Un sábado sin cinta

Sábado sin redes
Hoy, he escrito en mi diario algo que espero no olvidar nunca. Todo empezó así: Gonzalo dejó sobre la mesa el cestillo de mimbre que solemos tener en la entrada, ese donde van siempre las llaves y las monedas sueltas, y lo hizo como si estuviera anunciando el presupuesto familiar del mes:
Vamos a intentarlo. Sábado sin redes. Ni WhatsApp, ni periódicos, ni tertulias sobre la actualidad. Hasta la noche.
Fue, curiosamente, él el primero en hacer el gesto involuntario de buscarse el móvil en el bolsillo, frenándose a mitad de camino. El móvil estaba en la estantería de la cocina, boca abajo, junto a la sal y el pimentón. Yo me descubrí mirándolo de la misma manera que de niña veía la tele apagada, oyendo los ecos de sus voces en la cabeza.
¿Y si me escribe mamá? pregunté, sabiendo la respuesta.
Llamadas sí, dijo Gonzalo. Pero nada de leerlo todo.
Nuestra hija, Lucía, que ya con quince años tiene reflejos de adulta, sostenía el móvil como quien sostiene un secreto, y al levantar la vista parecía que la hubiésemos pillado en algo peor.
Pero si yo no leo noticias, yo comenzó.
Todo al cestillo, dije estirando la mano, procurando sonar serena, aunque sentía una tensión como antes de una evaluación.
Lucía suspiró, dejó el móvil y casi al instante extendió la mano de nuevo, como si el cuerpo aún no hubiera registrado la ruptura de la costumbre. Gonzalo cubrió el cestillo con un paño de cocina y lo apartó hacia la pared.
Bueno, dijo. Desayunamos.
Durante la primera media hora, sobrevivimos entre tareas. Yo cortando manzanas, Gonzalo sacando la sartén, Lucía preparando los platos. Pero el silencio pronto empezó a notarse. Normalmente, en mi familia, ya alguien habría lanzado un ¿Habéis visto que? y la conversación rodaría por ella sola. Aquella mañana, la pelota ni siquiera arrancó en la colina.
Me sorprendí buscando el móvil con la mirada, como si pudiera estar en otro rincón. Abrí la nevera, la cerré, la volvía a abrir, como si de allí fuera a salir la respuesta de cómo rellenar un sábado sin noticias.
Bueno, rompió Gonzalo el hielo sentado a la mesa. ¿Habéis dormido bien?
Lucía encogió los hombros.
Normal.
Yo asentí, aunque la verdad es que dormí inquieta. Me despertaba con la sensación de que pasaba algo importante en el mundo y yo lo ignoraba. No era por curiosidad, sino por control. Saber para anticiparme, no dejarme sorprender.
Hoy pensaba comenzó Gonzalo pero se detuvo. Ir a Segovia a mirar la casa. Pero seguro que hay atascos.
Ahora ya no podemos saber si hay atasco sin mirar el móvil, bromeó Lucía.
La miré de golpe.
No empieces.
Era un chiste, contestó Lucía, refugiándose en el desayuno.
Gonzalo reprimió un estallido de irritación, ese pequeño enfado diario que, en otro momento, habría apagado con un vistazo rápido al móvil, refugiándose en las quejas ajenas del canal de noticias, sintiéndose menos solo en su hastío. Pero ahora sólo estaba él y su propio humor.
Lucía, dijo manteniendo la calma. Hoy sin pullas, ¿vale?
¿Y sin qué más? respondió ella. Sin redes, sin bromas. Solo falta que no se pueda ni hablar.
Quise contestarle, pero me callé. Reconocí que, en los últimos meses, nuestras conversaciones padres-hija arrancaban siempre por un ¿has visto? y acababan en discusión. Era mucho más fácil eso que preguntarle de verdad cómo estaba por dentro.
