Pues mira, te cuento así en confianza lo que pasó entre yo y Carmen, mi gran amiga de toda la vida. Después de muchas charlas y cafés, decidimos irnos a vivir juntas. ¿Y por qué no? Si es que los pros que sacamos eran geniales:
Las dos estamos solas. A los sesenta no es tan sencillo encontrar pareja y, oye, si alguna vez tienes suerte, ya se soluciona lo del piso. Los hijos y los nietos viven lejos, y la familia, encantada de que las abuelas no estén aburridas. De jóvenes ya convivimos en el mismo piso en Salamanca, cuando tenía mi hija pequeña y, aunque somos dos carácteres complicados, nos apañábamos. Así que, entretenimiento asegurado. Limpiábamos juntas, cocinábamos y planificábamos tardes de teatro o museos, para no quedarnos metidas todo el día en casa.
Estabilidad económica. Todo compartido: gastos, ingresos del piso que pusimos en alquiler ¡Hasta nos sobraba algo de dinero cada mes! Y lo mejor, cuidarse mutuamente. Si una se ponía mala o le faltaba algo, siempre tenía a la otra al lado.
Vamos, que todo eran ventajas viéndolo desde fuera.
Pero claro, luego llega la realidad …
Lo primero, la elección del piso. Las dos queríamos quedarnos en el nuestro, tanto Carmen en Zaragoza como yo en Valladolid, cada una con sus motivos y buenos argumentos. Yo estaba dispuesta a dejar el mío, pero discutía para que Carmen no pensara que siempre iba a ceder.
Luego vino el tema de las cosas. Cuando ya me convencí y empecé la mudanza, Carmen empezó a quejarse de que tenía demasiadas cosas. Y nos encontrábamos sin sitio para tanto cacharro, y lo de dejarlas en el piso de alquiler me daba miedo, a saber qué inquilinos te pueden tocar.
Al final, alquilamos un trastero y allá metimos platos, mantas, libros y de todo un poco. Encontramos inquilinos rapidísimo y entonces empezó la parte graciosa. Al principio sentía que mi amiga estaba invadiendo un poco mi espacio. Yo me sentía como invitada, pero después lo fui soltando.
La convivencia no duró mucho porque, la verdad, no había equilibrio. Ella tenía sus manías: los productos de limpieza en un rincón, yo en otro. Y siempre había que hacerle caso porque era su casa.
Después, el asunto de la comida. Le gustaban cosas diferentes a mí y no dije nada; confié en sus gustos. Al final, me acostumbré y casi ni recordaba mis propios antojos. Otra cosa fue el sueño: yo duermo fatal, súper ligera, y a Carmen le encanta dormirse con la tele puesta. Por mucho tapón de oído, los ruidos me mataban.
Todos esos pequeños roces comenzaron a pesar más que las ventajas. Intentamos aguantar y buscar soluciones, pero llegó un momento que viéndome, Carmen se irritaba, y yo no entendía por qué si hacía todo lo que ella quería.
Empezó a dejar de hablarme. Pasaban los días, las mañanas y nada. Yo dándole vueltas continuamente a qué podía haberle hecho. Al final, no pude más y me eché a llorar delante de ella. Carmen también rompió a llorar y confesó que no sabía ni por qué le molestaba tanto todo.
Entonces lo entendí: cada persona necesita su propio espacio, sus normas, su casa. Es mejor vernos a menudo y compartir tiempo, pero no vivir juntas.
Rompimos el contrato de alquiler, y nuestra amistad volvió a ser la de antes, sin complicaciones ni silencios incómodos.







