Recuerdo aquellos días lejanos en los que Isabel no había sido altceva que una madre contenta durante los treintidós años care trecuseră. Vivía en Salamanca junto al hijo său, Alfonso, quien trabajaba como encargado en una pequeña empresa local. Isabel dedicaba sus días a su hijo, y todo giraba en torno a sus costumbres compartidas. Cuando llegaba el fin de semana, tenían tantas cosas por hacer. Uno de sus rituales favoritos era acudir juntos al mercado. Aunque a Alfonso no le entusiasmaba especialmente esa tarea, lo soportaba por el amor que sentía hacia su madre.
Isabel se paseaba despacio entre los puestos, seleccionando con atención los alimentos, a pesar de que aquella labor bien podía haberse resuelto el doble de rápido en un supermercado corriente. Pero ella disfrutaba el simple acto de caminar por el mercado tomada del brazo de su hijo, como si cada manjar elegido guardara un significado especial para ambos. Después ponían rumbo al pueblo, donde pasaban la tarde cuidando el huerto familiar.
Era el comienzo de la temporada de conservar verduras, aunque ni a Isabel ni a Alfonso les gustaban especialmente los encurtidos ni los tomates en conserva. Lo hacían, sin embargo, para compartirlos con amigos y familiares. Todo parecía perfecto, e Isabel se sentía dichosa de tener cerca a su hijo de treinta y dos años. Sin embargo, un día todo cambió.
Alfonso le confesó en voz baja: Madre, voy a casarme. La elegida fue una joven callada y sencilla, llamada Lucía, de veinticinco años. Poco tiempo después, Alfonso y Lucía compraron un piso en Valladolid, pero la suegra de Alfonso le sugirió que mejor lo alquilaran y se quedaran un tiempo viviendo con ella: Como pareja joven, os vendrían bien unas pesetas extra dijo. Ambos accedieron, pensando que era lo mejor.
Isabel experimentó un alivio secreto. Su hijo seguía junto a ella. Pero la alegría duró poco. Alfonso empezó a dedicar casi todo su tiempo a su esposa. Por las noches, salían juntos a pasear por la ciudad hasta que un día Lucía anunció que estaba embarazada. Isabel, nostálgica, pensó entonces en la ropita de bebé que había guardado con tanto esmero todos esos años, imaginando que ahora, por fin, serviría para su futuro nieto. Pero su nuera le explicó con amabilidad que solo la emplearían para unas fotografías; prefería elegir, ella misma, todas las cosas del niño.
Con el paso de los meses, cuando la joven pareja logró ahorrar el dinero necesario, se marcharon a su propio apartamento. El peso del resentimiento cayó entonces sobre Isabel, que no alcanzaba a comprender cómo podían dejarla atrás. Sintiéndose abandonada, pensaba con amargura que su hijo la había cambiado para siempre por su joven esposa.







