Los padres de mi esposo son personas adineradas y tienen dos pisos vacíos. Les propuse amablemente que necesitábamos ayuda económica para comprar un piso, y su reacción me dejó sorprendida.

Las suegras de mi novio son algo peculiares, por decirlo suavemente. Me gusta pavonearme ante los demás diciendo que nunca se han metido en nuestras cosas familiares, tratándome como una persona más, lo cual agradezco profundamente. Pero, claro, no todo puede ser color de rosa y tengo material para quejarme: están convencidas de que uno puede lograrlo todo por sí mismo, incluso aunque ellas mismas sean adineradas, tras recibir una cuantiosa herencia de sus parientes. Entiendo la importancia de ser autosuficiente, faltaría más, pero no puedo evitar pensar que, ya que somos familia, un poco de ayuda no sería tan escandaloso.

Tienen dos pisos ahí en Madrid recién renovados, pero no los usan por motivos que nunca parecen tener mucha lógica. Cuando les insinuamos que nos encantaría vivir en uno, la respuesta fue el silencio. Resultado: nuestra familia salta de alquiler en alquiler, siempre cambiando de barrio, cambiando de vecinos, como si fuéramos de gira permanente por la ciudad. Mi familia tampoco puede echar una mano; mis padres viven en un pueblo de Castilla, casi sin ahorros, y no hay manera de que podamos ahorrar para comprar nuestro propio apartamento. Los sueldos apenas alcanzan para pagar el alquiler y cubrir el pan, el aceite y el jamón, por no hablar del ocio, que queda como una utopía.

El intento de transmitirle la situación a mi suegra (altamente desesperado) consistió en quejarme y lanzar indirectas sobre la inestabilidad de nuestros hijos, causada por este continuo vaivén de pisos y por la austeridad financiera. La respuesta de la señora fue de manual: nos echó en cara que nuestros hijos son demasiado pequeños y soltó eso de que la gente responsable antepone la vivienda. Oírle minimizar nuestras preocupaciones y culparnos por nuestra situación, admítase, dolió bastante.

Me debato entre querer mantener una relación cordial y la certeza de que parecen valorar sus propiedades más que el bienestar de sus propios nietos. Por algún milagro, a veces nos ayudan y cuidan a los niños, pero el futuro es un interrogante: ¿cómo crear una relación sana con unos suegros tan cómodos en su mundo y tan poco generosos?

Eso sí, soy consciente de que los años no pasan en vano y, algún día, quizá necesiten ayuda. Puede que entonces entiendan las dificultades que afrontamos y nos busquen. Hasta que llegue ese momento, no tengo ni idea de cómo gestionar esta delicada situación; balanceada entre la esperanza de conservar la relación y la decepción por su indiferencia ante el bienestar de los nietos.

