¡Así no se puede vivir! ¡No es justo! gritó Roberto mientras corría hacia la habitación de su padre.
¿Pero qué estás diciendo? ¿Por qué piensas eso? ¿Quién te lo ha metido en la cabeza? respondió su padre, con tono preocupado.
El orientador de mi colegio.
Anda, sigue, cuéntame más, no te quedes ahí.
Te lo voy a enseñar. Yo me voy a la cama y tú finges que me despiertas.
¿Y eso por qué? preguntó su padre, frunciendo el ceño.
Ya lo entenderás, ¡confía en mí! insistió Roberto.
Vale, vale Roberto, despierta. Hay que ir al colegio, deja de dormir.
¡¿Ves?! ¡Oigo lo mismo cada mañana! Los padres deberían despertar a sus hijos con cariño, para que sientan su amor. ¡Y deberían sonreír!
Deja que tu madre se encargue de hacerte sonreír, que yo no tengo tiempo para tonterías.
¿Es que no me quieres? preguntó Roberto con ojos grandes y brillantes.
¿Pero qué disparate es ese? exclamó el padre, ya empezando a enfadarse.
No es ninguna tontería. Si no quieres que te trate mal cuando seas viejo, tienes que mostrar tus sentimientos. ¡Intenta despertarme otra vez!
Pues venga Niñato, levántate. Vas a llegar tarde al colegio.
¡Tengo sueño! gimió el niño, metiéndose aún más en la cama.
Cariño, despierta dijo su padre esta vez, acariciándole el pelo y besándole la frente.
¡Eso sí! ¡Ahora sí he sentido tu amor! gritó Roberto, levantándose de un salto.
Se acabó el jueguecito. A ver esas notas dijo el padre, ya medio sonriendo.
Ahora no, papá, que no te da tiempo. ¡Vas a llegar tarde al trabajo!
Da igual. A ver, ¡qué bonito un 5! Tanto en lengua como en matemáticas
Pero en psicología saqué un 10.
¿Pretendes ser psicólogo, hijo? Mira, mi campeón, hasta que mejores esas notas, se acabó el móvil. Siéntate aquí y estudia hasta que vuelva tu madre.
Roberto se echó a llorar, mientras su padre intentaba quitarle hierro al asunto:
Dijiste que quería una sonrisa, ¡pues sonríe, hombre!







