Así es la vida
A Lucía y Javier les hacía muchísima ilusión tener a su hija, Carlota. Pero el embarazo fue complicado y la niña nació prematura, teniendo que pasar sus primeros días en una incubadora en el Hospital La Paz de Madrid. Muchos de sus órganos no estaban completamente desarrollados. Necesitó respirador artificial, dos operaciones y hasta sufrió un desprendimiento de retina.
Hubo dos ocasiones en que los médicos permitieron a los padres despedirse de ella, pero milagrosamente Carlota sobrevivió.
Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que Carlota apenas veía y casi no oía. Su desarrollo físico fue mejorando poco a poco: aprendió a sentarse, a agarrar juguetes, y más tarde, a caminar sujetándose a los muebles. Pero su desarrollo mental seguía estancado.
Al principio, los padres nunca perdieron la esperanza; luchaban juntos hasta que Javier, casi sin hacerse notar, dejó de estar presente, y Lucía siguió peleando sola.
Consiguió que le concedieran una plaza por la Seguridad Social y, cuando Carlota tenía tres años y medio, le implantaron unos audífonos especiales. Ahora parecía que escuchaba todo, pero su avance seguía bloqueado. Lucía probó de todo: sesiones con pedagogas terapéuticas, logopedas, psicólogas y especialistas de todo tipo. Varias veces vino con Carlota a mi consulta.
Yo le proponía alternativas nuevas: ¿Y si probamos así? ¿Y si prueba esto otro? Lucía lo intentaba todo, pero nada funcionaba. La mayoría del tiempo, Carlota se sentaba silenciosa en su parque, girando algún objeto entre las manos, golpeándolo contra el suelo. Se mordía la mano o cualquier otra cosa. A veces se quejaba con un único aullido monótono. Otras emitía sonidos entrecortados. Lucía juraba que Carlota la reconocía, que la llamaba con un gorjeo especial y le encantaba que le hiciera cosquillas en la espalda y las piernas.
Al final, una psiquiatra mayor, del hospital público, fue la única persona en hablar con claridad: Mira, ¿que diagnóstico buscas aquí? Es una niña vegetal. Tienes que tomar una decisión: o la ingresas en un centro o sigues cuidándola túya sabes cómo hacerlo, ¿no? Yo no veo sentido ni en esperar grandes progresos ni en sacrificarte al lado de su cuna. Lucía por primera vez oyó un consejo tajante. Entregó a Carlota en una escuela infantil especial y volvió a trabajar.
Con el tiempo, se compró una motosiempre había querido hacerlo. Empezó a salir a recorrer Madrid y la Sierra con un grupo de moteros. Cuando rugía el motor, se le olvidaban las penas. Javier pagaba la pensión y todo lo destinaba para contratar cuidadoras los fines de semana. En realidad, Carlota no requería grandes cuidados, salvo su llanto a veces. Un día, uno de los moteros, Isidro, le confesó: Oye, Lucía… me tienes pillado. Hay en ti algo así, bonito y trágico a la vez.
Ven, te enseño soltó Lucía.
Isidro sonrió, creyendo que le invitaba a casa para algo íntimo. Pero ella le mostró a Carlota. Justo entonces, la niña estaba inquieta y gorjeaba de esa forma tan suya, quizá porque reconoció a su madre o por el desconocido delante.
¡Vaya, joder! exclamó Isidro, sorprendido.
Y tú, ¿qué esperabas? respondió Lucía cortante.
Un tiempo después empezaron a convivir. Isidro nunca se acercó demasiado a Carlota (lo hablaron previamente) y a Lucía le parecía bien. Tiempo más tarde Isidro propuso: ¿Qué tal si tenemos un hijo? Lucía fue tajante: ¿Y si nos sale igual? ¿Serías capaz? Isidro no insistió durante casi un año, pero volvió a sacar el tema: Venga, sí, lo deseo.
Nació entonces Mateo. Por suerte, completamente sano. Isidro preguntó: ¿Y si ahora metemos a Carlota en un centro? Ya tenemos un niño sano. Lucía contestó: Antes te meto a ti. Isidro reculó enseguida: Era solo por preguntar Mateo descubrió a Carlota cuando tenía unos nueve meses, al empezar a gatear.
Se interesó mucho por ella. Isidro tenía miedo y se enfadaba: ¡No dejes que se acerque tanto! Es peligroso, nunca se sabe Pero él estaba siempre trabajando o de ruta con la moto, y Lucía sí permitía el contacto. Cuando Mateo gateaba cerca, Carlota no aullaba. Lucía sentía además, que la niña esperaba esa compañía. Mateo le llevaba juguetes, le enseñaba cómo jugar, hasta le guiaba y doblaba los deditos de Carlota.
Un fin de semana, Isidro se quedó en casa enfermo. Vio a Mateo caminar inseguro por el piso, murmurando palabras extrañas, y detrás de él, pegada, iba Carlota, que nunca antes había salido de la esquina de su habitación. Isidro montó una escena: ¡Aleja a mi hijo del tuyo, o al menos vigílalos siempre! Lucía, en silencio, le señaló la puerta.
