Diario de Antonio, 14 de mayo.
Nunca he entendido por qué la vida amorosa de mi prima Leonor ha sido tan complicada. Con treinta años aún no había encontrado marido y sentía que el tiempo se le escapaba de las manos. Imagino que nuestras familias, tan dadas a hablar de bodas y bautizos, hacían que se sintiera más a la sombra de las expectativas que tenía de sí misma.
No es que Leonor fuese una belleza de portada, pero siempre fue guapa a su manera, con ese aire dulce y la sonrisa cálida que tantas veces vi iluminar los domingos en la mesa familiar. Quizá algo rellenita, aunque eso aquí en Castilla la Vieja solo suma para quienes aprecian la buena comida y la vida tranquila.
Acabó liándose con Gonzalo, un tipo culto, simpático y, por desgracia, casado. Al principio ella no lo sabía, pero fue él quien una tarde, ya viendo que Leonor le cogía cariño de verdad, se atrevió a confesarlo. Leonor no le echó nada en cara; bastante tenía ella con reprocharse cada noche ese romance imposible. No quería quedarse como “la otra”, ni tampoco podía dejar a Gonzalo del todo. Y el miedo a acabar sola en fin, todos sabemos cómo cala eso en los huesos con los años.
Un día, volviendo de trabajar en el instituto, recibí la llamada de mi prima. Mi tren hacía parada en Burgos y aproveché para pasarme por su casa, que hacía siglos que no nos veíamos. Charlamos sobre la vida de esas conversaciones largas, entre bocados de tortilla y una botella de Ribera y al final me contó, llorando, lo suyo con Gonzalo.
Mientras Leonor subía un momento al piso de su vecina que la llamó para enseñar un vestido que se había comprado en el Corte Inglés, aprovecharon para tocar el timbre. Yo, pensando que era mi prima la que volvía, fui a abrir. En el rellano me encontré con Gonzalo, hecho un flan al verme allí, grandote, en chándal y con un bocata de jamón en la mano.
¿Está Leonor? preguntó el hombre, nervioso.
Justo se está duchando le respondí sin vacilar.
¿Y usted es…?
El marido. De hecho, pareja de hecho, que aquí las bodas ya no se llevan mucho. ¿A qué viene tanto interés? me puse serio y le agarré del pecho. ¿No serás tú el casado del que me ha hablado Leonor? Mira, una vez más que te vea por aquí y no respondo.
Gonzalo, blanco y trémulo, no tardó en bajar corriendo por las escaleras.
Cuando Leonor regresó, se enteró de la “visita” y se descompuso.
¿Qué has hecho? Ahora no volverá nunca…
Le tembló la voz y se tapó el rostro con las manos, ahogada en llantos.
Y mejor que no vuelva le dije. ¡Ya está bien, prima! Además, tengo a alguien perfecto para ti: un viudo del pueblo de mis suegros, en la sierra de Segovia. Trabajador, honrado, con una hija pequeña y, créeme, cotizado entre las vecinas. Pero quiere estar tranquilo. Te vienes, te lo presento en el cumpleaños de mi mujer María. Luego decides.
No sé, Antonio… qué vergüenza me respondió Leonor, asustada. Conocer así a cualquiera…
Mujer, vergüenza es estar metida en líos con un casado. Conoce primero a alguien decente. Nadie te obliga a nada. Además, mi María hace una merienda para su cumple. Vente por nosotros y celebramos.
Así fue como unos días después nos plantamos en el pueblo. María organizó una gran mesa en la terraza con tortilla, queso, embutido y vino. Allí estaba él, Javier el viudo, con mirada amable y gesto tranquilo. Los vecinos ya conocían a mi prima, pero Javier la veía por primera vez.
La jornada transcurrió entre risas y anécdotas del pueblo. Leonor parecía relajada; a Javier se le notaba aún dolido por lo de su esposa, callado y comedido.
Pasó una semana y, una tarde, llamaron al timbre de Leonor en Burgos. Al abrir, se encontró con Javier, bolsa en mano.
Bueno, venía al mercado y pensé en saludarte Ya que ahora nos conocemos balbuceó medio azorado.
Leonor le invitó a pasar. Hablaron de los precios de la fruta, del tiempo, cosas sencillas. Javier, torpe y nervioso, al marcharse le dio un pequeño ramo de tulipanes que traía en la bolsa.
Llevo toda la semana pensando en ti. He dejado a mi hija con la abuela solo para pasarme a verte. ¿Te importa si hablamos de tú? No soy ningún premio, pero mi niña tiene ocho años y es mi alegría.
Leonor, enternecida, le respondió:
Me encantaría conocer a tu hija. Siempre soñé con tener una.
Javier, animado, le cogió las manos y la besó. Ella, entre lágrimas, le susurró que no esperaba sentirse tan bien, tan tranquila, ahora que ya no le quitaba nada a nadie.
Y así, entre visitas, meriendas y paseos por el campo, se enamoraron. Dos meses después se casaron y Leonor se mudó al pueblo. Encontró trabajo en una guardería y al año nació su hija. Las dos niñas crecieron como hermanas, queridas y arropadas por el hogar que estos dos formaron, donde el cariño nunca faltó y la ilusión por el futuro era tan intensa como el tempranillo en su punto.
Ahora, siempre que nos reunimos, suelo bromear con Leonor alzando mi copa:
¿Ves qué marido te busqué? Estás cada día más guapa. Hazme caso, que tu primo solo quiere lo mejor para ti.
De todo esto he aprendido que a veces, para encontrar la paz y la felicidad, hay que atreverse a cerrar viejas puertas y buscar compañía en lugares donde nunca miraste antes. Al final, la vida premia el coraje de cambiar y la humildad de empezar de nuevo.






