Con mi prometido Nicolás, nos casaremos dentro de tres meses.

Hoy he decidido escribir en mi diario porque necesito aclarar mis pensamientos. Dentro de tres meses me caso con mi prometido, Javier.

Mi familia en Madrid siempre ha considerado las bodas como algo sencillo: ceremonia, comida, música, bailes y ya. Nada de grandes protocolos; siempre todo muy familiar y natural. Sin embargo, la familia de Javier tiene una tradición peculiar y bastante arraigada: en la boda, según ellos, la novia debe brindar un brindis especial, agradeciendo únicamente a los padres del novio y, además, darles un regalo simbólico por haberme aceptado en la familia.

Solo la novia. No el novio.

La primera vez que su madre, señora Carmen, me lo comentó, pensé que era una broma. Luego me explicó que esa costumbre viene de varias generaciones: la novia debe agradecer a los padres del novio por haber abierto las puertas de su hogar. Personalmente, el rito me sonó demasiado formal y, a decir verdad, como una especie de examen de acceso.

Le propuse que sería mejor que ambos, Javier y yo, brindásemos juntos en honor a ambas familias, agradeciéndoles por su apoyo y cariño. La señora Carmen se sonrió apenas y respondió que eso era cosa de las nuevas generaciones, tan modernas ellas.

Al principio, Javier no se preocupó demasiado por el asunto. Pero en la siguiente comida familiar, su padre, don Federico, fue muy claro: en su familia las cosas se hacen con respeto a las tradiciones, y su madre añadió que no quieren una nuera que venga a cambiarlo todo.

Eso de no quieren me sonó frío; como si buscara encajar en una posición vacante.

Cuando regresamos a casa, le comenté a Javier que no tengo problema en mostrar mi gratitud, pero me incomoda que yo sea la única que debe hacerlo, y que no estemos en pie de igualdad. Él me contestó que solo se trata de un gesto, algo simbólico, pero no supo responder cuando le pregunté por qué ese gesto no puede ser mutuo.

Me dijo que prefería evitar problemas con sus padres.

Así que le sugerí lo siguiente: que hagamos juntos ese brindis, agradeciendo a ambas familias, y dar un regalo a cada uno de los padres. Pensé que así sería aún más bonito, más justo.

Cuando lo propusimos, su madre se puso seria. Dijo que de esa manera se perdería el sentido de la tradición. Su padre intervino diciendo que si comienzo así, luego querré imponer mi forma de ser en todo. En ese instante comprendí que el fondo del asunto no era un brindis, sino una cuestión de territorio.

Para evitar tensiones, propuse hacerlo en privado antes de la celebración. La señora Carmen lo rechazó; insistió en que tenía que ser frente a todos los invitados, para que el respeto quedara claro.

Sentí entonces una especie de rebeldía. Yo respeto a la gente, sí. Pero no acepto gestos que considero humillantes.

Javier me pidió que cediera, que así es la costumbre en el pueblo de su familia en Castilla-La Mancha. Y yo le dije algo que jamás pensé que diría antes de casarnos: si para que haya paz, siempre tengo que ser yo la que cede, eso no es paz, sino control.

Ahora Javier está atrapado entre sus padres y yo. Mi madre me aconseja que no me enfrente a mis futuros suegros nada más casarme. Mi mejor amiga, Estrella, dice que si cedo ahora, después tendré que ceder en cosas aún más graves. Los futuros suegros ya comentan que soy conflictiva y poco respetuosa.

Para mí está claro: puedo agradecer, sí, pero no puedo aceptar reglas que solo se me imponen a mí por ser la novia.

Y la verdad no sé si me equivoco por negarme a seguir esa tradición tal y como ellos quieren.

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