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Los padres de mi esposo son personas adineradas y tienen dos pisos vacíos. Les propuse amablemente que necesitábamos ayuda económica para comprar un piso, y su reacción me dejó sorprendida.
Flor Estéril El marido de Kira trabajaba en la maternidad. Era ginecólogo. La pareja soñaba con tener un hijo, pero la vida nueva no llegaba a Kira. Vitalio (el marido) trató él mismo a su esposa, la llevó a balnearios, a baños de barro medicinal, recurrió a colegas… Todo en vano. El cuerpo de Kira no cambiaba. Cinco años dedicados a cuidar la salud de su mujer. Últimamente, Vitalio empezó a quedarse más tiempo en el trabajo. Estaba más animado, lanzaba bromas sarcásticas a Kira, e incluso usó, como quien no quiere la cosa, la hiriente palabra “flor estéril”. Se esfumó el cariño… Hablaba mucho de la nueva enfermera del hospital. La llamaba “mi enfermerita”. ¿A qué venía eso? Estos cambios en el comportamiento de su propio marido no auguraban nada bueno. Kira sospechó que Vitalio tenía “un plan B”. Así que decidió sorprenderle en el trabajo. Casi nunca iba a la maternidad; el ambiente no la alegraba. Allí, la vida nueva reclamaba sus derechos a cualquier hora. Madres satisfechas; recién nacidos llorando; padres despistados con ramos de flores; parientes ruidosos… Todo aquello era un suplicio para Kira, que sentía que jamás conocería tales alegrías. Kira llamó de forma discreta a la puerta del despacho de su marido. Por si acaso. Escuchó: -Adelante. Entró con cautela. -¿Qué pasa, Kira? – se sorprendió Vitalio. -Nada. Te echaba de menos – fingió Kira. -¿Te ocurre algo? – preguntó Vitalio. -¿A mí? No. ¿Y a ti, amor mío? – Kira insistió. De repente, irrumpió una chica en bata y gorro blanco. Bastante guapa. El despacho se llenó de un aroma seductor de perfume. Ignorando a Kira, la chica le dijo en confianza a Vitalio: -¿Nuestro acuerdo sigue en pie, Víctor? ¿Hoy en mi casa? Él la cortó: -Conoce a mi esposa, Vicky. -Ah, perdón. Pensé que era una paciente. Encantada – se fue apresuradamente. -Lo mismo digo – masculló Kira. Vicky salió volando y el despacho aún olía a su perfume. -¿Qué me cuentas, Vitalio… Víctor? – se aturdió Kira. -Hablamos en casa. Tengo mucho trabajo – zanjó él. -Pues se nota… O sea, ni te vas a molestar en explicar nada – replicó Kira con calma envenenada. Por dentro, rogaba para sí: “¡Miénteme un poco… y lo creeré!” Sonó el teléfono. Vitalio cogió la llamada a la primera. -¡Voy, voy! – dijo deprisa. Kira se fue a casa. No, no lloraba. No le salían lágrimas. Solo vacío. “Ya he visto a la rival: su ‘enfermerita’. Hará lo que sea. Encima es guapa. Mi marido tiene buen gusto. El perfume seguro se lo regaló él. Ella no se lo habría comprado, es caro”. Kira llegó a casa derrotada. Por la noche esperaba una charla difícil. Pero Vitalio volvió casi al amanecer. Kira ni preguntó dónde estuvo. No hacía falta. Dentro de ella todo temblaba y se rompía. “¡Es el fin!”, pensó. Vitalio empezó a hacer su maleta en silencio y con culpa. Cuando la llenó, se acercó por detrás para evitar mirarla a los ojos, la abrazó y dijo: -Kira, perdona. Nuestra vida es tan gris… Los años pasan. Yo aún quiero hijos. -Ya vale de dar vueltas. Sé que soy una “flor estéril”. Te deseo amor y muchos herederos. Adiós, Vitalio. La puerta se cerró de golpe. Kira se asomó a la ventana y vio a Vitalio subirse a un taxi, acompañado… Se marcharon. Kira se hizo café y encendió un cigarro. Intentó justificar a su marido ante sí misma. “Hizo todo lo que pudo. Quería una familia de verdad. Nuestro matrimonio era como arena. Yo nunca podría darle un hijo. ¡Maldita sea! Y aun así…” La felicidad parecía haber volado para siempre. El amor por su marido seguía vivo dentro de ella, nada ni nadie podía matarlo. Con el tiempo, Kira supo por amigos que Vitalio fue padre. La enfermera le dio una hija. “Me imagino lo feliz que estará. Por fin fue padre. Dios, ¡tengo 27 años! ¿No me tocaba sembrar algo en este mundo?”, se lamentaba Kira. Aceptó su infertilidad. ¿Qué hacen las mujeres así? Pues dedicarse a la carrera. Kira era la excepción. Quería adoptar a un niño, pero se lo negaron por “familia incompleta”. Pensó en meterse a monja. Vivió un mes en un convento. Una hermana mayor le aconsejó: -Hija, aún es pronto para ti. Vive en el mundo. ¡La felicidad está muy, muy cerca! Kira la creyó y su corazón volvió a llenarse de esperanza. ¡Oh, tiempo sanador! …Su vida sentimental empezó a cambiar. En el teatro (invitada por una amiga), conoció a un hombre: -Soy Santi – se presentó él, enseguida cayó bien a Kira. Le daban ganas de contarle toda su vida, detalle a detalle, sin esconder nada. Él entendería. Santi se enamoró de Kira nada más conocerla. No hubo largas citas: ambos querían una familia. Kira, con su experiencia, avisó antes de casarse de su… carencia. A Santi no le importó. El día de la boda le susurró: -Todo saldrá bien. Lo verás. ¡Confío en nosotros! En lo bueno y en lo malo, estaré contigo, mi Kirita. …Siete años después, Kira y Santi tenían tres hijos: dos niñas y un niño. Kira bromeaba: -Santi, ¿paramos ya? Santi miraba a su esposa enamorado: -Lo que Dios quiera, mi vida. En esa familia reinaba la felicidad, para siempre. …Un día, paseando Kira con los niños por el parque, vio a Vitalio. Llevaban diez años sin verse. Lo llamó. Él no reconoció a su ex mujer al principio. Luego sonrió. -¿Kira? ¡Cuánto has mejorado! Qué alegría encontrarte. He oído hablar de tu familia… ¡Sois un ejemplo! Veo que tu hijo se parece mucho a ti. Y las niñas, ¿serán a su padre? – preguntó incómodo. -Sí, mi marido es maravilloso. Me adora. Y yo lo venero, ¡con toda mi alma! – respondió orgullosa Kira. -¿Y tú, Vitalio? Tu hija ya habrá crecido, ¿no? – preguntó ella. -No hay ninguna hija, Kirita – la sonrisa se borró de su cara. -¿Nos lo vas a explicar? – se extrañó Kira. -Te fallé, Kira. Como dice el refrán: “Donde hay niebla, hay engaños”. Mi segunda esposa, la enfermera, me la jugó. Tuvo una hija, pero no era mía. De ojos marrones, siendo nosotros azules los dos. Cualquiera lo ve. Al principio no se nota, todos los bebés tienen ojos claros. Pasaron seis meses y todo se aclaró. La niña no era mía. Mi mujer confesó: quería que su futura hija tuviera padre. El biológico no la quiso. Yo andaba cerca y caí en la red. Nos separamos, con engaño no se puede vivir. Volví a casa de mi madre. Se enteró de todo y me consoló. Me confesó que, de pequeño, pasé las paperas y eso me dejó estéril. ¡Toda la vida lamentando tu infertilidad y resulta que el “flor estéril” era yo! -No te preocupes, Vitalio. Como médico, ayudas a otras mujeres a ser madres y a los bebés a llegar al mundo. ¿No es suficiente? – intentó consolar Kira. -Gracias, Kira. Por suerte, tengo familia. En el hospital, una joven tuvo un hijo sin padre. Charlando, nos hicimos amigos. Se llama Olga. Y la verdad, primero quise a su hijo como mío. ¿Por qué? Aún no sé. Era como si fuera propio. Tan indefenso… Ya está, decidimos criar al niño juntos. Le conté mi problema a Olga, y lo aceptó como el destino. Hace poco nos casamos. ¡Ahora somos tres! ¿Lo entiendes? – relataba Vitalio emocionado. -Lo entiendo, Vitalio… Como nadie lo entiendo…