Kirill salió del Registro Civil y respiró hondo: ¡por fin! ¡Libre! Su, ahora exesposa, corriendo con sus tacones, se acercó al hombre que la esperaba y lo besó con ostentación, agitando el certificado de divorcio. Kirill sonrió con ironía. ¡A Allá siempre le gusta exhibirlo todo!

Javier sale del Registro Civil en pleno centro de Madrid y respira profundamente: ¡por fin! ¡Libre al fin! Su ahora exesposa, haciendo sonar sus tacones sobre el pavimento, se acerca corriendo al hombre que la esperaba y, demostrando a propósito su alegría, le planta un beso delante de todos mientras ondea el acta de divorcio en la mano. Javier sonríe con ironía; ¡lo de Laura siempre fue el teatro!

Laura dirige a Javier una mirada triunfal y, enlazada con su nuevo amor, se aleja sin volver la cabeza. Javier, divertido y aliviado, observa la Gran Vía preguntándose cómo celebrará su divorcio. Su atención la capta entonces una chica que sale por las mismas puertas del Registro. Está claro que está hecha polvo y hace esfuerzos por no romper a llorar.

Ella baja los escalones y observa a la pareja que se aleja. Las lágrimas brotan silenciosas de sus ojos. Javier, que ya iba hacia su coche, se detiene indeciso. Se insulta mentalmente, pero siente el impulso de acercarse y ofrecer ayuda.

¿Estás bien? ¿Quieres que te ayude en algo?
N-no… No hace falta responde la chica entre sollozos, pero Javier ya ha decidido no marcharse.
Me llamo Javier, ¿y tú? ella sigue en silencio. ¿Te has divorciado hoy? Nada. ¿Era tu esposo ese? pregunta Javier señalando a la pareja. Silencio sepulcral. Ese hombre estaba casado con mi exmujer le revela Javier. Entonces, la joven le mira con sus enormes ojos azules enrojecidos por el llanto. Javier siente que podría ahogarse en su profundidad.

Clara. Me llamo Clara corrige, intentando recomponerse. Así que tú también te has divorciado hoy.
Eso es responde Javier.
¿Y qué tal?
¿El qué?
¿Cómo te sientes?
Bien contesta Javier, sin entender a dónde va.
¿Por qué?
Bueno… lo veíamos venir desde hace tiempo. Hemos conseguido lo que deseábamos, los dos.
¿Ya no la quieres?
A punto estuvo Javier de decir que no es asunto suyo, pero la mirada de Clara, cargada de dolor y de esperanza, le derrota.
No, ya no la quiero responde finalmente. Las lágrimas vuelven a inundar los ojos de Clara.
¿Sabes qué? ¿Y si celebramos juntos nuestros divorcios? propone Javier, sorprendiéndose incluso a sí mismo.
¿Celebrar? Clara le mira atónita.
Claro, somos, digamos, compañeros de desgracia. ¡Hay que unirse!
Pero tú decías que ya no querías a tu mujer…
Ahora no. Pero un día sí la quise. Tú puedes hablarme de tu dolor presente y yo del pasado. Dicen que desahogarse con un desconocido es más fácil
Clara le dedica una larga mirada y, finalmente, suspira:
Vale. Vamos.
¡Perfecto! Conozco un bar por aquí cerca, ¿te apetece? Javier le ofrece el brazo con una sonrisa.
¿Entonces, tu mujer y mi marido se han ido juntos? pregunta Javier cuando ya están sentados en la barra.
Así parece responde Clara, girando distraída la copa entre las manos, para lanzarse enseguida. ¡Menudos sinvergüenzas!, ¿no?
No puedo estar más de acuerdo Javier asiente. En cuanto tuvimos problemas, Laura empezó a buscarme sustituto.
¡Y yo le quería tanto! Hubiese hecho cualquier cosa por él… Pero él destrozó mis sentimientos. No disimuló nada; era como si yo fuera invisible. Y cuando le dije que me iba a divorciar, se rio y dijo que nadie querría a una niña tonta como yo. Pero prefería quedarme sola a seguir humillada Clara ya balbucea, borracha.
¡Ahí tienes toda la razón! Javier la mira con admiración, también algo etílico. Eres muy guapa, Clara, y tienes un tipazo… Vas a tener pretendientes para elegir.
Sí, seguro… suspira ella con tristeza. ¿Crees que no me he visto en el espejo? Pero gracias.
¡No digas tonterías! Te han hecho daño y no ves lo atractiva que eres.
Javier, basta. Sé que quieres consolarme, pero, en serio, no hace falta
No intento consolarte, de verdad… Javier se exaspera de repente y, sin pensarlo, propone: ¿Y si nos casamos tú y yo?
¿Qué?
Sí. Un matrimonio de mentira, solo para que vean que no nos afecta. Y, cuando encontremos a alguien que nos interese, nos divorciamos. ¿Qué te parece?
Vale asiente Clara sin saber muy bien lo que responde.

