Mira, te cuento cómo fue todo. Mis padres se separaron cuando yo tenía catorce años. Yo ya era bastante mayorcito y entendía perfectamente que los adultos terminan sus relaciones por motivos propios, se juntan con otras personas e incluso van cambiando de pareja, así que no me sorprendió para nada cuando, antes de que pasara un año, mi padre ya tenía otra mujer.
Ella terminó siendo mi madrastra y trajo consigo a su hija, mi hermanastra. Inés era una chica muy tranquila y dulce, y compartir habitación con ella era normal, no hubo nunca grandes problemas entre nosotros. A los diecinueve, me fui a una residencia universitaria en Madrid, lejos de la familia. Ahí fue cuando noté que mi padre y mi madrastra se preocupaban mucho más por Inés; como era dos años menor que yo, le costaba encajar en la nueva familia.
Cuando iba por tercer curso, alquilé un piso con la chica con la que salía en ese momento. Mis padres me llamaron para pedir que alojara temporalmente a Inés, porque ella también estudiaba en mi universidad, pero no quería quedarse en la residencia. En mi caso, nunca hicieron algo así; supusieron que, como era chico, podría compartir fácilmente con otros chicos, pero con Inés dijeron: Bueno, es una chica, no va a estar cómoda viviendo con desconocidos.
No tuve alternativa, así que acepté a Inés en casa. Estaba clarísimo que mi madrastra la apoyaría económicamente, pero con lo que gastaba cada mes, perfectamente podría haberse alquilado un apartamento para ella sola. Se compraba ropa de marca, aparatos nuevos, todo era para ella, y yo nada de nada. Incluso cuando Inés averió la lavadora del piso que compartíamos, mi padre nos dijo que ella aún era joven, así que mi chica y yo tendríamos que pagar la reparación de nuestro bolsillo.
Por suerte, al acabar la universidad, mi pareja y yo nos casamos y estuvimos un tiempo en casa de sus padres, lo que nos permitió deshacernos de Inés. Comenzábamos nuestra vida de recién casados, ahorrando para poder comprar un piso propio, y los padres de mi mujer nos apoyaban muchísimo, mientras que mis padres, otra vez, ni un céntimo. Así que cuando teníamos veintiséis años, y Inés veinticuatro, justo empezaba a buscar trabajo y me enteré que mi padre y mi madrastra habían pedido un préstamo y le regalaron un piso de dos habitaciones a ella. Ni tenía novio ni hijos, y mi mujer ya estaba esperando un bebé.
Lo flipé, de verdad. Llamé a mi padre para preguntarle por qué nunca habían pensado en hacerme un regalo así, y me contestó que yo tenía a mis suegros, que ellos podían comprarme algo. Jamás en la vida me sentí tan despreciado. La verdad, a veces siento que no tengo padres; desde que se divorciaron, me siento como si fuera huérfano…







