Mira, te voy a contar una historia que siempre me hace pensar en cómo cambian las cosas. Todo empezó en el primer día de clase, cuando conocí a Lucía, y nos hicimos amigas al instante. Alvaro entró en nuestro grupo justo cuando acababa el curso. Yo siempre vi claro que Alvaro estaba coladísimo por Lucía desde el principio. Incluso, en Nochevieja se atrevió a pedirle que fuese su novia. Pero ella le dijo que no, que estaba volcada en sus estudios y que no era el momento para una relación.
Alvaro no se dio por vencido y siguió siendo un amigo fiel para Lucía. Al final del segundo cuatrimestre, volvió a intentarlo, pero Lucía lo rechazó con delicadeza, diciéndole que mejor fueran solo amigos. Más tarde me confesó que le gustaban los chicos que estuvieran en forma y con una situación financiera estable.
A pesar de los comentarios de Lucía, yo sabía que Alvaro era un tío genial, muy amable y auténtico, aunque no tuviera mucho dinero. Tiempo después, Lucía acabó casándose con un hombre que sí cumplía esos requisitos y nos invitó a ambos a la boda. Por desgracia, yo no pude ir porque estaba enferma, y Alvaro también rechazó la invitación porque se sintió herido por todo aquello.
Ese día, Alvaro vino a buscar consuelo en mí y me contó lo triste que estaba al ver que la chica que quería se casaba con otro. Después de la boda de Lucía, empezamos a pasar mucho más tiempo juntos y nuestra amistad se fue haciendo más profunda. Cuando mi abuela se puso mal, y mi madre tuvo que cuidar de ella, Alvaro me dijo cuánto me echaba de menos en ese periodo, y poco a poco nuestra relación se fue transformando en algo más.
Al año siguiente nos casamos y empezamos a construir nuestra vida juntos. Pero la felicidad se vio interrumpida cuando apareció Lucía, que había tenido niños tres años después de casarse. Se había quedado viuda porque su marido, que era el alcalde del pueblo, falleció. Lucía nos preguntó si podía quedarse en casa con nosotros hasta que encontrara un lugar nuevo para vivir.
Y así, te lo cuento como lo viví, con esos giros que sólo ocurren en las historias de verdad. Por cierto, todo esto pasó entre Madrid y un pueblecito de Toledo, y cuando hablábamos de dinero, siempre se trataba de euros.







