Entre mi hermano y yo hay tres años de diferencia; él es mayor. Hace unos años se casó y se trasladó con su esposa a un piso de alquiler en la periferia de Sevilla, donde los colores de las buganvillas parecen saltar sobre los balcones. Viven bien, aunque nunca tienen dinero. Mi hermano conduce un taxi, heredó el coche tras la muerte de nuestro padre, y con él se busca la vida. Además, se dedica a las reformas; no tiene sueldo fijo: cuando hay trabajo, hay euroscuando no, el silencio pesa como un azulejo roto. Por eso, él y su esposa siempre luchan por llegar. Pero, a decir verdad, ellos mismos tienen la culpa de sus apuros. Gastan el dinero en caprichos. Piden pizzas, repostería del obrador, compran ropa cara y gadgets que parecen venidos de otro planeta.
Mi hermano también se juega la paga en apuestas deportivas. En un día pueden esfumarse los billetes como pájaros asustados. Por si fuera poco, sin piso propio, esperan ya a su tercer hijo. Se reproducen sin pensar, como dicen entre carcajadas al borde de lo absurdo. Yo vivo con nuestra madre, trabajo en dos empleos distintos, saltando de aquí para allá como una sombra en la Plaza Mayor. Solo yo traigo comida al hogar y solo yo pago la luz y el agua, porque toda la pensión de mamá va directa a mi hermano. Mamá piensa que yo no necesito ayuda; al fin y al cabo, soy una chica hecha a sí misma, mientras que mi hermano lleva la pesadumbre de la familia. No estoy de acuerdo. Ahorro para mi propio piso, pero es difícil reunir todo y pagar las facturas al mismo tiempo. Ahorro para conseguir lo que quiero. Suelo usar mi viejo móvil sin problema, pero la mujer de mi hermano pide el último modelo financiado con un préstamo.
Hace poco, mi hermano me llamó. Quería que le prestara dinero. Le negué con calma, porque ya sé que no devuelve nada. Se enfadó y llamó a mamá contándole todo. Mamá empezó a suplicarme que le diera los euros. Le expliqué que no me parecía bien regalarle tal suma. Sois familia. Tienes que ayudarle, aunque no lo devuelva. ¿Por qué no le das el dinero? Si lo haces, te dejo este piso para ti. Cuando yo me vaya, tú mandarás aquíme prometió mamá, con voz de sueño y melodía de patio trasero. Rechacé su generosa propuesta; no resulta adecuado esperar la despedida de la madre para aprovecharme. Mamá se molestó. Ahora se ha decidido: me echa de casa porque mi hermano y su familia se mudan con ella. A nadie le importa que yo no tenga dónde ir. Para mamá, como tengo algo de dinero ahorrado, no perderé nada; mi hermano ni siquiera me dirige la palabra. La verdad, no me siento culpable. He hecho lo que creía correcto, aunque los relojes parezcan derretirse y Sevilla se transforme en una ciudad de puertas imposibles.







