Nadie recogió al bebé del hospital materno, lloraba tanto que hasta te pitaban los oídos. Pero un día, de repente, se quedó en silencio…

El pequeño llevaba mucho tiempo en la maternidad, nadie venía a recogerlo. Ocurren estas cosas a veces. Habían renunciado a él y, como por mal fario, nadie mostraba interés alguno. Así fue como el niño quedó allí, instalado temporalmente en una cuna libre. Pero, como podéis imaginar, aquello no le hacía ninguna gracia y lloraba tan fuerte que a todos se nos tapaban los oídos. Hasta que un día, de repente, calló.
Una enfermera, alarmada ante tanto silencio, corrió a ver qué le ocurría, si por casualidad no se habría ahogado¡Dios no lo quiera!tras tanta llorera. Y lo que encontró fue algo sorprendente: un gran gato gris, el favorito de todos, se acurrucaba junto a él en la cuna.
Ahora bien, aquel gato era conocido por no dejarse tocar por nadie, ni permitir que lo cogieran en brazos. Todo el mundo sabía que el minino no tenía nada que hacer en la maternidad, que no estaba permitido. Pero intentar explicárselo al gato y a quienes lo alimentaban era otra historia. Así que, pese a las prohibiciones y pese a las amenazas de represalias, el gato gris se había convertido, casi como si fuera parte del personal, en el psicoterapeuta no oficial de la planta.
La enfermera intentó apartar al felino, pero el pequeño se aferró a él con sus manitas y se puso a llorar desconsoladamente en cuanto intentaron separarlos. Todo el personal acudió a ver semejante escena, incluso el temido jefe de servicio, un hombre siempre severo que llegó maldiciendo y prometiendo despidos a diestra y siniestra. Pero al final, no pudo evitar acariciar al peludo padre adoptivo.
Así pasaron los días. El gato se ausentaba apenas unos minutos para sus quehaceres y para comer algo, y el niño esperaba pacientemente su regreso, como si fueran padre e hijo. Con el tiempo, por fin aparecieron familias interesadas en adoptar al pequeño; pero resultaba que él no se iba sin su compañero de cuatro patas. ¡Que le chupa la cola! protestaban los futuros padres. Bueno, sí asentían las enfermeras, cabizbajas. ¿Y qué vamos a hacer? Si se lo llevan, el niño se desespera, empieza a llorar y no puede respirar.
La historia se extendió más allá de los muros del hospital, y pronto acudía gente no solo a mirar y fotografiar a la insólita pareja, sino también a traerles regalos. Al rato comenzaron a llegar parejas dispuestas a llevarse a los dos juntos. Sin embargo, el gato no lo ponía fácil. Puede resultar gracioso, pero no dejaron que el niño se fuese hasta que el gato aceptó ser cogido en brazos por sus futuros adoptantes.
Así fue como se los llevaron juntos, con destino a un nuevo hogar. El hombre portaba al gato en brazos, y la mujer llevaba al niño. Cada uno de los dos consiguió lo que deseaba. El gato abrazó con sus patas el cuello del hombre y apoyó la cabeza en su hombro izquierdo. Las enfermeras contemplaron la escena con asombro. El gruñón y duro director médico, que salió con todos para despedir a la extraña familia, los miró y sentenció: Van a ser buenos padres, os lo digo yo. Sé de lo que hablo; tengo cinco de estos peludos bribones en casa, y ellos sí saben quién es el mejor.

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Nadie recogió al bebé del hospital materno, lloraba tanto que hasta te pitaban los oídos. Pero un día, de repente, se quedó en silencio…
Temió que lo devolvieran…