MADRE
El embarazo de Rosario unió a todas las cotillas del pueblo en un solo chismorreo:
¡Sin vergüenza ni decoro! Con la barriga que ya ni la puede ocultar y va por ahí sonriendo como si nada. Yo no tendría cara de mirar a la gente, sentenciaba la abuela Mercedes, masticando meticulosamente una pipas.
¡Estamos en tiempos de pura desvergüenza! filosofaba doña Catalina Jiménez.
¿Pero de quién está esperando la criatura? preguntó con sorna la tía Juana mientras escupía otra cáscara de pipa.
Se sabe de quién. ¿No os acordáis cuando vinieron de la capital aquellos albañiles a restaurar la iglesia? Entre ellos iba un arquitecto con mucho encanto, moreno él y resultón para qué negarlo. Rosario se lió con él. ¡Y resultó estar casado el muy sinvergüenza! Se largó y hasta luego, Lucas Mercedes remataba el drama agitando la mano al aire.
¡En estos casos hay que exigirle el carnet de identidad primero! declaró Juana, muy orgullosa.
¡Venga ya, comadres! ¡Menos cacareo! interrumpió de pronto el abuelo Pedro.
¡Cacarean las gallinas! Nosotras simplemente mantenemos conversaciones civilizadas replicó Catalina, ajustándose las gafas.
Civilizadas tus narices. Que mientras tú aquí debatiendo la vida de los demás, tu gallina anda picoteando el huerto acusó Pedro, señalando el prado de la interpelada.
¡Mira que es demonio de animal! ¡La voy a atar a la pata de la mesa, ya verás! y Catalina salió lanzada como si persiguiera el último tren.
No todas estaban para juzgar a Rosario; algunas la compadecían, otras creían que, al final, todo se arreglaría.
Hija, tienes treinta. No hay marido, ni pinta de que lo vaya a haber. Así que tenlo, aunque sea por tener a quién dejarle los pendientesle daba su bendición el padre.
Y lo sacaremos adelante, hombre. No estamos en guerra precisamente corroboraba la madre en la cocina.
Así nació Pepe, con el estigma del cotilleo encima. Iba sin apellidos paternos ni historias oficiales: hijo solo de su madre y del abuelo, a quien puso de segundo nombre. En la casilla de padre del registro, un guion gélido, como herida abierta de identidad.
Pepe tenía once años cuando falleció la abuela. El abuelo no aguantó mucho en esta vida sin su Merche, y al año siguiente, les siguió.
El niño nunca fue especialmente cariñoso ni hablador, y tras esas ausencias terminó por cerrarse más. Su madre, viendo la pena en sus ojos, hubiese hecho un pacto con el mismísimo diablo para quitarle el dolor: Señor, que las penas me toquen a mí, pero a mi hijo déjamelo vivir tranquilo”, rezaba entre suspiros.
El abuelo Pedro no sólo le había hecho de padre a Pepe, también fue su mejor amigo. Rosario nunca le vio ni una pizca de parecido al arquitecto huidizo, salvo tal vez aquel don para crear cosas con sus manos. A las vecinas les fabricaba castillos para muñecas con cajas viejas; con el abuelo levantó un gallinero y hasta un cobertizo.
¡Que este niño tiene algo especial para la arquitectura! ¡Eso es un don, lo sabe hasta el Papa! proclamaba Pedro, alzando el dedo índice.
Por dentro, Rosario sentía a veces culpa, convencida de que la soledad del chaval era por crecer sin padre, y por eso, pensaba, él no terminaba de quererla.
Ay, hijo míointentaba abrazarle.
Mamá, anda, no empieces. Ya está bien se zafaba Pepe, incómodo.
El cole no era lo suyo. A duras penas aprobaba gimnasia y plástica. El resto de las asignaturas, ni hablar.
No sé qué va a ser de él, Rosario Pedro, de verdad. No estudia nada, ¿qué universidad le va a coger así? El otro día, en la redacción sobre Mi libro favorito, ¡me escribe una lista de chistes! Mire usted la profe le señalaba la libreta, entre indignada y resignada.
Bueno, que haga la mili, y ya veremos. Aquí en el pueblo, manos nunca sobran le defendía Rosario.
Pepe nunca fue castigado severamente. Su madre sólo le repetía: Hijo, sea lo que sea, siempre sé persona. Ante todo, sé buen tío en la vida. Le amaba porque sí, no porque se lo ganara. ¿Acaso podía ser de otro modo?
Cuando llamaron a Pepe para hacer el servicio militar, se despidió de todo el pueblo. Dos días de fiesta, con más cerveza que lágrimas.
¡A servir, pero con honores, que vuelvas como un héroe! vociferaba el abuelo Pedro, ya medio trompa, alzando el puño.
Delante de la oficina de reclutamiento, Rosario rompió a llorar:
Hijo, perdóname, vida mía.
Cuídate, mamá, y escríbeme aunque sea cualquier tontería; de la vaca, del perro, de los cotilleos Pero escríbeme la abrazó tan fuerte como si fuera la última vez.
Y Rosario cumplió. Le mandaba cartas con chismes del pueblo, historias de cómo la vaca se había escapado, de lo solitario que estaba todo sin él y de lo que ansiaba darle un abrazo. Siempre ponía algún consejo al final: Recuerda, nunca dejes de ser buena persona, hijo.
Por las cartas de Pepe, Rosario supo de sus compañeros de cuartel, del ambiente militar y de su gran amigo, Vicente: Mamá, es como un hermano para mí.
