Al corazón no se le engaña

El corazón no engaña

Verónica subió las escaleras de su viejo portal de la calle Gran Vía, pulsó el ascensor y subió hasta el sexto piso. Caminó despacio hacia la puerta del piso donde había pasado toda su infancia y juventud.

Por inercia, sacó las llaves del bolso, pero tras mirarlas y mirar la puerta, suspiró y las volvió a guardar. Finalmente, llamó al timbre.

Le abrió su madre:

¿Pero hija, por qué llamas? ¿Te has olvidado las llaves otra vez?

Verónica asintió y, con tono alegre, contestó:

¡Hola! ¿Qué tal todo por aquí?

Hola, hija su madre se acercó y la abrazó; Verónica le dio un beso en la mejilla. Todo bien, pasa.

Verónica le entregó las bolsas de comida y medicinas que les había comprado y respiró aliviada: parecía que su madre estaba de buen humor y hoy no tenía ganas de soltarle sermones.

En ese momento, salió también su padre:

¡Anda, hija! ¡Por fin! ¿Pero has venido sola? Pensábamos que vendrías con Sergio.

Nada, es que… Verónica se dio cuenta de que no tenía preparada ninguna excusa para justificar su visita sin su novio. Tiene que trabajar, está liado.

¿Y qué más podía decir?

La última vez que estuvieron allí, sus padres le habían dado tanta caña al pobre Sergio con el tema de la boda, que él salió agotado y prometió pedirle matrimonio a Verónica en cuanto pudiera.

Al volver a casa, Sergio estuvo callado durante todo el camino y, ya en el salón, acabó estallando:

¡Como si yo no te hubiera pedido casarnos antes! bramó. ¡Si ya te lo he pedido! Eres tú la que nunca sabes qué fecha poner para poder contárselo a nuestros padres.

Sergio fingió sentirse herido, aunque tal vez de verdad le dolía que Verónica alargase tanto la respuesta.

Verónica lo abrazó:

¡Eres el mejor! ¡Te quiero! solo pudo decirle eso.

De verdad sentía que Sergio era un gran tipo y que lo quería, pero… Pero sentía que no era su alma gemela. Todo estaba en orden, pero le faltaba algo. No sabía bien qué era, ni qué hacer…

Bueno, venga, ve a lavarte las manos y siéntate, que te contamos nuestras cosas.

Todo fue avanzando con normalidad. Verónica charló con sus padres, la invitaron a comer y cuando ya pensaba irse a cumplir con sus compromisos, sus padres se miraron entre ellos y su madre tomó la palabra:

Dime la verdad: ¿tú quieres a Sergio?

Sí, claro.

¿Y él te ha pedido casarte?

Me lo pidió, sí…

¿Te lo pidió? ¿Y?

Le pedí tiempo… Estoy pensando…

Verónica bajó la mirada y se puso a estudiar el mantel como si nunca antes lo hubiera visto.

¡Verónica! su madre seguramente levantó las manos, aunque Verónica seguía mirando abajo. ¡Verónica! La semana pasada tu padre y yo agobiamos tanto a Sergito… Y resulta que eres tú la que frena todo. ¿En qué piensas, hija?

No sé…

Te entiendo, de verdad…

Verónica, sorprendida, miró a su madre.

¿De verdad?

¡Por supuesto! Yo también temía elegir un mal día para la boda, que lloviera, que pasase algo con el maestro de ceremonias o los invitados, que mis amigas fueran vestidas de cualquier manera… Pero cariño, al final, ¡todo salió perfecto!

Verónica sonrió.

¡Por supuesto! Su madre nunca podría imaginar que su miedo era otro.

De todas formas, hija, tú y Sergio sois tal para cual. Lo supe en cuanto lo vi, por eso nos pareció estupenda la idea de que sus padres os presentaran…

Un momento… Verónica sintió que el tiempo se ralentizaba.

¿Cómo que os presentaran?

Tal cual. Primero Sergio vio tu foto, le gustaste. Y luego os presentaron y él te cautivó.

