Cuida de unos niños maravillosos en una casa preciosa, ¡pero luego todo cambió por completo para ella!

A Lucía ni se le habría pasado por la cabeza que iba a tener tanta potra al conseguir un curro que parecía sacado de una telenovela: trabajar para una familia forrada mientras vivía en una pedazo de chalet en La Moraleja y cuidaba a dos gemelos de cinco años que eran puro torbellino de risas y preguntas. La familia, eso sí, no era precisamente de anuncio; el matrimonio entre Carmen, la madre, y Manuel, el padre, era bueno, digamos que más frío que una cerveza en una terraza de Madrid en febrero. Carmen pasaba olímpicamente de los niños, y Manuel era un padrazo con todas las letras, empeñado en no perderse ni un solo segundo con sus chavales.

A medida que Lucía pasaba más tiempo con Manuel y los peques, recibió un flechazo. Así, de repente. Ella no era ajena al hecho de que él tenía esposa (al menos en el DNI), pero claro, los sentimientos no entienden de estado civil. Y un buen día, así sin más, Manuel le confesó que también estaba enamorado de ella y que pensaba pedir el divorcio. Había caído en la cuenta de que su relación con Carmen hacía aguas por todos lados y que el único pegamento que les quedaba eran los hijos, porque ella, interés por ellos, lo justito.

Lucía alucinó pepinillos con la confesión de Manuel; ni de lejos se esperaba semejante vuelco en la trama. Sabía que liarse con un hombre casado podía acabar en sainete, pero, claro, los sentimientos son muy suyos. Andaba hecha un lío entre lo que sentía y la serenidad que le pedía el sentido común, porque lo que se avecinaba no era precisamente un camino de rosas.

Mientras seguía con su trabajo, cuidando de los niños y compartiendo esos ratitos de confidencias y juegos con Manuel, Lucía no paraba de darle vueltas al porvenir. Tenía clarísimo que había que tomárselo con calma, medir cada paso y no olvidar de poner primero su bienestar y el de los pequeños terremotos de la casa.

Con el corazón partido en dos y la cabeza echando humo, Lucía entendió que el futuro traería más preguntas que respuestas. Así que decidió armarse de prudencia, no perder su alegría y esperar que, elija lo que elija, sea para encontrar un final digno de una buena comedia romántica feliz, tranquilo y, sobre todo, suyo.

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Cuida de unos niños maravillosos en una casa preciosa, ¡pero luego todo cambió por completo para ella!
— Y si nos divorciáramos, ¿te casarías de nuevo? — observo atentamente la reacción de mi marido. Tras una breve pausa, con voz tranquila y el rostro inmutable, él responde: