A mi hijo no le importa que, si le cedo el piso, yo me quedaré sin recursos para vivir.

Dicen que somos responsables de todo lo que ocurre en nuestra vida, que la culpa es nuestra. Según la elección que tomemos un día, así será nuestro destino.

En mi vida, tomé una decisión equivocada cuando decidí unir mi suerte a la de un hombre que jamás mostró seriedad. En mi juventud, estaba tan enamorada de Fernando, que aunque todos sabían que era un mujeriego, estaba convencida de que cambiaría por mí. Quise soñar, quise creer. Pero la realidad es que las personas no suelen cambiar. Y así, ni siquiera tras el nacimiento de nuestro hijo, Fernando dejó sus andanzas.

Cada mes, llegaban a mis oídos más historias de sus infidelidades. Me lo contaban los vecinos, las amigas, incluso mis propias hermanas. Sentía una vergüenza y humillación constante. Aguanté así cinco largos años, hasta que mi dignidad no aguantó más y pedí el divorcio. Si algo bueno tuvo aquel final fue que Fernando no fue avaricioso: me cedió su piso con la condición de que no reclamase pensión alimenticia alguna. Pero ni mi hijo ni yo quisimos vivir en aquel lugar, así que lo alquilé y me fui a casa de mi madre, que necesitaba cuidados. Así continuó mi vida.

El dinero del alquiler lo gastaba en mi hijo: en su ropa, en el colegio, en excursiones, en juguetes. Sólo quería regalarle una infancia digna y decente. Con lo poco que ganaba, pagaba también la luz, el agua y las medicinas de mi madre, que llevaba años postrada en una cama por culpa de la enfermedad. Siempre creí que mi hijo valoraba cuánto hice por él. Ahora tengo 57 años, vivo con diabetes, necesito inyecciones de insulina continuamente y lucho por seguir adelante cada día.

Por mi enfermedad ya no puedo trabajar en ningún sitio, y ¿quién me va a contratar ahora? Jamás cotizé lo suficiente para mi jubilación, siempre salté de un empleo a otro, la mayoría en negro intentando sacar lo máximo posible. En resumen, sobrevivo con la renta que me da aquel piso. Mi hijo, con 31 años, decidió hace poco casarse y me anunció que él y su esposa iban a instalarse en el apartamento.

Cuando le dije que sin ese dinero no tendría con qué vivir, él contestó que ese era mi problema. Ahora sí que estoy perdida, no sé ya qué camino tomar. No tengo ahorros, necesito medicinas constantemente, algo tendré que comer, hay que seguir pagando los recibos. ¿Qué hago? ¿Cómo puede mi propio hijo hacerme esto? ¿Por qué?

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