Me crié en una familia sencilla, bastante común. Tengo dos carreras universitarias y hablo fluidamente dos idiomas extranjeros; trabajo como traductor. Tengo mi propia familia: está compuesta por mi querido esposo y nuestros tres hijos. Con mi esposo fui amigo durante varios años antes de casarnos, nos conocemos a fondo. Nos queremos, aunque, como ocurre en todos los matrimonios, a veces surgen desacuerdos. Él y yo los intentamos resolver con rapidez y alternamos en buscar la reconciliación. Vivimos en nuestro propio chalet, que compramos gracias a una hipoteca.
Sin ayuda de nadie.
Mis padres viven bastante lejos y apenas los visito. A los diecinueve años me fui a estudiar a Madrid, y desde entonces llevo una vida independiente. Pasé ocho años formándome, y después me casé. Todo lo que he conseguidola educación, el trabajo, la vida cómodalo he alcanzado sin ayuda de nadie. Trabajé durante mis estudios para poder mantenerme. Siempre enviaba paquetes y regalos a mis padres y a mi hermana menor, intentaba demostrarles mi cariño y respeto. Hasta hace poco creía que esos sentimientos eran recíprocos.
Mi hermana es un caso especial. Es seis años menor que yo, casada y con un hijo. Vive en un piso de una habitación que pertenece a su marido en Valladolid. Terminó el instituto, pero no continuó estudiando ni encontró empleo. Dice que los trabajos sencillos no pagan bien y que no tiene cabeza para trabajos más prometedores (no debería haberse casado tan joven, tendría que haberse esforzado por estudiar algo más).
Entre mi hermana y su esposo no hay mucho amor. No se divorcian por no hacerle daño al niño, sobreviven más por costumbre. Tampoco tienen mucho dinero, por lo que no pueden permitirse una vivienda mayor. Mi hermana tiene la suerte de contar con la ayuda de su suegra, una mujer que siempre está dispuesta a cuidar de su nieto. Mi hermana viaja a menudo a casa de mis padres en Salamanca y deja al niño allí todo el verano.
Últimamente, durante varios años, mis padres han venido a vernos. Esta vez fue igual. Estábamos todos sentados en la mesa y de repente mi madre dice:
Álvaro, deberías haberte casado con nuestra Carmen; haríais mejor pareja que con Sofía. Tu esposa debería ser tranquila, flexible, como Carmen. Sofía es demasiado impulsiva. Debería aprender a controlarse. Esa es una gran desventaja para una mujer.
Cuando escuché esto, casi me atraganto con el vino. Mi marido no supo qué responder, y mi padre tosió con significado.
Resulta que, pese a que en mi casa siempre hay orden, mis hijos están bien educados, vestidos y atendidos, no están consentidos, hablo dos idiomas, tengo una profesión respetada, ¡no soy suficiente para mi propio esposo! Quise preguntarle a mi madre:
Dime, querida madre, ¿crees que con un carácter más dócil habría conseguido todo esto? ¿No demuestra el hecho de que mi esposo me quiere y tenemos una familia feliz que somos compatibles? Mis hijos, gracias al esfuerzo de ambos, se van de vacaciones dos veces al año. ¿Podíamos soñar mi hermana y yo con eso cuando éramos pequeñas? Mi madre viene de vez en cuando, no me ayuda en nada y se atreve a decirme qué mujer es adecuada para mi marido.
A mi padre y a mi marido les molestó mucho lo que mi madre dijo de mí.
No quiero que piensen que esto es una rivalidad infantil con mi hermana menor. Es simplemente el dolor de escuchar palabras injustas de la persona a la que más quiero, mi propia madre.
Hoy he aprendido que, por mucho que luches y logres, siempre habrá alguien que desde su propia perspectiva te compare y te juzgue sin comprender realmente tu esfuerzo. La lección es recordarme a mí mismo que mi valía la determino yo, no los demás.







