Hace poco me crucé de nuevo con mi amiga Lucía, quien me abrió su corazón y me contó su trayectoria vital. Su optimismo y naturalidad me hicieron confiar plenamente en ella desde el primer momento. Su vida ha estado llena de altibajos, de giros inesperados y momentos intensos. Lucía es madre de cuatro hijos de 22, 15 (unos mellizos) y 5 años, y lo singular es que cada uno proviene de una relación distinta, siendo fruto de tres matrimonios diferentes.
Su primer matrimonio terminó porque su esposo tenía un grave problema con el alcohol y jamás llegó a demostrar voluntad de superarlo. Su segundo marido, por otro lado, vivía tanto de ella como de la madre de Lucía, y acabaron separándose cuando Lucía tenía 33 años. Por esa época trabajaba en un call center de una gran empresa en Madrid, y la vida era un auténtico torbellino.
Con el paso del tiempo, su primer marido decidió tratarse y, aunque nunca hubo reconciliación, sí consiguieron que él pudiera ver a su hijo y colaborara económicamente con Lucía. Por desgracia, el segundo esposo desapareció de la vida de los mellizos sin volver a mostrar el menor interés. Tras esas relaciones, Lucía tuvo encuentros con otros hombres, pero nunca llegó a nada serio. Fue en las redes sociales donde conoció al que sería su tercer marido.
En unas vacaciones navideñas, Lucía tenía planeado ir a la costa de Málaga, que curiosamente era la ciudad natal de un hombre con el que llevaba un tiempo hablando por internet. Al fin se conocieron y disfrutaron de un romance intenso, pasando noches inolvidables a orillas del mar. Más adelante, ella decidió mudarse allí, y los mellizos empezaron el colegio en esa ciudad. Sin embargo, la relación no prosperó y él confesó que ni la mudanza ni el matrimonio eran lo suyo, así que se separaron. Lucía, enamorada de la ciudad, decidió quedarse. Su hijo mayor optó por vivir con su padre, y ella respetó esa decisión.
Para entretenerse y conocer gente nueva, Lucía se registró en una web de citas y conoció a varios hombres, pero su intención no era tener una relación seria, sino disfrutar de la vida y sus momentos. Hasta que apareció Javier, un hombre un año menor que ella y que nunca había salido de su Sevilla natal. Conectaron desde el primer instante; diez meses después se casaron. Javier no tenía hijos y pronto Lucía dio a luz a su hija pequeña. Ahora viven juntos en una casita con huerto y animales, llevando una vida tranquila y labrando su pequeño sueño juntos. Es curioso cómo sus deseos y planes vitales coincidieron sin apenas hablarlo antes: sencillamente, encajaron.
Después de escuchar la historia de Lucía, comprendí que jamás debemos rendirnos. Es imprescindible cuidar de uno mismo y cultivar nuestro amor propio. Antes que buscar desesperadamente a alguien o tropezar una y otra vez en relaciones insanas, debemos valorar la vida y no dejar que la tristeza se instale a largo plazo en nuestra alma. Los hijos nunca son un impedimento, porque siempre hay quien te acepta y te quiere tal y como eres, pase lo que pase. Amarse y apreciar la vida es la lección con la que me quedo hoy.






