Hermanas

Las Hermanas
En una de las estancias de un enorme piso compartido en Madrid vivían dos ancianas bastante amargadas. Eran hermanas de sangre, y si no fuera por la diferencia de edad entre ellas, cualquiera podría imaginar que eran mellizas. Ambas muy flacas, de aspecto huesudo, con los labios finos siempre apretados y el cabello recogido en un moño apretado. Vestían idénticos trajes grises y apagados. En todo el piso, nadie las quería: más bien, todos las temían o las despreciaban.
A los jóvenes les caían fatal porque siempre reprochaban todo y nunca estaban contentas. Por la música alta, las fiestas, por llegar tarde a casa… cualquier excusa era buena para una reprimenda.
Los niños las respetaban menos aún, pues las señoras nunca dudaban en quejarse a los padres por cualquier tontería: una luz encendida en el baño, papeles tirados en el portal, cualquier pequeña travesura. Encarnaban el arquetipo de la vecina gruñona.
La dulce y bonachona Encarnación, en cambio, las despreciaba por todo: por su educación universitaria que ella no tenía, por no haber formado una familia ni tener hijos, por esa forma tan desagradable de ir siempre corrigiendo a alguien.
Encarnación, por ejemplo, jamás se metía en líos ni iba con quejas a nadie, y si los chicos hacían trastadas o los mayores volvían a casa de madrugada le daba igual. Pero a aquellas dos todo les parecía asunto suyo. Eran, en resumen, unas auténticas brujas.
Los niños del piso adoraban a Encarnación, porque nunca los chivaba, hicieran lo que hicieran; se limitaba a regalar una sonrisa pilla, un guiño y silencio total.
Y niños había muchos en aquella casa; el bullicio era constante.
A menudo, Avelina Martínez, la mayor de las hermanas, salía al pasillo con los labios apretados regañando:
¡Pero no podéis armar este jaleo! ¿No veis que alguien puede estar descansando ahora? Don Emilio acaba de salir de la noche, y quizá a alguien le apetezca escribir… ¡como Valentina, mi hermana! decía señalando la puerta donde la otra hermana, en efecto, se pasaba las horas escribiendo su libro.
Toda la casa se reía de ella. Encarnación, por supuesto, la primera.
Valen, ¿para cuándo acabas ese libro? ¡Que llevo años esperando! Tengo unas ganas de leerlo… bromeaba la anciana, y el resto soltaba grandes carcajadas.
Valentina apretaba todavía más los labios y nunca respondía, pero después, al entrar en su cuarto, rompía a llorar en el hombro de su hermana.
Avelina, ¿por qué les cuentas lo del libro? ¡Bastante tienen con reírse de nosotras!
Que se rían, mujer la consolaba Avelina. No lo hacen de maldad. Son nuestros vecinos, casi familia. No te ofendas, y no llores más.
En 1936 estalló la Guerra Civil, y en noviembre comenzó el asedio de Madrid. El hambre no llegó de inmediato, y al principio todavía hacía calor.
Las costumbres cambiaron en el edificio. Se habituaron a las cartillas de racionamiento, a los cuartos a media capacidad, a los avisos de defunción, al aullido de las sirenas, al no oler nada en la cocina, a los rostros pálidos y demacrados, al silencio.
Ya no cantaba la juventud ni los niños correteaban jugando al escondite. Reinaba el silencio, mucho más doloroso que el estruendo de antes de la guerra.
Avelina y Valentina se quedaron más huesudas aún, pero seguían con sus trajes grises, colgando sobre sus cuerpos como en perchas, y continuaban vigilando el orden, aunque ahora era otro tipo de control.
Encarnación sólo salía de su habitación por necesidad, y un día desapareció. Salió y nunca más regresó. Avelina y Valentina la buscaron varios días, pero en vano. Encarnación se esfumó, como si jamás hubiese existido.
En la primavera del 37 llegó la primera muerte en la casa. Murió la madre de Toñín, un niño sin más familia. Se quedó solo.
Todos sentían pena por el niño, pero pronto la vida continuó y se olvidaron de él.