Al día siguiente, Javier se presenta en el portal de Clara. Ella no puede creerlo: pensaba que era cosa de borrachos. Pero ahí está él, esperando a que se arregle. Firman discretamente en el propio Registro y, en menos de una semana, Clara se traslada a casa de Javier en Salamanca.

Para sorpresa de Clara, Javier resulta ser un hombre tranquilo y atento. Le deja su habitación, él duerme en el salón, respeta su intimidad y la ayuda con las tareas. Incluso le da algo de dinero cada semana para la compra.

Clara también lo intenta: cuida la casa, cocina, se ocupa de la ropa de Javier y procura ser una compañera agradable, sin hacer demasiadas preguntas. Desde fuera parecen la típica pareja madrileña ideal.

En las reuniones de amigos donde inevitablemente coinciden con sus ex fingen ser la pareja más enamorada del mundo, lo que pone furiosos a Laura y a Hugo.

¿Y a tu exmarido qué le faltaba? pregunta Javier de repente mientras ven la tele una tarde cualquiera. Clara, que está tejiendo, se desconcierta.
No sé… En otras circunstancias, yo te llevaría en volandas dice Javier bromeando.
Pues hazlo ahora responde ella en tono de risa.
¡Eso está hecho! y, de un salto, Javier la coge en brazos y la hace girar. Clara ríe como no lo hacía desde hace meses.
¡Javier, para! exclama entre risas. ¡Me vas a marear!
Él la deja suavemente en el suelo, pero, al intentar sentarse en el sofá, Clara tropieza y cae en sus brazos. Sin pensarlo, Javier la besa con pasión. Clara no se resiste: hacía tanto tiempo que no la besaban, que no se sentía con deseo. Pero cuando Javier le acaricia la cintura bajo la camiseta, ella se aparta.
Javier, lo entiendo Pero quizás no deberíamos usarnos para esto.
El silencio se prolonga hasta que él, al fin, responde:
Quizá tienes razón, Clara. Pero créeme, eres especial para mí. No haría nada por aprovecharme de ti, te respeto de verdad

Sin decir nada, Clara se encierra en su cuarto.

Pasa una semana evitando mirar a Javier, aunque él actúa con total naturalidad, como si el beso no hubiese existido. Pero Clara revive ese beso cada noche. Por primera vez, no se acuerda de su exmarido, ni piensa en cómo le irá con Laura. Toda su cabeza está ocupada por Javier.

Clara, ¿vamos al cine el sábado? le propone Javier cuando ella está fregando los platos.
¿Hoy?
Sí. Había pensado ir después de cenar.
Pensaba hacer unas croquetas tengo la masa preparada
Las dejamos para otro día. No nos faltará qué cenar.
Vale, voy a vestirme responde ella con una sonrisa tímida.

La película es romántica y todas las parejas a su alrededor están acarameladas. Clara se siente algo incómoda, pero desea, como nunca antes, que Javier vuelva a besarla. En un momento, como si le leyera la mente, él la rodea con el brazo y la besa tiernamente.

