Hace poco cumplí setenta años. Mi esposa, por cosas de la vida, ya no pudo celebrar su cumpleaños conmigo; falleció antes de la fecha. En el día de mi cumpleaños, mis hijos tengo tres sus esposas y mis nietos estuvieron a mi lado. Siempre quise tener una hija, así que ahora pido a mis hijos que de una vez me den una nieta. Me prometen que lo harán. Al día siguiente, por la mañana, fui al cementerio a visitar la tumba de mi mujer. Allí me encontré con la esposa de un antiguo amigo mío. Resulta que mi amigo había muerto recientemente. Nos quedamos conversando y recordando nuestra juventud. Nos sentamos en una cafetería y ella empezó a preguntarme.
Tú solías salir con una chica gallega, ¿verdad? ¿Por qué no funcionó aquello? Bueno, en aquel entonces era distinto. Sus padres querían que su hija se casara con un gallego, y yo soy de León. ¿Te has puesto en contacto con tu hija? ¿Qué hija? Sí, tu hija. Se llama Lucía. Tu antigua novia, cuando se enteró de que estaba embarazada, sus padres la enviaron al pueblo. Sabía que te habías casado con otra y nunca te dijo nada. Corrí a casa, sin saber cómo contarles a mis hijos; pensaba que me juzgarían por querer encontrar a mi hija.
Pero mis hijos me apoyaron, me dijeron que siempre soñaron con tener una hermana. Empezamos a buscarla. Resultó que mi hija gallega vive en Madrid. La búsqueda se hizo más fácil porque ya teníamos sus nombres. Por aquel entonces yo estaba enfermo, débil, pero tenía la esperanza de conseguirlo. Una semana después desperté en mi habitación, y junto a mí estaba un hombre.
Lo has hecho bien, lo conseguiste. No tuve otra, busco a mi hija. Todos esperan en casa. He visto que ni tu familia puede dispersarse de aquí. Los médicos ya protestan porque tus parientes se reúnen cada día bajo la ventana. Por cierto, ahora están ahí.
El hombre me ayudó a acercarme a la ventana. Vi a mis hijos, sus esposas, mis nietos, una señora mayor y su hija, y una niña preciosa de pelo negro que correteaba de un lado a otro.
¡Hombre, esa es mi nieta! ¡Tengo una nieta!