Las hermanas, en cambio, no se olvidaron. Lo acogieron bajo su cuidado: le daban algo de comer, vigilaban por él. Sólo tenía once años en octubre. Luego le tocó el mismo destino a los hermanos Manolo y Eugenio; su padre en el frente, sin noticias. Y también ellos quedaron bajo el ala de las estrictas Avelina y Valentina.
Terminaron haciéndose cargo de todos los niños del piso, que no eran pocos.
Las dos hermanas, por turnos, cocinaban una vez al día una sopa, removiendo y hechizando el guiso durante largo tiempo, echando no se sabía bien qué cosas. Nadie supo nunca de dónde sacaban ingredientes, porque no quedaba nada, pero la sopa era deliciosa. Todos los niños comían esa sopa. Puntual, todos los días.
La bautizaron como desastrillo.
Abuela Avelina, ¿por qué se llama desastrillo? Así le decías a Javi, ¿verdad? preguntaba Toño intrigado por el extraño nombre.
Avelina, al oír el nombre de Javier, a quien ya hacía medio año que habían perdido, se le escapó una lágrima pero, para el niño, contestó:
Antonio, porque la sopa la hacemos a lo desastrillo. Por eso se llama así y no de otra forma.
¿A lo desastrillo cómo es eso? no entendía el niño.
¿No lo pillas? ¿Quién echa de todo en la sopa: mijo, cebada, cualquier cosa? ¡Hasta le ponemos un poco de engrudo, y si tenemos suerte unas cucharaditas de carne en conserva! Avelina le pasó la mano por la cabeza, sacó de un bolsillo un diminuto trozo de azúcar, rompió un pedacito y se lo metió a Toñín directamente en la boca para que no se perdiera ni una mota.
Anda, Toño, ve a ver si abuela Valentina ya ha preparado el engrudo, que pronto le toca a la sopa.
Al final, terminaron llevándose a todos los huérfanos a vivir con ellas a su habitación. Así dormían juntos, entraba en calor el cuartito, y los niños tenían menos miedo.
Todos juntos, Valentina les contaba cada noche un cuento, de los que había inventado para su libro, aquel que al final sirvió de leña para la estufa. No importaba: cada historia la sabía de memoria, e incluso iba inventando otras nuevas. Hasta tal punto que los niños no se podían dormir sin su cuento favorito:
Abuela Valentina, ¿hoy toca el de la Bella de las Montañas de Nieve?
Claro, hijo, que lo cuento y Valentina empezaba su relato.
Por supuesto, cada uno tenía su tarea: Avelina controlaba que todos ayudaran y fueran responsables. Toño mantenía el fuego, Manolo recogía leña, las niñas iban por agua, hacían la compra con las cartillas, ayudaban el guiso. Y cantaban. Eugenio era el que entonaba la canción; los demás, aunque no quisieran, acababan acompañando. Cada mañana entonaban melodías juntos.
Un día, Avelina trajo una niña moribunda de la calle. Casi se la lleva la muerte, pero la salvaron. Otra vez, Valentina rescató a un chico. Y así, poco a poco, llegaron a ser doce niños en la habitación de las hermanas cuando terminó el asedio.
Y todos sobrevivieron. ¿Cómo? Pues será milagro, supongo.
La sopa desastrillo siguió cocinándose después de la guerra. Los chicos crecieron y cada uno tomó su propio camino. Sin embargo, jamás olvidaron a abuela Avelina y abuela Valentina, que siguieron viviendo allí. Los visitaban a menudo y les ayudaban, y ambas llegaron a casi cien años. Llegaron a publicar el libro de cuentos de Valentina, que luego escribió todavía muchos más, dedicados a sus nietos adoptados. Lo tituló Mi querida corrala.
Una vez al año, el 1 de abril, en el aniversario del fin de la guerra, todos se reunían en casa de Avelina y Valentina mientras estuvieron vivas. Poco a poco, la familia se fue agrandando con nietos y bisnietos.
¿Adivinas cuál era el plato principal que jamás faltaba? Exacto: la sopa desastrillo.
Nada sabía mejor que aquella sopa de la guerra, aliñada con bondad y fortaleza, que tanto ayudó a salvar la vida de aquellos niños.

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