Tras medio año compartiendo mi vida con Carmen, me di cuenta de que algo no encajaba. No era así como había imaginado a mi futura esposa. Al principio todo parecía perfecto: Carmen era una chica muy guapa, siempre arreglada y elegante, de esas mujeres con las que uno se siente orgulloso de salir a la calle. Además, tenía un carácter dulce y cocinaba de maravilla. Al volver del estudio de arquitectura, siempre me recibía con platos deliciosos y sorprendentes. Me sentía afortunado y no podía creer mi suerte. Contento, le hacía regalos caros, la llevaba a cenar a restaurantes exclusivos, e incluso una vez viajamos juntos a Mallorca.
Al cabo de tres meses de noviazgo, le propuse a Carmen que se viniera a vivir conmigo. Fue entonces cuando empezó a cambiar. Las exquisitas cenas se hicieron cada vez más escasas, y Carmen, amante de la vida social, casi siempre salía por las noches y rara vez estaba en casa. Yo la echaba de menos y me entristecía estar solo, añorando a mi princesa. Sus expectativas respecto a los regalos y la calidad de vida se volvieron desmesuradas. Yo era un arquitecto apasionado por mi trabajo, pero ni mucho menos millonario.
Cada vez había menos gestos de cariño por su parte y muchas más exigencias y caprichos.
Yo intentaba estar a la altura y, para su cumpleaños, le encargué unos pendientes de diamantes, pero el pago por mi último proyecto tardó en llegar y me vi obligado a decirle que el regalo tendría que esperar. Carmen se ofendió muchísimo y montó un buen escándalo.
Se acercaba Nochevieja, así que invité a mis padres y le pedí a mi novia que preparase alguna comida especial; entonces salió a relucir que en realidad ella no sabía cocinar. Soy mujer, no cocinera. Yo aporto belleza, soy musa e inspiro a los hombres a lograr grandes cosas. Mi sitio está en las celebraciones, no en la cocina gritó Carmen, enfadada. Yo no salía de mi asombro.
¿Cómo es posible? Cuando nos conocimos, me preparabas cenas increíbles le dije.
Ay, Juan, simplemente las compraba o encargaba, ¿cómo puedes ser tan iluso? se rió Carmen.
Me sentí engañado y humillado ante una mentira tan descarada. Para la visita de mis padres pedí comida a domicilio y disfrutamos de la velada juntos. Carmen fue encantadora y charló amablemente con ellos, aunque en el fondo yo seguía intranquilo.
Pasó el tiempo y, una tarde, al quedarme solo en casa, quise prepararme la cena pero descubrí que Carmen no tenía ni una sola especia en la cocina. Decidí entonces pedirle algo a la vecina. La vecina resultó ser una mujer simpática y agradable, y además me compartió algunas recetas típicas y los condimentos necesarios. Al poco tiempo, fue ella quien me pidió ayuda para reparar su ordenador, que se había roto justo cuando tenía que entregar un informe urgente. Como muestra de agradecimiento, Lucía me invitó a probar una riquísima tarta casera.
Así poco a poco fuimos visitándonos y estrechando lazos. Entonces comprendí que Carmen, en realidad, no era la mujer indicada para mí, mientras que Lucía, tan atenta, generosa y hogareña, sí lo era. Medio año más tarde, nos casamos. Y de Carmen, según escucho de vez en cuando a través de algunos amigos, todavía sigue buscando a su príncipe azul.