Después del desayuno, cada uno se marchó a lo suyo, con la sensación de que la regla era más sobre aprender a estar juntos, sin ese apoyo invisible que son hoy en día los móviles. Puse la lavadora sólo para oír algo de fondo en casa. Gonzalo se encerró en el baño, limpiando el lavabo aunque ya relucía. Lucía se sentó ante el ordenador, y por un rato miró la pantalla apagada como si allí hubiese una puerta cerrada.
Al cabo de una hora, no aguanté más y fui al cestillo. El paño lo tapaba como una tapa. Aparté un poco y vi mi móvil, y sentí ese chasquido interior: podría mirar. Pero no, no debía. Volví a taparlo, temiendo que alguien me viera flaquear.
Gonzalo me pilló allí plantada junto al cestillo.
¿Te tira, eh? sonrió cómplice.
Asentí.
Es como si allí hubiera algo realmente urgente. Y sé que no, le confesé. Allí sólo hay ruido, enfados y desgracias ajenas.
Y aun así, lo echamos de menos, sentenció Gonzalo.
Nos quedamos juntos, y fue un juntos extraño. Normalmente, siempre teníamos la barrera de una pantalla, aunque fuera de bolsillo. Recordé cómo antes, mucho antes de Lucía, nos sentábamos simplemente a charlar, sobre el trabajo, los amigos, los sueños, o sobre dónde irnos de viaje. Ahora, si hablaba de mí, me parecía que sonaba a queja o a falta de tacto.
¿Y si hacemos un plan para hoy? propuse. Si no, acabaremos cada uno en un rincón, rumiando estoicos.
Gonzalo aceptó enseguida.
Me parece bien. ¿Qué se puede hacer sin móvil? Paseo. Ir a por el pan. Cocinar.
Un juego de mesa, gritó Lucía desde su cuarto, habiendo escuchado la palabra sufrimiento.
Sonreí, aunque sólo un poco.
Vale, buen plan. Pero primero tenemos que hablar, dije con algo de temor ante mi propio atrevimiento.
Lucía apareció y se sentó de brazos cruzados.
¿Hablar de qué?
Miré a Gonzalo pidiendo rescate.
De nosotros, dijo él, y se notó que le pesó la frase. Nosotros era demasiado grande.
Lucía torció el gesto.
Otra vez la charla.
¿Es que está prohibido? pregunté, sintiendo un poco de rabia. No quería discutir, pero sin redes todo sonaba más fuerte.
Se puede, respondió ella, pero siempre acabáis igual, en plan, tú tienes la culpa.
Gonzalo estuvo por saltar, pero frenó. Era cierto que solíamos terminar diciendo los dos: tienes que entenderlo. Era más sencillo así. Cerraba el debate.
Lucía, no queremos cargar la culpa sobre ti, le dije. Queremos entenderte.
¿Entender qué? ¿Que me paso el día en el móvil? Vosotros igual, pero lo llamáis informarse.
Me sonrojé. Tenía razón. Ella lo dijo tal cual.
Yo arranqué, pero no me salía. Decir tengo miedo resultaba mucho más difícil que discutir sobre cualquier noticia.
Gonzalo se atrevió:
Tienes razón. Yo también soy adicto. Cuando leo noticias siento que hago algo, participo. Pero en realidad solo huyo.
Lucía lo miró desconfiada, como si hablara con otra persona.
¿Huir de qué?
Gonzalo guardó silencio. Se hizo consciente del cansancio que corroe y no se quiere ver. Cansancio del trabajo, de la tensión diaria, de tener que ser siempre normal.
Huyo de no saber cómo estamos nosotros, confesó. No sólo en euros. De cómo estamos.
Agaché la mirada. Me avergonzaba no saberlo yo tampoco. Sé los horarios de Lucía, la compra pendiente, que Gonzalo presenta un informe el lunes. Pero no sé qué siente cuando llega tarde y no habla.
Nosotros bien, respondió Lucía. Como todos. Clases, trabajo. Vosotros cansados, yo también.
Eso es como todos, susurré. Y no me consuela.