¡Interesante! Así que ese encuentro no fue casual…

Claro, podríamos haberos invitado a todos a una comida, pero así fue más romántico…

De camino a casa, seguía dando vueltas a la frase de su madre:

“Podríamos haberos presentado de forma formal, pero así fue más romántico”.

¡Más romántico! ¡Más romántico!

Al principio estaba enfadada, pero al llegar se calmó.

Después de todo, el hecho de que Sergio y ella se gustaran… Solo significaba que sus padres sabían quién podía interesarles.

Pero aún así, seguía sintiendo que faltaba algo en su relación con Sergio. ¡Si supiese el qué!

.

¿Verónica, te has vuelto a despistar? ¡Te lo has perdido todo! nada más entrar en su despacho, Ana, su compañera, la asaltó.

¿El qué? sonrió Verónica.

No el qué, el quién. Tenemos un compañero nuevo. Te va a encantar.

Verónica soltó una carcajada.

¿A mí? ¡Será a ti! Venga ya, que eres casada y con dos niños.

Ana se sonrojó.

¡Ya no te cuento nada! masculló Ana y se centró en su ordenador.

Verónica encendió el suyo y se puso también a trabajar.

Cuando llegó la hora de comer:

Bueno, me voy a comer.

Coge su bolso y se dirige a la puerta. Mira a Ana:

¿Vienes?

No -contesta Ana sin mirarla.

Verónica se encogió de hombros y salió.

Mientras recorría el pasillo, pensaba que últimamente no estaba muy simpática. ¿Por qué se había metido así con Ana? Por un lado era una broma, pero tampoco había sido graciosa.

Justo entonces, el chico que iba delante de ella se detuvo, y Verónica chocó con él.

¡Muy típico!

Perdona se disculpó él, aunque la culpa fue de Verónica.

Ella iba a responder un poco molesta, pero se detuvo. Era el nuevo, seguro, porque jamás lo había visto antes.

Soy Verónica, analista decidió presentarse.

Diego, programador.

Encantada.

El placer es mío.

Y entonces Diego le sonrió. En ese instante, Verónica notó que algo se removía en su interior. Cuando se giró para mirarla, ya le gustó; pero con esa sonrisa el corazón le dio un vuelco y palpitó con fuerza. ¡Esos hoyuelos en la mejilla! ¡Esas chispas en sus ojos verde-grisáceos!

El silencio se alargaba.

Voy a comer dijo Verónica, sin más.

Que aproveche.

Verónica también le sonrió y siguió su camino.

Desde fuera parecía que caminaba como siempre, pero en realidad tenía que obligarse a mover las piernas. No querían ir donde debía, sino girarse y perseguir al nuevo.

Durante la comida apenas probó bocado. Sus pensamientos volvían una y otra vez a Diego.

“No puede ser. ¿Amor a primera vista? No Sí, tiene una sonrisa preciosa, unos ojos Pero es sólo el exterior. No sé qué habrá detrás”.

Decidió entonces que debía empezar por intentar hacerse amiga suya.

De vuelta en la oficina, Ana volvió a soltar una bomba:

No te emociones. Ya me he enterado de todo. El nuevo tiene novia. Así que ni tú ni yo tenemos nada que hacer…

Verónica se sentó frente al ordenador.

Entiendo respondió, pero por dentro sintió una profunda decepción.

En realidad, yo tengo novio. Así que tampoco pensaba en el nuevo añadió, seca.

Si Ana hubiese respondido, quizás se habrían peleado, pero se quedó callada.

.

El tiempo pasó.

Los padres de Verónica seguían esperando el anuncio de la boda. Sergio esperaba su decisión. Hasta los padres de él la miraban con esperanza cada vez que iba a su casa.

Verónica sentía la presión. Todos sonreían, pero en sus ojos siempre estaba la pregunta: ¿Cuándo?

“Debería hacer algo”, pensaba Verónica, pero no era capaz de decidirse, así que no hacía nada.

Quizá era porque esperaba algo de Diego. Sí, se habían hecho muy amigos. Ahora sabía todo de su vida: llevaba cinco años con su novia, lo habían dejado y retomado varias veces, y ni siquiera él tenía claro si era la chica adecuada o no…

“Increíble pensaba Verónica. Vive, igual que yo, en un limbo”.

