Llevo toda la vida viviendo en el mismo piso de tres habitaciones, primero con mis padres, luego con mi mujer y los niños, y la verdad es que nunca he querido abandonarlo. Es mi hogar, mi refugio, y el lugar al que más cariño le tengo en el mundo. En esas paredes ha pasado de todo, por eso ni se me pasaba por la cabeza venderlo. Sin embargo, mantenerlo se me hacía cada vez más cuesta arriba. Mi hijo me ayudaba, aunque bastante tenía él con sus propios hijos; yo sabía que tenía que pensar también en ellos.
Así que se me ocurrió alquilar una o dos habitaciones. Pensé que, teniendo unos inquilinos, podría pagar el alquiler mensual, la luz, el gas y cubrir el resto de necesidades sin tanto apuro.
Como ni yo estaba para líos ni mi hijo quería meterse en eso, recurrí a un intermediario cuya tarjeta encontré pegada en el portal del edificio. Parecía un tipo cabal. En menos de una semana me halló una pareja joven con dos críos que ya no eran unos bebés. Me sentí doblemente aliviado; veía a una familia responsable, y con niños mayores de cuatro años me aseguraba noches tranquilas.
En un principio todo fue sobre ruedas. Firmamos un contrato de seis meses en un abrir y cerrar de ojos; no sé por qué, pero la fianza me pareció casi milagrosa. Sin embargo, en la primera semana, los inquilinos empezaron a comportarse de manera desagradable. Querían repartirse la cocina para que Inés la madre pudiera cocinar sin mi presencia, y me pidieron compartir el salón y la televisión. Al final les dejaba hacer de todo, por aparentar normalidad, y al hacerlo, terminaron manejando la casa a su antojo.
Agobiado, decidí irme unos días a casa de mi hijo, sin avisar a los inquilinos de cuándo regresaría exactamente. Y acerté: al volver, sorprendí a Inés y sus hijos rebuscando entre mis cosas en mi cuarto.
Se armó la marimorena. Les exigí que se marchasen, pero el marido de Inés se agarró al contrato y me amenazó con que tendría que abonar el doble de lo que ellos habían pagado de alquiler. Ni de lejos tenía ese dinero.
Fue entonces cuando tuve que pedir ayuda a mi hijo. No tardó en recriminarme por fiarme de un intermediario tan raro. Él mismo revisó la copia del contrato a fondo y me confirmó que tenía derecho a echarles antes pagando bastante menos de indemnización.
Con tal de protegerme, se pidió un día libre en el trabajo y vino a casa. Se presentó ante los inquilinos haciéndose pasar por un comprador interesado en el piso y les pidió amablemente que desalojasen cuanto antes. A los reparos que pusieron por el contrato, él les prometió la mínima compensación por los tres meses restantes de alquiler.
Como él era un adulto serio y contundente, no pudieron protestar mucho. Aunque lograron retrasar la marcha, al final sólo se quedaron un mes y medio más, tiempo en el que yo tuve que hacerme cargo de los niños. Pero gracias a mi hijo, pagamos menos y además dio un buen escarmiento al intermediario por meter en casa de una persona mayor a semejante gente.
De esta experiencia he aprendido que, aunque uno tenga buen corazón, hay que ser firme y protegerse; y que contar con la familia siempre da fuerza ante los problemas.







