Mi hija y su marido llevan casados once años. Al principio, les unía un amor intenso que jamás pudo romper la suegra, a pesar de su evidente antipatía hacia mi hija. La razón principal era que mi hija siempre ha sabido defenderse, responde con firmeza y nunca ha temido poner en su sitio a quienes, sin que nadie les pida opinión, se dedican a dar consejos o meter cizaña. La suegra esperaba una nuera más sumisa y, al no conseguirlo, insistía en hablar mal de mi hija al oído de su hijo, contándole lo mala que era. Pero el amor es el amor, y las palabras de la madre nunca lograron hacer mella.
Durante todo este tiempo, recuerdo que mi hija me contó apenas un par de veces que había discutido con su marido. Jamás la vi llorar por culpa de él ni presenciaron una gran crisis que hiciera peligrar su matrimonio. Eso fue así hasta que nacieron sus mellizos. El embarazo no fue sencillo; el marido, aparentemente seguro de que su esposa no le dejaría mientras estuviera embarazada, empezó a relajarse, pasaba más tiempo con sus amigos y ayudaba menos en casa.
Mientras mi hija estaba de baja por maternidad, su marido únicamente se ocupaba de ganar dinero y todas las tareas del hogar quedaban bajo su responsabilidad. A raíz de esto, mi hija empezó a llamarme con frecuencia, pidiéndome ayuda, y yo empecé a ser testigo directo de sus discusiones.
Con el paso del tiempo, los niños crecían, necesitaban más atención y los gastos aumentaban. La suegra decidió aprovechar el malestar de su hijo y presionar justo por ahí. Le dijo que había visto a mi hija con un amante y que, quizá, los niños no eran suyos. Al principio, él no le creyó, pero después empezó a observarlo todo minuciosamente, negando cualquier parecido de los niños y exigiendo una prueba de paternidad.
Mi hija volvió a llorar, no quiere hacerse esas pruebas. Me explica que no es porque haya engañado, sino porque le duele su orgullo. Jamás ha dado motivo para que él sospeche que se interesa por otro hombre, pero aún así la suegra manipula la situación. Ahora mi hija grita que o él acepta la situación tal y como es, o se divorcia.
Confío plenamente en mi hija y desapruebo la actitud tanto de su marido como de la suegra, aunque por otro lado, no entiendo qué impide a mi hija hacerse la prueba y cerrarles la boca. ¿Creéis que se trata realmente de orgullo, o quizás la suegra tiene razón?