..

¿Sabes que ya casi es verano? le preguntó Sergio un día mientras desayunaban.

¡Claro! Lo estoy deseando. Ya sabes que me encanta.

Verónica sintió un arranque de buen humor, como si le crecieran alas.

Creo que deberíamos casarnos en verano. Julio o agosto. Hace buen tiempo.

Sergio acababa de estropearlo todo.

“¿Otra vez la boda? ¿Por qué no podemos seguir como estamos?”

Entonces, ¿qué dices? insistió Sergio.

¿Y en otoño? se atrevió a sugerir Verónica. También hace bueno, los paisajes son preciosos. Además, en verano, después de la boda, viajar es caro y hace mucho calor…

No. Estamos hablando de la boda. Ya haremos el viaje luego. Ninguno tenemos vacaciones en verano, así que elige: ¿julio o agosto?

Sergio la miró fijamente. Verónica entendió que no podría escapar.

Agosto respondió, resignada.

¡Fenomenal! Entonces en dos meses presentamos la solicitud en el registro.

..

Durante días, Verónica estuvo intranquila. Sergio había acabado de un plumazo con sus dudas: julio o agosto…

“Debo hacer algo”, se repetía Verónica. Pero ¿el qué? ¿Dejar a Sergio? ¿Y dónde iría? Sus padres no la querían de vuelta, eso ya lo había movido. ¿A casa de una amiga? Podría. Y en todo caso, debía ahorrar algo de dinero.

Fue a comer y, por supuesto, se encontró con Diego. Charlaron, tontearon un poco. Verónica le soltó:

Me caso en agosto, al final.

¿Te has decidido ya?

Verónica asintió.

¡Bien por ti! Yo aún no entiendo nada de mí mismo…

“¿Eso es todo lo que tienes que decirme?”, pensó Verónica.

Quizá todo era producto de su imaginación, quizá a Diego no le interesaba realmente aunque siempre se sonreían entre sí, había complicidad, y muchos en la oficina estaban convencidos de que tenían un romance… pero nada, ni lo más mínimo.

¿Vas hoy a la fiesta de la empresa? preguntó Diego de repente.

¿Qué fiesta? se sorprendió Verónica.

Mandaron un mail, es un día especial para la compañía y todos están invitados. Sí, voy.

Pásame el correo, por fa. Igual también voy dijo Verónica.

“¿Por qué habré venido a esta fiesta? ¡Qué aburrimiento!” pensaba Verónica.

Miró a un lado y a otro, pero Diego no estaba. Se acercó a las chicas de contabilidad.

¿Por qué hay tan poca gente en la fiesta? les preguntó.

Se ve que los informáticos la liaron y no enviaron todos los mails. Mejor, así hay más aire que respirar.

Ya

Verónica miró otra vez a su alrededor, pero seguía sin ver a Diego.

“¿Dónde se ha metido?”

¿Buscando a Dieguito? No va a venir. Su novia lo ha llamado y salió disparado con ella.

Verónica se encogió de hombros:

¿Y por qué asumís que lo estoy esperando? Yo tengo novio.

Intentó sonreír.

Las chicas cambiaron de conversación, Verónica participaba algo pero por dentro estaba destrozada.

“¿Qué hago yo aquí? ¿Me voy?”

Podría haberse marchado en cualquier momento pero ¿de verdad la ausencia de Diego bastaba para amargarse? ¡Claro que no!

Así que se esforzó por no pensar en él y se integró en la conversación. Primero con las chicas de contabilidad, luego cambió de grupo, después se unió a otro.

Terminaron yendo todos juntos a otro restaurante, luego a otro, y al final acabaron en una caminata nocturna por El Retiro.

Entretanto, varias personas fueron marchándose, pero a Verónica no le apetecía volver a casa.

.

Verónica miró el reloj.

¡Las seis de la mañana! ¡Madre mía!

Sacó el móvil, que seguía en silencio: decenas de llamadas de Sergio.

De repente, se dio cuenta de que sólo quedaban ella y el director general: Pedro Alejo, con quien acababa de pasarse horas hablando de libros y películas.

