El legado oculto

**El Testamento**

Desde pequeña, Lucía odiaba su nombre.

—Mamá, ¿por qué me pusiste Lucía? Es un nombre ridículo —se quejó en primero de primaria.

—¿Ridículo? Es bonito y poco común. Significa “la que lleva la luz”. Como un ángel —contestó su madre.

—Suena de vieja. Todos se ríen de mí —refunfuñó la niña.

—¿Quién se ríe? Nadie se ríe de los ángeles.

—Cuando sea mayor, me cambiaré el nombre.

—Como quieras —su madre frunció los labios.

Lucía no era guapa. Tenía la nariz aguileña, los ojos grises y el pelo del color de un ratón. Flacucha y desgarbada. Su madre decía que se parecía a su padre, a quien Lucía no recordaba. Él las había abandonado cuando ella era muy pequeña.

—¿Por qué te casaste con un hombre tan feo? —preguntó en tercero, ahogándose en lágrimas.

—Ya veremos con quién te casas tú —soltó su madre con ironía.

—¡Nunca me casaré! ¿Quién querría a un monstruo como yo? —gritó Lucía.

Habría aceptado su nombre con resignación si, al menos, tuviera los ojos azules y las pestañas largas como Sara o el pelo rizado y abundante como Elena.

A los doce, su madre se volvió a casar. Llegó a casa con un hombre alto y robusto y anunció que el tío Paco viviría con ellas.

—Y esta es mi lucecita, Lucía —presentó a su hija.

—Vaya ángel más enclenque. ¿Le das de comer espíritu santo? —bromeó el tío Paco, soltando una carcajada.

Otra vez se reían de su nombre. Lucía, ofendida, corrió a su habitación. Esa noche, su madre entró y le explicó que con un hombre en casa todo sería más fácil. Tendrían dinero y hasta le comprarían un ordenador. Ante semejante argumento, Lucía cedió.

El tío Paco se duchaba con agua fría todas las mañanas. Lucía lo escuchaba tras la puerta, resoplando y quejándose. Salía de la ducha tan rojo como un pimiento, pero lleno de energía. Un día, ella quiso probar. Abrió el grifo del agua helada y se metió bajo el chorro. El frío le cortó la respiración y casi se ahoga. Nunca más lo intentó, pero desde entonces miró a su padrastro con otros ojos.

Su madre también cambiaba a su lado. Sonreía y lo miraba de un modo que nunca había mirado a Lucía. La niña se sentía desplazada y celosa.

El tío Paco, sin embargo, apenas la notaba. No jugaba con ella ni la consentía. Si le pedía algo, suspiraba y le decía que ya era mayor para aprender sola. Pero tampoco la regañaba, incluso cuando metía la pata. “La experiencia es la mejor maestra”, decía. Así que Lucía acabó por aceptarlo, igual que había aceptado su nombre.

Las chicas, guapas o no, sueñan con príncipes y amores eternos. A los catorce, Lucía se enamoró de Daniel Pajarón. Sufría en silencio al verlo caminar del brazo de la más bonita de su clase. Luego se encaprichó con un chico mayor, Javier Palomo. Le tiraban los apellidos de pájaro. Pero Javier se fue a estudiar a otra ciudad y Lucía decidió que el amor no estaba hecho para alguien como ella.

Un verano fueron todos a la costa. En el paseo marítimo, un pintor retrataba a los turistas. Lucía se acercó y le pidió que la dibujara guapa.

—Tonterías. La juventud ya es bella. ¿Cómo te llamas?

—Lucía.

—Significa “luz” —dijo el artista—. Los nombres marcan destinos. El tuyo es especial, así que tu vida también lo será. Recuérdalo, señorita.

Nadie la había llamado “señorita” antes. Posar fue aburrido, pero cuando vio el retrato, se quedó sin aliento. Era ella, pero no. El pintor había suavizado su nariz, dado profundidad a sus ojos. El dibujo era en blanco y negro, pero Lucía juraría que sus ojos eran azules como el mar y su pelo, negro y brillante. Lo colgó sobre su cama y cada mañana lo miraba para darse valor. Al espejo, mejor no.

Poco a poco, notó que su madre palidecía. Se pasaba el día tumbada, algo que nunca hacía.

—¿Estás enferma? —preguntó Lucía.

—No. Tendrás un hermanito pronto. ¿No te alegra?

Lucía se encogió de hombros. ¿Alegrarse? Primero el tío Paco, ahora un bebé… Su madre ya ni era la misma.

Dos meses después, los médicos dijeron que el bebé había muerto. Su madre salió del hospital como un fantasma. No comía, no sonreía. Las peleas con el tío Paco eran diarias. Él la reprochaba por descuidarse; ella lo mandaba con mujeres más jóvenes.

Lucía se sentía culpable. No había querido al bebé, ¿y si por eso había muerto?

Tres meses después, su madre tomó un puñado de pastillas y se durmió para siempre. Al volver del colegio, Lucía intentó no hacer ruido para no despertarla. Pero al caer la noche, entendió.

En el entierro solo acudieron dos compañeras de trabajo. Ahora toda la casa caía sobre sus hombros: limpiar, cocinar, estudiar… Y lo hacía bien.

Un día se rebeló y no preparó la cena.

—¿Y la comida? ¿Estás enferma? —preguntó el tío Paco al llegar.

—No soy tu criada. Tengo deberes. Podrías freírte unos huevos alguna vez —espetó.

—Yo pago todo aquí. Mientras seas una mantenida, me obedecerás. Cocina.

Aprendió la lección. Acabaría el instituto y trabajaría. Pero el tío Paco insistió en que estudiara. “Tu madre querría que fueras médico”, dijo.

Y así fue. El tiempo pasó. El tío Paco, ya mayor, empeoró. Olvidaba comer, se perdía. El médico diagnosticó demencia. Lucía le puso notas con su dirección en todos los bolsillos. Una vez, él ni la reconoció:

—¿Qué quieres de mí? ¿No me has quitado ya suficiente?

Así supo que el tío Paco tuvo otra familia antes. La enfermedad lo volvió dócil como un niño.

—Eres un ángel, Lucía —decía la vecina—. Ni los hijos de sangre cuidan así. Llévalo a una residencia antes de que queme la casa.

Lucía no lo hizo. Hasta que dejó de controlar sus necesidades y el piso apestó. Entonces empezó los trámites. La noche antes de llevarlo, no durmió. Por la mañana, lo encontró muerto.

Otra vez, la culpa. ¿Y si por querer deshacerse de él, lo había matado?

Tras el funeral, quedó sola. Hasta que una semana después, llamaron a la puerta. Un hombre de unos treinta y cinco años, con un aire familiar, estaba allí.

—Hola… ¿Tú quién eres? —preguntó él.

—Lucía. ¿Y usted?

—Vine a ver a mi padre. ¿Francisco Martín vive aquí?

—Sí… No… Murió hace diez días.

—¿Entonces eres mi hermana? Vaya, el viejo perdió el gusto. Antes le gustaban guapas.

—No soy su hija ni tu hermana…

El hombre entró, mirando todo con avidez.

—Poco queda. Si mi padre murió, esta casa es mía en parte o del todo.

—¡Es mi casa! —protestó Lucía.

—Tu madre ya no está. La casa está a nombre de mi padre. Soy su heredero.Lucía cerró los ojos, respiró hondo y, por primera vez en su vida, supo que aunque el mundo a veces fuera injusto, ella había aprendido a ser fuerte, a encontrar luz incluso en los momentos más oscuros, y que al final, como su nombre decía, siempre llevaría consigo esa luz que nadie podría apagar.

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