A mí sí, cuando no me interrogáis tanto.
Las palabras quedaron suspendidas. Sentí como si algo me oprimiese por dentro. Quise decir: No interrogo, intento entender, pero habría sonado a reproche.
Gonzalo se levantó aliviando el clima.
Bueno, vale. Ya está bien de examen. ¿Por qué no hacemos algo juntos? Si apetece, luego seguimos hablando.
Asentí agradecida.
¿Hacemos empanadillas caseras? Hay carne picada.
Eso sí que es una heroicidad, bromeó Lucía.
Pues hoy, heroico, rió Gonzalo sinceramente.
Cogimos un bol, harina y huevos. Amasar la masa me relajó. Gonzalo picó la carne a cuchillo, aunque ya estaba lista, porque quería ocupar las manos. Lucía al principio se quedó al margen, luego vino.
¿Qué hago? preguntó, con ese tono suyo tan orgulloso.
Extiende la masa, le dije, pasándole el rodillo.
Al principio la liaba; la masa se pegaba, se rompía. Bufaba.
Mira, madre, siempre igual.
No siempre, intervino Gonzalo. Tienes que añadir harina.
Le enseñó a despegar la masa con el cuchillo, a trabajarla. Lucía repitió; mejoró. Yo sellaba los bordes. Noté que hacía mucho que no la veía así de centrada en una tarea no ligada a deberes o a una pantalla.
De pequeña te encantaba amasar, le recordé.
Gruñó divertida.
De pequeña era otra historia.
¿Y ahora? pregunté y al instante me arrepentí de meterme tanto.
Lucía no contestó, atenta a la masa. Gonzalo me miró en plan: frena. Seguí con el relleno.
Mientras cocinábamos, la charla fue a saltos, como las tiras de masa: a veces se enredaba, a veces se rompía. Lucía contó lo del compañero de clase que se queja de todo. Gonzalo, lo del colega del trabajo que no para de enviar mensajes al grupo. Escuchaba con ganas de plasmarlo en una crítica sobre cómo han cambiado las personas, pero aguanté.
Cuando ya teníamos las empanadillas preparadas en fila, Lucía murmuró sin mirar:
A veces siento que no me veis.
Me quedé clavada, con una empanadilla a medio cerrar entre los dedos. Gonzalo dejó el cuchillo aunque ya no quedaba carne.
¿No te vemos cómo? preguntó Gonzalo.
Lucía encogió los hombros.
Veis que uso el móvil, que me acuesto tarde, que si las notas. Pero yo dudó, como si no encontrara palabras. Es que a veces me siento tan vacía.
Sentí los ojos arder, pero no quise llorar, por miedo a que todo se tornara lástima y Lucía se encerrase.
¿Vacía dónde? pregunté.
Por todas partes, respondió al fin, y nos miró a ambos. Cuando estoy en las redes, siento que pasa algo. Me puedo enfadar, reír, lo que sea. Pero sin eso, estamos solos. Miró a Gonzalo. Vosotros hacéis igual.
Gonzalo asintió despacio.
Lo hago igual. Cuando apago la pantalla, pienso que no llego a nada.
Añadí flojo:
Yo siento que, si no estoy informada, no puedo cuidaros.
Lucía nos observó, con sorpresa más que confianza, quizás porque no se esperaba escuchar este tipo de sinceridad adulta.
¿Y entonces? preguntó.
Gonzalo tomó la empanadilla que seguía en mis manos y la puso en la bandeja.
Pues aprendamos a estar sin ello, aunque sea un día. No para ser mejores, solo para no escondernos.
Respiré despacio.
Y para que mañana, cuando hablemos, sea de algo más que sobre quién tiene razón en internet.
Lucía sonrió a medias.
Yo pensaba que lo hacíais sólo por controlarme.
A veces sí, admitió Gonzalo. Pero en el fondo quiero conocer cómo eres.
Lucía asintió, aceptando el trato. Cogió de nuevo el rodillo.