En otra carta, Pepe rememoraba cómo, de pequeñajo, le dijo a su madre: ¡Tienes las manos ásperas! y ella, entre risas: Pues normales, hijo todo el día en la huerta y con los animales. ¿Qué quieres, que sean de seda? Luego, confesaba: Mamá, daría lo que fuera por sentir esas manos tuyas, aunque me raspen la cara. Ojalá darte un abrazo.
Esa fue la última carta.
La noticia de la muerte heroica de Pepe cruzó la puerta de Rosario como una golondrina negra. Herido, Pepe Pedro Sánchez, rodeado de enemigos, se ató los explosivos y se lanzó entre ellos, sacrificándose para salvar a sus compañeros, relataba el periódico, rematando: Premio al valor, concedido a título póstumo.
Ay, Rosarito, lo que estás viviendo, hija mía decían las vecinas, solidarizándose.
Ella aceptaba los pésames con la misma entereza con la que aceptó la maternidad solitaria, o la pérdida de sus padres. Nunca una queja, jamás un escándalo. Solo secaba las lágrimas y apretaba los labios. Envejeció de golpe.
Nunca abrió el féretro; nunca vio a su hijo muerto ni pudo abrazarlo una última vez. Y a veces, en su soledad, fantaseaba con que todo era una confusión. Imaginaba a su hijo cruzando la cancela, como si nada.
¡Pepito, hijo! gritó un día, sobresaltando hasta a las palomas.
¿Usted es Rosario Pedro? Perdone que venga tan tarde. No soy Pepe, soy Vicente, el amigo del cuartel. Él le hablaba mucho de mí dijo el joven, toqueteando la gorra nervioso.
Ay, perdone usted, hijo, qué susto, de noche y con esa estampa de soldadito, no se distingue. Pase, no se quede en la puerta. No tengo más que pisto para cenar, espero que le guste
Por favor, Rosario, hábleme de tú. Soy como un hijo más replicó el muchacho, tierno.
A Rosario le llenó de alegría la visita. Charlas hasta la madrugada, risas y lágrimas evocando a Pepe.
Una vez, Pepe se quedó frito de tal manera que nuestro perro Rufián le lamía la cara y él en sueños decía: Mamá, mamita” Todos muertos de risa. Luego confesó que extrañaba tus buenas noches y tus besos, aunque sólo fueran a escondidas contaba Vicente.
¡Anda! Pero si nunca se dejaba abrazar, ese era un erizo. Cuando dormía, sí que me desquitaba, le besaba y acariciaba cuanto podía reía Rosario.
Presumía siempre de ti. Te quería muchísimo.
Abrieron un álbum de fotos.
Mira, su primer baño. Tenía patas de araña. Aquí, sus primeros pasos Y aquí, ya con el abuelo, cortando leña. Ahora estarán juntos, seguro. Le quería una barbaridad.
Por los relatos de Vicente, Rosario confirmó que su hijo fue un valiente, siempre justo.
Nuestro capitán nos animaba diciendo que pronto vendrían refuerzos. Pero cuando no quedaba casi nadie, perdimos la esperanza. Yo me quedé malherido y los enemigos remataban a los supervivientes así que algunos compañeros, al ver que no había salida, se lanzaron con las granadas, como tu Pepe y Vicente, incapaz de seguir, se tapó el rostro y se hundió en un llanto silencioso.
Él me decía en las cartas que eran simples maniobras, me quería evitar disgustos susurró Rosario.
Vicente se quedó algunos días, arregló la cerca, reparó el tejado. Pero debía marcharse:
¿Te puedo escribir?
Por supuesto, hijo, aquí te espero sonrió Rosario. No quería verle marchar, pero también allá afuera alguien le necesitaría.
Verás yo soy de orfanato, Rosario, no tengo familia ni a dónde ir. Me daba vergüenza decirlo confesó Vicente.
¡Tonto! ¿Y a dónde quieres irte ahora?
Bueno, si usted no tiene inconveniente
Mira, haz lo que quieras, pero para mí eres de la familia; si alguna vez te quieres ir, no te frenaré, pero esta casa siempre estará abierta para ti. Ya te tengo como un hijo.
Las lenguas volvieron a afilarse: que Rosario no había tardado nada en buscar reemplazo, que se había traído a un desconocido… Pero otras seguían creyendo que acabaría todo bien.
El herrero del pueblo tomó a Vicente como aprendiz y pronto le salió un artista del yunque y el martillo. Después, Vicente trajo a casa a una joven alegre y simpática, Inmaculada, con quien se casó y que Rosario llegó a querer como a una hija. Los quería a los dos como solo se puede querer de verdad. Solo pidió que, si algún día tenían un niño, lo llamaran Pepe. Pero la cigüeña trajo dos chicas: una al año y otra al año y medio.
Rosario Pedro va por la vida ya como una marquesa: hijo apañado yerno, casa nueva y hasta coche. Y la nuera, de lujo.
Solo Vicente oía por las noches el llanto de Rosario.
Llegó a vivir hasta muy vieja. Sus últimos días la cuidaron entre Vicente e Inmaculada con amor, atendiéndola mejor que muchas hijas a sus madres. Vicente no rehuyó las tareas más ingratas, ni lavar sábanas ni cambiar el orinal.
En su último suspiro, Rosario alzó las manos marchitas como para abrazar a alguien: Pepe susurró antes de morir. Fue llorada por nietas y nuera, y solo Vicente sonrió entre lágrimas.
¿Estás tonto? ¿De qué te ríes si acaba de morir tu madre postiza? le reprochó su mujer.
Ahora ya está con su hijo. Ya no sufrirá más, están juntos, por fin suspiró Vicente. Todo lo cura el tiempo, menos el dolor de perder a un hijo. Ese es eterno.
Amar hasta el final, contra viento y marea: solo una madre puede hacer eso.






