Cometí un error y, por casualidad, me topé con mi destino.

Desde pequeña tuve problemas de vista, así que siempre llevaba gafas. Con el tiempo, empecé a usar lentillas, pero había ocasiones en las que salía a pasear con mi perro sin ellas, o iba al supermercado y me olvidaba las gafas en casa. Eso fue exactamente lo que ocurrió aquella noche memorable. Salí corriendo al supermercado, bajé las escaleras desde el quinto piso en mi edificio no hay ascensor y entonces me di cuenta de que me había dejado las gafas. Volver a por ellas me daba una pereza tremenda, así que seguí adelante sin ellas.

Estaba delante de la estantería de las conservas de pescado, agobiando al dependiente con preguntas sobre qué tipo de pescado era cada lata y en qué salsa venía, pero como el chico se puso a atender a otra persona, me giré hacia una chica que tenía cerca. La observé durante un instante y algo en ella me resultó familiar. Llevaba un moño muy gracioso, un recogido despeinado que parecía tener cuernos, una bufanda grande y roja, y un abrigo negro y largo…

¿Podrías decirme cuál es el estuche de caballa en salsa de tomate? le pregunté.

Íbamos en cursos diferentes en el instituto, pero la recordaba bien porque tenía un estilo muy peculiar y los profesores la regañaban a menudo por llevar las uñas pintadas de colores llamativos.

Esta caballa te va a encantar me respondió con una formalidad divertida. ¿Te ayudo con algo más?

Perdona, me he dejado las gafas en casa y no veo nada.

Recorrimos juntos los pasillos del supermercado mientras le recordaba anécdotas de algunos profesores; a veces asentía y se reía de mis historias. Al terminar, le propuse sentarnos un rato fuera a respirar el aire frío del otoño o tomar un café y seguir charlando. Me contó que trabajaba en una clínica veterinaria y me sorprendió mucho su elección profesional. Intercambiamos números mientras hablábamos de quedar algún otro día.

Al llegar a casa y ponerme las gafas, leí el mensaje que me había enviado cinco minutos después de despedirnos.

“Perdona por haberte mentido. No fui tu compañera de clase. Yo iba a la clase A, pero en otro instituto. Pero, si no te importa, podríamos tomar ese café cuando quieras. Invito yo.”

No rechacé la invitación. Volvimos a vernos y no podía dejar de mirarla, era verdaderamente guapa. Mucho más encantadora de lo que recordaba.

Empezamos a salir y ahora quedamos a menudo. Ella me vacila de vez en cuando preguntándome si de verdad tengo mala vista o si solo quería ligar, pero sé que lo dice en broma. Fue una jugada del destino.

A veces, lo que parece una torpeza termina abriéndonos puertas a nuevas amistades o incluso al amor. Por eso, no hay que temer a los pequeños errores; a veces son ellos quienes nos conducen a lo mejor de la vida.

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