Cuando era un trabajador del montón, currando como cualquiera por un salario digno de risa, parecía que todas mis tías, primos y hasta el primo del cuñado se desvivían por mí. No falte a una cena, comunión o boda: yo era imprescindible en todas las fiestas familiares. Si necesitaba ayuda, allí estaban, más rápidos que el repartidor de churros.
Pero claro, uno termina cansándose de una vida así: siempre llegando justo a fin de mes y con las suelas de los zapatos pidiendo la jubilación anticipada. Así que un día me entró la vena emprendedora. Decidí montar mi propio negocio desde cero, aunque la hucha estaba más vacía que una piscina en agosto. Para colmo, mis padres habían fallecido en un accidente de coche cuando tenía 19 años.
Por fortuna, tenía una tía, María Pilar, que se había casado con un señor forrado uno que vestía chaquetas de tweed aunque caigan chuzos de punta en Madrid. Ingenuamente, pensé que me echarían una mano. Iluso de mí.
María Pilar, la tía, me soltó que eso de emprender era un riesgo que ni pensarlo, que ella no veía claro lo de meter ni un euro en mi aventura. Sinceramente, no se lo reproché. Si yo estuviese en su lugar, seguramente habría hecho lo mismo. Cada cual hace con su dinero lo que quiere, eso está más claro que el agua de Granada. Ni bancos ni cajas me valían, porque los intereses que pedían estos parecían sacados de una novela de terror. Así que me tocó apretarme el cinturón más de lo habitual, hasta en la tortilla de patatas economizaba. Me busqué un segundo curro y empecé a ahorrar como si no hubiera un mañana.
Con el tiempo, todo se fue clarificando en mi cabeza. Sabía qué tipo de negocio quería, cuánto costaba todo hasta el último tornillo y qué billete de euro necesitaba para arrancar. Me propuse ir a por todas, dejando el miedo para otro momento. Llevaba soñando con esto desde que tenía dientes de leche y, por fin, se me ofrecía la oportunidad, aunque fuera a paso de tortuga. Lo único incómodo eran las bromas de la tía María Pilar. No fallaba: apenas entraba en cualquier reunión, ella me recibía con una carcajada y gritaba:
¡Bueno, bueno, que ha venido don importante, el empresario! ¡Honor y gloria para nosotros, que se sienta aquí el magnate de la familia!
Cuando por fin conseguí abrir mi propia agencia, fue poner la persiana y, oye, desaparecieron todos los abrazos y felicitaciones familiares de golpe. Y, sobre todo, la tía. Pero yo ni un paso atrás, que la vida no está para cobardías. Un año y medio más tarde, abrí varias sucursales más por todo Valladolid.
Entonces, un día, suena el teléfono: era la mismísima María Pilar. Resulta que su hijo va a estudiar a la universidad y necesita asistencia económica y piso de estudiante, porque la tía ya estaba divorciada y no encontraba curro ni de dependienta en el supermercado. Así que, de pronto, volvió a acordarse de mí.
Yo, muy amablemente, le dije que no podía ayudarla. Estaba a punto de expandirme por toda Castilla y León, y necesitaba cada céntimo. Lo del primo, sinceramente, no era prioridad. Desde ese día, la tía se borró de mi vida, como si nunca hubiese existido… tampoco es que me llamase antes, para qué engañarnos.
Hoy por hoy, mis filiales lucen sus carteles bien grandes, los negocios van viento en popa y el hijo de María Pilar sigue viviendo a costa de su madre, sin ganas de emanciparse ni con agua caliente. Ningún pariente lo quiere en casa ni de invitado a la sobremesa. Resulta que fue la tía la que consiguió que todos se alejaran tanto como ella. Qué vueltas da la vida pero oye, yo sigo cenando solo, y sin bromas.







