Tras cuatro meses de mensajes, acepté quedar con un caballero de 52 años — empezó la conversación con cinco quejas

Dicen que a veces la anticipación de un evento resulta más dulce que el propio acontecimiento. En la historia de Alejandra, la espera se extendió casi cuatro meses, convirtiéndose en una especie de serie online con episodios diarios.

Durante ese tiempo, aprendió los gustos de Martín al detalle, memorizó los nombres de sus amigos de la infancia y hasta dejó de sorprenderse por su costumbre de poner tres puntos suspensivos tras cada Buenos días.

Alejandra tenía cuarenta y cinco años, esa edad en la que uno acude a una cita no con nervios en las rodillas, sino con una curiosidad irónica propia de un explorador. A ver con qué ejemplar me encuentro esta vez, pensaba mientras se preparaba.

Era de esas mujeres que saben llevar un sencillo jersey de lana como si fuera un manto de gala y poseen una autocrítica capaz de neutralizar cualquier situación incómoda.

Martín, que recientemente cumplía cincuenta y dos, transmitía seriedad, sensatez, cierta ironía y, lo que más enganchaba, fiabilidad en su correspondencia.

En nuestra edad, Alejandra decía él en sus mensajes nocturnos , no se busca ya fuegos artificiales, sino calor. Uno quiere estar con alguien que entienda sin palabras.

Sin palabras, pues sin palabras, se decía Alejandra, mientras se daba un toque de máscara de pestañas. Lo principal era que las palabras que sí se dijeran no le hicieran salir corriendo.

Quedaron en un pequeño café de Madrid, cálido, con luz suave y aroma a canela. Alejandra llegó puntual, serena, confiada, dispuesta a pasar una buena tarde. Impecable.

Martín apareció cinco minutos después. En persona era algo más bajo que en las fotos y tenía la mirada de quien acaba de encontrar un error grave en un informe financiero.

Se sentó enfrente, saludó con una breve sonrisa, sin ningún elogio ni cálido me alegra verte.

Martín examinó a Alejandra como si estuviera auditando el local. Luego propuso pedir café con algún dulce, y así lo hicieron.

Alejandra empezó con tono de jefe de estudios antes de una junta , llevo tiempo analizando nuestra relación. Casi cuatro meses. Y ahora, viéndote en persona, creo conveniente dejar claros algunos aspectos. Tengo cinco objeciones para ti.

Dentro de Alejandra, algo tintineó como cuando se rompe el buen humor. Apoyó la barbilla sobre la mano y asintió.

¿Cinco objeciones? Curioso. Adelante, te escucho.

Martín no notó la ironía y contó el primer dedo.

En una foto tuya, con el vestido azul, tu figura parecía diferente. Ahora veo que eres más marcada. Eso puede confundir. A esta edad, una mujer debe ser más sincera.

Alejandra pensó: Marcada, al menos no monumental. Progreso.

Segunda objeción: rapidez de respuesta
A veces contestas demasiado lento. Por ejemplo, hace tres semanas te escribí a las 14:15 y respondiste a las 16:40. No nos gusta esperar. Es una falta de respeto.

Creo que estaba en una reunión comenzó ella, pero Martín continuó.

Tercera objeción: lugar del encuentro
¿Por qué aquí? Es demasiado sofisticado. Yo sugerí algo más sencillo. Eso demuestra inclinación al consumo ostentoso.

Alejandra miró el café y sintió ganas de tirarlo sobre la cabeza de Martín, pero la curiosidad ganó.

¿Por qué ese vestido? Es solo para tomar un café. Demasiado llamativo para la tarde. Las joyas sobran. La mujer debe atraer por su profundidad, no por el brillo. Busco contenido, no escaparate.

Quinta objeción: independencia
Eligiste tú el local, hablas de hacerlo todo sola. No dejas sentirme hombre. Necesito a alguien que me pida consejo, que no demuestre tanta autonomía. Si estamos juntos, tendrás que reconsiderar tu actitud.

Terminó y cruzó los brazos, esperando penitencia o agradecimiento por su sinceridad.

Alejandra le miró y entendió de golpe: esos cuatro meses de mensajes solo habían servido de máscara para un controlador minucioso. No buscaba calor, sino un objeto útil para alimentar su ego.

Martín, dijo suave, casi tierna yo también he analizado algo. Y me han bastado cinco minutos para sacar mi conclusión.

¿Cuál? preguntó, entrecerrando los ojos.

Eres un espécimen curioso. Has cruzado toda la ciudad para pasarle una factura a una mujer que acabas de conocer, por sus gustos, su apariencia y su derecho a ser ella misma. Esa confianza es digna de estudio.

Martín frunció el ceño:

Solo soy sincero.

No negó Alejandra . No eres sincero. Solo eres infeliz y mides el mundo con una regla torcida. No te gustan mis fotos, ve al museo, allí los retratos no cambian. ¿Tardo en responder? Cómprate un Tamagotchi. ¿No te gusta el vestido? Lo llevo por mí, no por ti.

Se levantó, se ajustó el bolso y miró tranquila:

Por último, si tu ego se desmorona por oír yo misma, necesitas no un romance, sino rehabilitación. Con cuarenta y cinco años valoro demasiado mi tiempo para gastarlo en alguien que empieza el encuentro repasando mis defectos.

¿Adónde vas? ¿Y el café? musitó Martín.

Acaba tú el café. Así ahorras recursos. Un consejo final: si quieres que te miren la boca, pide cita al dentista.

Ya en casa, Alejandra bloqueó a Martín en todos los chats. En su edad, el hogar es más que mantas y silencio: es un móvil sin gente intentando encajarte en su molde.

¿Y vosotros qué pensáis? ¿Fue un fracaso de conquista, o una representación bien ensayada? ¿Tiene sentido seguir conversando con alguien que desde el primer minuto te factura por ser quien eres?

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