Venga, acabemos este pequeño reto.
Mientras hervía el agua, recogimos el desastre. Yo limpié harina, Gonzalo guardó las tablas, Lucía fregó el bol. Había calor de hogar y algo de alivio. Las redes seguían ahí, bajo el paño, y me sorprendí varias veces con el impulso de mirar la hora o revisar un mensaje. Pero me obligué a mirar los dígitos del microondas y no acercarme al cestillo.
Tras comer, salimos a pasear. No al parque porque hay que salir, sino simplemente hasta la panadería y de vuelta, a por pan y leche. En la calle había gente y móviles por todas partes, voces, pantallas. Me irritaba un poco verlos, y enseguida me di cuenta de que hacía exactamente igual.
Lucía iba a nuestro lado, las manos en los bolsillos, sin móvil que sacar. Observaba a los que pasaban, las tiendas, las caras.
Oye, papá, le dijo a Gonzalo mientras paseábamos ¿tú de chaval también te evadías así?
Claro, sólo que lo hacía con el Spectrum o con libros, sonrió Gonzalo. Era lo mismo, sólo cambiaba el cacharro.
Lucía asintió.
¿Y no te daba miedo perderte la vida?
Gonzalo pensó un momento.
Sí. Y me sigue pasando. Pero me he dado cuenta de que la vida se escapa, no porque nos informemos de todo, sino porque no hablamos con los que están aquí.
Me recorrió una inquietud: lo estábamos haciendo bien, pero ¿sería la excepción del sábado? No quería que esto se quedara en promesa.
En casa, por fin, estrenamos un juego de mesa que compramos por Reyes. Lucía leyó las instrucciones en voz alta, se inventaba reglas y se reía. Gonzalo discutía las normas pero en plan simpático. Me sorprendí varias veces con el impulso de ir a por el móvil, pero me paré a tiempo.
Por la noche, cuando Lucía ya se fue a su cuarto, Gonzalo y yo nos quedamos en la cocina. El cestillo seguía en el mismo rincón.
¿Crees que se lo ha creído? pregunté.
No lo sé, admitió Gonzalo. Pero nos ha escuchado.
Me acerqué y destapé el cestillo. Los móviles seguían igual, como si nunca hubiera pasado nada. Cogí el mío, lo encendí. Había mensajes, pero ninguno urgente. El mundo seguía.
Gonzalo hizo igual, miró la pantalla y la dejó de nuevo.
La semana que viene, ¿otro Sábado sin redes? Sin heroicidades: si caemos, lo decimos.
Asentí.
Y si otro día sentimos la tentación de preguntar ¿qué ha pasado?, primero nos preguntamos: ¿cómo estás?
Gonzalo sonrió.
Lo intentaremos.
Desde la habitación de Lucía llegó su voz:
¿Os queda mucho ahí? Tengo que buscar el cargador.
Está en el cajón de la entrada, respondí.
Salió, vio los móviles sobre la mesa y se detuvo. No corrió a por el suyo. Primero nos miró a los dos.
Entonces, ¿repetimos el sábado que viene?
Sí, confirmó Gonzalo.
Lucía cogió su móvil, se lo pasó de una mano a otra, comprobó su peso, y lo dejó en el cestillo.
Vale, dijo. Pero que no hagáis trampas.
Sentí como si dentro de mí algo tomara aire por primera vez en mucho tiempo. No era seguridad, ni la satisfacción de una victoria. Era un lugar al que podríamos volver.
No haremos trampas, contesté, tapando los móviles y dejándolos durmiendo allí hasta la mañana siguiente.

Rate article
Add a comment

;-) :| :x :twisted: :smile: :shock: :sad: :roll: :razz: :oops: :o :mrgreen: :lol: :idea: :grin: :evil: :cry: :cool: :arrow: :???: :?: :!:

20 + 19 =

Un sábado sin cinta
Estrenando hogar sin suegra ni cuñada