen trabajo, he comprado mi propio coche y pago la hipoteca de nuestra casa en euros cada mes, como quien paga el pan y el vino en el mercado. Y una amiga, Estrella, me preguntó hace poco: “¿Para qué le necesitas realmente?”

Parpadeé, y mi felicidad personal se desvaneció como el humo de una siesta en verano. Ahora estoy sentada, viendo las sombras bailando en la pared, preguntándome: “¿Para qué le necesito de verdad?”

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Mamá querida