Se sonrojó, notando el rubor.

Uy, se nos ha hecho tardísimo dijo apenas.

Sí, un poco tarde le sonrió Pedro Alejo . Voy a pedirte un taxi.

Cuando llegó el taxi, Verónica intentó aparentar normalidad, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. Y en realidad, no había pasado nada…

Ha sido estupendo le dijo de despedida. Tendríamos que repetirlo algún día.

Por poco no se mordió la lengua.

Pedro Alejo rió y contestó:

Claro, cuando quieras. Muy pronto.

Ella volvió a ruborizarse.

.

¿Dónde estabas? preguntó Sergio enfadado.

Pues en la fiesta de la empresa, ya te lo dije por mensaje…

¡Vaya fiesta! ¡Hasta las ocho de la mañana!

Ya, tienes razón, lo siento. No volverá a pasar…

Ajá Pues ni falta que hace. Recoge tus cosas y lárgate.

Quizás Sergio esperaba que Verónica le rogase, que no la dejase así, así de repente. O tal vez no. Pero Verónica se sintió tan herida con aquellas palabras que preparó su maleta y se fue con sus padres.

.

¿Pero cómo habéis podido discutir? ¡Si sois la pareja perfecta! exclamó su madre llevándose las manos a la cabeza.

Ay, mamá…

¿Qué de ay, mamá? ¡Con lo bien que elegimos a tu novio tu padre y yo!

¡Eso, lo elegisteis vosotros!, pensó Verónica.

¿Entonces me dejáis quedar aquí o me tengo que buscar piso?

Claro que puedes quedarte, hija, qué remedio

Suspiraron.

.

En el trabajo, Verónica estaba de mal humor. Tras la fiesta, la ilusión por Diego se había esfumado y se dio cuenta de que él tampoco era su persona.

¿Quién lo sería entonces? ¿Lo encontraría algún día? ¿O realmente necesitaba encontrarlo?

De repente sonó el teléfono de su mesa.

“Seguro que es alguien de contabilidad”, pensó y contestó seca:

¿Qué quieres ahora?

Eh… nada Verónica, pasa por mi despacho un momento.

Colgaron.

Verónica miró el teléfono como si hubiese hablado una serpiente.

¿Por qué miras así el auricular? le preguntó Ana.

Eso la trajo de vuelta.

Masculló una excusa y se dirigió al despacho del director.

Hola le dijo a la secretaria, Leonor. El jefe me ha llamado.

Leonor la miró sorprendida, marcó el teléfono interno:

Pedro Alejo, la analista Verónica acaba de llegar… Muy bien…

Le dedicó una última mirada inquisitiva.

Pasa, te está esperando.

Verónica suspiró y cruzó la pesada puerta.

Buenos días, Pedro Alejo Verónica puso distancia. ¿Me llamabas?

Hola, pasa. Sí, te he llamado porque te quería invitar al cine.

Verónica juraría que se le abrieron los ojos como platos.

¿Cómo…?

En realidad, ya nos tuteamos. Y sí, quiero invitarte al cine. ¿Vendrás?

Verónica se relamió los labios secos, dispuesta a decir “no”, pero respondió:

Sí.

Perfecto. Te recojo después del trabajo.

No hace falta, no hace falta se apresuró ella. Mejor quedamos en la cafetería de al lado y te espero allí

Vale aceptó Pedro Alejo.

Verónica salió del despacho.

¿Todo bien? preguntó Leonor.

Todo bien. De momento no me despiden.

¡Algo tenía que decir! Sabía que Leonor soñaba con conquistar a Pedro Alejo y casarse con él, pero las cosas habían salido de otra manera.

Y así, Verónica y Pedro comenzaron a verse, una y otra vez.

¿Quieres casarte conmigo? le preguntó por fin.

Por supuesto respondió ella.

Por dentro, Verónica pensó en lo afortunada que había sido de que Diego no apareciera aquella noche, porque de haberlo hecho, ella nunca habría prestado atención a Pedro, pues tenía la cabeza llena pensando en Diego. Y qué suerte que Sergio decidiera por su cuenta terminar la relación, porque ella jamás habría tenido el valor para hacerlo.

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