Luego cenan tranquilos en un restaurante cerca de Callao. Ríen, bailan, y charlan de todo un poco. Todo Madrid parece haberse apagado a su alrededor. De regreso a casa, se besan en el taxi y, al llegar, Javier la acaricia y ella asiente suavemente. Él la toma en brazos y la lleva directa al dormitorio.

Pasan seis meses. Clara vive en una especie de cuento, feliz y arropada por el amor y la atención de Javier. Su vida gira en torno a él y la reciprocidad es total. Flores, chocolates, detalles No pasa un solo día sin una sorpresa.

Pero conforme se acerca su aniversario, Clara nota a Javier pensativo, preocupado. ¿Habrá dejado de quererla? ¿Habrá encontrado a otra? ¿Habrá, por fin, una mujer que ocupe su corazón?

A esas dudas, se suma un síntoma inequívoco: las náuseas matutinas. Nerviosa, compra una prueba y lo confirma: está embarazada. ¿Qué hacer? Si le cuenta a Javier, él jamás la abandonará, pero puede que renuncie así a la mujer que realmente quiera. Clara decide guardar silencio y concentrarse en organizar la celebración.

Llega el día. Javier entra con un ramo de rosas rojas. Ella lo recibe y le lleva al salón, donde la mesa está dispuesta con vino de Rioja y croquetas recién hechas. Tras brindar, él se pone serio y le coge las manos.

“Ya está”, piensa Clara, preparándose para lo peor.

Clara… Llevaba tiempo dándole vueltas. Yo sé que empezamos esto de una forma poco convencional. Pero te soy sincero, lo que siento ahora es completamente diferente. Me he enamorado de ti. Eres la mujer con la que quiero envejecer. Javier se arrodilla ante ella con una cajita en la mano y un anillo dentro. Clara, ¿quieres casarte conmigo? ¡De verdad!

A Clara se le llenan los ojos de lágrimas.
¡Por supuesto! ¡No sabes cuánto lo he soñado!
Se abrazan y se besan largo rato.
Pero… ¿cómo voy a casarme otra vez si ya somos marido y mujer? repara de pronto Clara, riendo.
¡Pues nos vamos de viaje de novios, que nunca tuvimos luna de miel! responde Javier, lleno de ilusión. Y, por cierto, ¡hay que ponerse a practicar para tener niños!
Eso no va a hacer falta… le responde Clara, con una sonrisa traviesa.
¿Cómo? ¿De verdad? Javier la mira asombrado, y ella solo baja la mirada, feliz.

