Mi hija es mi vida. Y ahora, literalmente. Este invierno tuve que pedir la baja porque Sofía cayó enferma de la garganta. Tenía fiebre alta y más de una vez llamamos a una ambulancia para ella.
Mi esposa seguía trabajando porque estaba llevando un proyecto importante, y yo cuidaba de nuestra hija. Durante el día me aseguraba de que comiera bien y se hiciera gárgaras, le bajaba la fiebre cuando era necesario y, sin darme cuenta, yo también terminé enfermando. La verdad, no me preocupaba por mí mismo.
Aquella mañana de invierno me sentí terrible. Le di a Sofía algo para la fiebre y también me tomé yo, pero no fue suficiente. No tenía fuerzas para nada y permanecimos en la cama; Sofía jugaba con sus muñecas y yo estaba a su lado. En un momento, mis ojos se hincharon y me sumí en la oscuridad.
Pero Sofía no se dejó engañar por la situación. Cogió el móvil y llamó a su madre desde su tablet, diciéndole que estaba dormido y no quería despertarme, ni siquiera cuando me hacía cosquillas. Eso asustó muchísimo a mi esposa, que pidió una ambulancia y vino corriendo desde el trabajo.
Los médicos comprobaron que tenía 41 de fiebre y por poco no la cuento. Sofía, al llamar por teléfono, evitó un desenlace fatal, sin darse cuenta siquiera de cuánto me ayudó.







