Hay una mujer con la que fui compañera en el colegio. Imaginemos que se llama Nuria. Nuria, por cierto, era una auténtica prima donna. Al terminar el bachillerato se fue a la Universidad Complutense de Madrid para estudiar Derecho. Después decidió sacarse una segunda carrera. Se matriculó en algo relacionado con Comercio y Dirección de Empresas. En esa universidad conocí a un chico y me casé con él. Él tenía un buen sueldo y nunca insistió en que Nuria trabajase, así que ella terminó sus estudios sin preocupaciones.
Cuando Nuria acabó la segunda carrera, no buscó trabajo, simplemente se quedó en casa. Cuando sus amigas le preguntaban por ello, decía que era completamente feliz con su vida. Decía que a su marido le encantaba tener la casa impecable y cálida, y que ella no sería capaz de mantener ese hogar si además tuviera un empleo. El marido le daba dinero para todo lo que quisiera: desde centros de estética hasta el gimnasio más exclusivo del barrio de Salamanca.
Así vivían. De vez en cuando, cuenta Nuria, su marido mencionaba cuánto le gustaría tener un hijo, pero ella no quería ni oír hablar del tema. No le apetecía lo más mínimo ser madre: estaba demasiado centrada en su figura, en su salud y en su tiempo libre.
El matrimonio duró unos doce años, hasta que un día, de pronto, decidieron divorciarse. Nuria no explica los detalles y yo prefiero no entrar en rumores. Se separaron, y su exmarido dejó de mantenerla económicamente.
Ahora es su padre quien la ayuda, todavía en activo. Pero esas cantidades no se parecen en nada a lo que Nuria solía recibir; le resulta imposible mantener aquel estilo de vida al que lleva años acostumbrada. Y su padre insiste una y otra vez en que debería ponerse a trabajar. Al fin y al cabo, es una mujer hecha y derecha, tiene treinta y cinco años ya.
Nuria, algo desesperada, ha recurrido a amigas del colegio por si alguna conocía alguna oportunidad laboral. Una de ellas tiene una tienda en un centro comercial de la Gran Vía y le ofreció un puesto de dependienta. Pero a Nuria le horrorizó la idea. Dijo que con su formación universitaria no pensaba andar ordenando ropa ni ocupándose de cajas.
Resulta casi cómico. No tiene experiencia laboral, hace años que terminó la carrera, pero sus expectativas son altísimas. Aspira a un puesto directivo con un salario elevado.
¿Qué opinas tú? ¿Qué tipo de trabajo crees que puede conseguir alguien de treinta y cinco años que jamás ha trabajado?