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Kirill salió del Registro Civil y respiró hondo: ¡por fin! ¡Libre! Su, ahora exesposa, corriendo con sus tacones, se acercó al hombre que la esperaba y lo besó con ostentación, agitando el certificado de divorcio. Kirill sonrió con ironía. ¡A Allá siempre le gusta exhibirlo todo!
Construí mi casa sobre el terreno de mi suegra. Mi marido falleció y ella decidió venderla para su hija. Llamé a la excavadora. Cuando conocí a mi marido, éramos jóvenes, enamorados y sin un duro. Nos casamos rápido, pese a las advertencias. El amor nos hacía creer que todo era posible. Su madre nos ofreció una parte de su terreno. —Construid aquí —nos dijo—. Hay sitio de sobra. Nos miramos con esperanza en los ojos. Era nuestra oportunidad. Empezamos a ahorrar cada céntimo. Él trabajaba en la obra de sol a sol, y yo limpiaba, cosía, hacía lo que podía. Los fines de semana los pasábamos juntos en la obra: ladrillo a ladrillo, nuestro hogar crecía. Recuerdo sus manos ajadas por el cemento y su sonrisa al final del día. —Será preciosa —me decía besándome la frente—. Aquí crecerán nuestros hijos. Tardamos tres años. Tres años de sacrificios, cuentas, noches en vela. Pero lo logramos. Pusimos un tejado caro, ventanas de aluminio, un baño de verdad con azulejos que elegí uno por uno. Incluso construyó una pequeña piscina en el jardín. —Para los niños, que se refresquen en verano —decía orgulloso. La casa no era lujosa, pero era nuestra. En cada pared había sudor, amor y sueños. Mi suegra venía a menudo. Tomábamos café en el patio y me decía lo feliz que estaba por nosotros. Su otra hija casi nunca venía. Cuando lo hacía, miraba la casa con una mezcla de envidia y desprecio. Luego llegó ese maldito martes. Mi marido salió temprano a trabajar, como siempre. Me abrazó en la puerta. —Nos vemos esta noche. Te quiero. Fueron sus últimas palabras. Dijeron que el accidente fue instantáneo. Una viga. No sufrió. Yo sí. Me sumí en un dolor tan profundo que a veces se me olvidaba respirar. Dos semanas después del entierro supe que estaba embarazada. Cuatro meses. Una niña. Nuestro sueño, sin él. Al principio, mi suegra venía cada día. Traía comida, me abrazaba. Pensé que al menos no estaba sola. Pero al mes todo cambió. Era domingo. Estaba en el salón acariciando mi vientre cuando oí su coche. Entraron sin llamar. Mi suegra no me miró a los ojos. —Tenemos que hablar —dijo. —¿Qué ocurre? —pregunté con el estómago encogido. —Mi hija está en una situación difícil. Se ha divorciado y necesita un sitio donde vivir. —Lo siento —dije sinceramente—. Si quiere quedarse aquí un tiempo… —No —me cortó—. Necesita esta casa. El mundo se detuvo. —¿Qué? —El terreno es mío —dijo tajante—. Siempre lo ha sido. Vosotros construisteis, pero el terreno es mío. Ahora… mi hijo ya no está. —Pero nosotros levantamos esto —me temblaba la voz—. Cada euro, cada ladrillo… —Es una pena lo sucedido —dijo su hija—. Pero legalmente la casa está en el terreno. Y el terreno es nuestro. —¡Estoy embarazada de su hijo! —grité. —Por eso mismo —dijo mi suegra—. No puedes sola. Te daremos algo por las mejoras. Me metieron un sobre en la mano. Dentro, una suma ridícula. Una burla. —Esto es una ofensa —dije—. No lo aceptaré. —Entonces te vas sin nada —respondió ella—. La decisión está tomada. Me quedé sola en la casa, esa que habíamos construido con amor. Lloré por mi marido, por nuestra hija, por la vida rota. Esa noche no dormí. Recorrí cada habitación, toqué las paredes. Y tomé una decisión. Si yo no puedo tener esta casa, no la tendrá nadie. Al día siguiente empecé a llamar. Desmontaron el tejado, las ventanas, la piscina, las tuberías, los cables. Todo lo que habíamos pagado. —¿Está segura? —preguntó uno de los obreros. —Completamente —contesté. Mi suegra vino furiosa. —¿¡Qué estás haciendo!? —Me llevo lo que es mío. Ustedes querían el terreno. Pues ahí lo tienen. No había contratos. Nada más que nuestro esfuerzo. El último día vino la excavadora. —¿Está segura? —dijo el operario. —Esto ya no es una casa —dije—. La casa murió con mi marido. La máquina arrancó. Las paredes cayeron una a una. Dolía. Pero también me liberaba. Cuando todo terminó, solo había escombros. Ahora estoy en casa de mi madre. En una habitación pequeña. Vendí el tejado, las ventanas. Con ese dinero sobreviviremos hasta que nazca mi hija. Le contaré sobre su padre. Sobre cómo construimos un hogar con nuestras manos. Y le enseñaré que, a veces, cuando el mundo te lo quita todo, lo más importante es no dejar que te quite la dignidad. ¿Y tú qué opinas? ¿Hice bien en derribar la casa, o debería haberme ido en silencio y dejarles todo?