Hace unos años nos mudamos mi marido y yo a otra ciudad, porque él consiguió allí un trabajo estupendo. Su madre se quedó en su piso de dos habitaciones, muy coqueto, que había conseguido tras más de treinta años en la empresa. Eso sí, cada verano venía a visitarnos para bautizar la nevera y tomar el sol en nuestra terraza, como buena madrileña.
Un día, mi suegra me llama y me suelta tan tranquila que una amiga suya va a venir a nuestra ciudad por cuestiones de negocios. Y, como quien no quiere la cosa, nos pide en euros (conversación, no moneda) que acojamos a la amiga y a su marido durante dos semanas. Mi marido, con corazón más grande que una catedral, acepta sin pensarlo y me llama diciendo que los amigos de su madre se quedarán en casa, que todo será fácil porque estamos fuera trabajando y que los huéspedes se las apañarán cocinando ellos mismos o comiendo tapas fuera. Mi marido, nacido para ser el hijo predilecto, pensaba que era una buena acción. ¿Quién iba a sospechar que tanta hospitalidad se le volvería como un boomerang?
El marido de la amiga de mi suegra desaparecía todo el día, liado con reuniones y tratos, mientras su esposa, mucho más joven y con una vida social comparable a la de una ameba en nuestra ciudad, se aburría mortalmente. Yo y mi marido, claro, volvíamos tarde de trabajar, así que la joven tenía que buscarse entretenimientos por sí misma.
No tardó en proponerle a mi marido salir juntos al centro comercial, buscando ropa de marca, después de preguntarme si me parecía bien. Así, mi marido podría decirle qué prendas le quedaban mejor. Yo, incauta y feliz de tener tiempo para ordenar la casa sin interrupciones, di mi bendición a esa alianza de compras.
La sorpresa llegó después. Limpiando el dormitorio con mi marido, barrí unos cabellos de nuestra invitada de debajo del sofá. Y cuando cambiaba las sábanas, encontré más de sus pelos metidos en la funda de la almohada de mi marido. Me quedé helada: ¡pero esto qué es! ¿Está intentando hacerle un conjuro a mi marido? ¡Vaya desagradecida!
Miré esos pelos teñidos y de repente se me abrió el cielo de la sospecha. ¡Esa muchacha llevaba tiempo intentando ligar con mi marido! Ya la había pillado alguna vez cruzando la cocina envuelta en batín sugerente, supuestamente buscando agua, con esa falsa vergüenza de “Ay, pensaba que no había nadie en casa”. Menos mal que mi marido no es tan ingenuo como para caer en esos trucos baratos; ni se inmuta ante su tonteo.
Desde ese día, no los dejé solos ni medio minuto. Me inventaba excusas perfectas para acompañarles al centro, o encontraba tareas urgentes en casa que requerían la ayuda de mi marido. Y mientras, iba tachando días del calendario esperando que la pareja indeseada cogiera el tren de vuelta.
De esa situación, saqué una enseñanza bien clara: en casa, mejor no meter a desconocidos. Nadie sabe de lo que es capaz una joven aburrida, esposa de un marido mayor ocupado. A veces los maridos ni sospechan de las ardiles de sus mujeres aburridas. Por eso, os aconsejo que tengáis ojo avizor si la vida os empareja con extraños, aunque traigan recomendaciones de suegra.







