Cuando Juan llegó al trabajo aquel día, se llevó una grata sorpresa. Los empleados estaban celebrando algo especial. ¿Hoy es alguna festividad?, se preguntó Juan mientras se acercaba. Sí, estamos de enhorabuena: por fin mi esposa ha quedado embarazada, respondió el compañero.
Todos a su alrededor mostraban una alegría sincera, porque Marcos iba a convertirse en padre. De repente, uno de los otros empleados se aproximó y le dijo: Eres el primer hombre que festeja el embarazo de su esposa. Normalmente solemos celebrar cuando el niño ha nacido. ¡Eres un tío estupendo! Pero ya te advierto: a partir de ahora te lloverán consejos y te contarán historias de miedo sobre la paternidad. Juan se rió, algo desconcertado.
El compañero asentó con la cabeza. Durante los próximos nueve meses tendrás que cumplir todos los antojos de tu mujer. La mía no me dejó descansar cuando nació nuestro primer hijo. La esposa te bombardeará con peticiones y con las facturas, y entonces la felicidad será más difícil de mantener. ¿Cuántos hijos tienes y qué edad tienen?, preguntó otro. Dos, pero no recuerdo muy bien cuántos años tienen. Mi hija debe de tener siete… o quizás seis. Juan guardó silencio y pensó en todo aquello.
Cuando volvió a casa esa tarde, abrazó a su querida esposa, Lucía. Está bien que todavía no te han dicho en el trabajo que tienes que dar a luz en unos días. Ellos siguen convencidos de que quedan nueve meses. No podrás evitar contarlo tarde o temprano. Intentaré resistir, sonrió Juan. Poco después, Lucía trajo al mundo a un niño sano, al que dieron el nombre de Mateo.
Juan pidió unos días libres en el trabajo para ayudar a su esposa y su hijo. Siempre regresaba a casa lo antes posible, y sus compañeros no comprendían esa prisa. Para Juan, su familia siempre fue lo primero y así lo recordamos con cariño a día de hoy.







