**Diario de Lola**
Hoy mi marido llegó a casa y, sin quitarse los zapatos ni el abrigo, anunció con seriedad:
Lola, tenemos que hablar.
Lo miré fijamente, algo que no había hecho en años (¿cinco, seis o quizá ocho?). Respiró hondo, abriendo aún más sus ya de por sí grandes ojos, y soltó:
¡Me he enamorado!
“Ahí está”, pensé. “La crisis de los cuarenta ha llegado a nuestro hogar. Bienvenida”. Solo atiné a sonreír con cierta ironía mientras lo observaba, como si lo viera por primera vez en mucho tiempo.
Dicen que antes de morir, toda tu vida pasa ante tus ojos. Pues bien, en ese instante, toda mi vida con él desfiló por mi mente. Nos conocimos de la forma más mundana: por internet. Yo resté tres años de mi edad, él sumó tres centímetros a su estatura, y así, con mentiras tan simples como torpes, logramos encajar en los criterios de búsqueda del otro y al final nos encontramos.
Ya no recuerdo quién escribió primero. Lo que sí sé es que su mensaje, sin vulgaridades pero con un toque de ironía, me conquistó. A mis treinta y tres años, consciente de mi lugar en el “mercado de los hombres”, sabía que no estaba en la última fila, pero casi. Para nuestra primera cita, decidí no esforzarme demasiado: me vestí con sencillez, me puse gafas de sol rosa, ropa interior bonita y, en el bolso, metí unas magdalenas caseras y un libro de Benito Pérez Galdós.
La cita fue sorprendentemente fácil (¡qué diferencia hace la ropa adecuada!), y nuestro romance avanzó rápido y con entusiasmo. Nos divertíamos juntos, así que, tras seis meses de citas y la presión constante de nuestros padres (que ya desesperaban por ser abuelos), él se armó de valor y me pidió casarse. Presentamos nuestras familias, celebramos una boda íntima en la primera fecha disponible y, temiendo que alguien se echara atrás, nos lanzamos al matrimonio sin dudarlo.
Vivíamos bien, o al menos eso creía yo. Nuestra relación era como un clima tropical, sin tormentas pasionales pero tranquilo y estable. ¿No es eso la felicidad? Él, como buen representante del género masculino, dejó caer su disfraz de “hombre emocional y romántico con manos de oro” a las pocas semanas de casarnos y se convirtió en lo que siempre fue: un hombre sencillo, trabajador y cariñoso, cómodo en su chándal de estar por casa.
Yo, por mi parte, también me liberé poco a poco del corsé de “ama de casa intelectual, discreta y sensual”. Un embarazo aceleró el proceso, y al año ya me había despedido de aquella imagen, abrazando con gusto una bata cómoda.
El hecho de que, a pesar de abandonar nuestras máscaras, ninguno huyera ni se quejara, me convenció de que habíamos tomado la decisión correcta. La rutina y la crianza de nuestros dos hijos zarandearon a veces nuestro barco, pero nunca lo hundieron. Tras cada tempestad, volvíamos a navegar en calma.
Los abuelos felices nos ayudaban en lo que podían, avanzábamos en el trabajo, viajábamos y nos dedicábamos tiempo mutuamente, sin destacar demasiado en las estadísticas.
Doce años de matrimonio, y en todo ese tiempo, jamás lo había visto flirtear, ni siquiera mínimamente. Yo no era celosa, así que él podría haberlo hecho sin consecuencias. A veces me lo imaginaba coqueteando y me reía, porque la imagen era ridícula: mi marido, torpe en los halagos, había confesado al principio de nuestra relación que no sabía cómo hacerlo y optó por cambiar de táctica. Ahora su forma de alabar era abrir los ojos como platos, como si emitiera ultrasonidos que solo él entendía.
Con los años, aprendí a leer todas sus emociones en la redondez de sus ojos: desde el asombro descontrolado hasta la irritación silenciosa. Pero esa noche, mientras lo imaginaba soltando piropos a diestro y siniestro, abriendo los ojos cada vez más la garganta se me secó.
Bueno ¿cómo se llama tu rata? pregunté con una sonrisa tensa.
Sus ojos parecían a punto de salírsele de las órbitas. Tartamudeó, agitando las manos:
¿Cóm