Él se asustó. Se reconciliaron. Lucía vino a mi consulta:
Isidro es un leño, pero le quiero me dijo. Es terrible, ¿no?
Es normal le respondí. Amar a los hijos pase lo que pase
No, si me refiero a Isidro se rió Lucía. ¿Realmente Carlota supone peligro para Mateo?
Le expliqué que según todos los datos, en esa relación quien lideraba era Mateo, pero que aun así había que vigilarles. Así lo acordamos.
A los veinte meses, Mateo enseñó a Carlota a encajar piezas de distintos tamaños. Él, mientras tanto, hablaba en frases completas, cantaba canciones infantiles como El Señor Don Gato y señalaba imágenes de rimas tradicionales. ¿Es un genio este niño? preguntó Lucía en una de nuestras sesiones. Es que Isidro quiere saber. Está que revienta de orgullo, sus amigos dicen que sus hijos con suerte decían mamá con esa edad.
Creo que es por Carlota le respondí. No todos los niños tan pequeños llevan el desarrollo de otro al hombro.
¡Pues eso mismo le diré a Isidro, a ver si se le pasa la tontería! dijo Lucía, sonriendo.
Vaya familia, penséuna niña vegetal, un leño con ojos, una mujer en moto y un genio. Cuando Mateo aprendió a usar el orinal, dedicó medio año a enseñar a su hermana. Enseñarle a comer, beber en taza, vestirse y desvestirseLucía dejó esa tarea ya clara para Mateo.
A los tres años y medio, Mateo preguntó de frente: ¿Pero qué tiene Carlota, exactamente?
Pues, para empezar, no ve.
Ver sí ve objetó Mateo. Pero poco. Esto lo ve, pero esto ya no. Y depende mucho de la luz. Mejor que nada, la lámpara del baño, la de encima del espejoahí ve mucho.
El oftalmólogo se quedó atónito cuando vio que la explicación del estado visual de Carlota la daba un niño de tres años, pero le escuchó atentamente, prescribió una prueba más y, tras los resultados, indicó tratamiento y gafas muy complejas.
El colegio infantil de Mateo era un desastre. ¡Este niño debería estar ya en primaria! ¡Nos tiene a todas locas, sabe más que nadie! dijo la profesora de infantil, exasperada.
Me opuse radicalmente a adelantarle: que Mateo fuera a talleres y que siguiera ayudando a Carlota sería mejor a esa edad. Increíblemente, Isidro estuvo de acuerdo y le dijo a Lucía: Quédate con ellos hasta que vayan juntos al cole. Ni falta les hace estar en esa guardería de locos. ¿Te has fijado en que Carlota ya no llora casi nunca?
Al cabo de medio año, Carlota empezó a decir: mamá, papá, Mateo, dame, agua y miau-miau. Cuando llegó el momento, los dos hermanos empezaron juntos la escuela. Mateo estaba muy nervioso: ¿Cómo irá Carlota sin mí? ¿Los profesores serán realmente buenos? ¿La entenderán? Después de clase, ya en quinto, sigue ayudando primero a su hermana antes de hacer sus deberes.
Carlota ya formula frases sencillas. Sabe leer y utilizar el ordenador. Le encanta cocinar y ayudar a limpiar (siempre bajo la dirección de Mateo o de su madre), y disfruta sentándose en el banco del patio a mirar, escuchar y oler. Saluda a todos los vecinos. Le fascina moldear plastilina y montar y desmontar construcciones.
Pero lo que más le gusta del mundo es cuando toda la familia sale de ruta en moto por las carreteras de la sierraella con su madre, Mateo con su padrey todos gritan juntos hacia el viento, sintiéndose libresUn sábado por la mañana, mientras Lucía preparaba el desayuno, Mateo se sentó frente a ella y le preguntó:
Mamá, ¿Carlota podría aprender a ir en moto contigo algún día?
Lucía dejó la cuchara a un lado y miró a Carlota, que sonreía desde su silla, balanceando suavemente los pies y canturreando bajito un estribillo inventado. Pensó en los años de soledad, en el miedo y la rabia, en los días de sala de espera y en las noches desvelada al pie de su hija. Recordó también cada logro inesperado: cada palabra de Carlota, cada pequeño paso que parecía imposible.
Quizá sí, Mateo contestó. Quizá de otra manera, pero seguro que juntas podríamos volar. ¿Verdad, Carlota?
Carlota alzó la cabeza, como si hubiera entendido, y soltó una risita, mientras hacía el gesto de girar un manillar invisible. Mateo estalló en carcajadas.
De pronto, Lucía supo que la vida no se trataba de esperar milagros, sino de reconocerlos a diario: en la risa de su hija, en el cariño entre hermanos, en llegar al final del día sabiendo que todo esfuerzo tenía sentido. Afuera, la ciudad bullía como siempre. Pero dentro de aquella cocina cálida, Lucía sintió que, después de todo, la felicidad era exactamente esto.
Así, cada vez que arrancaba la moto y el rugido llenaba el aire, Lucía sonreía: llevaba consigo, firmes en el corazón, a Carlota, a Mateo y a los milagros pequeños que hacen que la vida, con todo y sus vueltas, valga la pena.





