Un sueño hecho realidad

Un Sueño de Buena Suerte

Clara entró en el vagón del metro, se sentó en uno de los asientos libres y echó una mirada a los demás pasajeros con ese gesto suyo que, según sus amigas, era la mirada de loba. Pero, como de costumbre, no vio a nadie digno de su atención y cerró los ojos.

¿Cómo será realmente esa mirada mía? pensó Clara.

Nunca había entendido por qué sus amigas le atribuían semejante apodo. Evaluar a la gente lo veía normal, todos lo hacen, pero, ¿por qué loba? ¿Acaso ellas miran de una forma distinta? ¿Más agresiva, soberbia, confiada, o incluso con desprecio?

Lo había preguntado muchas veces, pero nunca supieron explicarle a qué se referían.

Atención, estaciones próximas… avisó la megafonía.

Clara entreabrió los ojos apenas un instante, sólo para ver quién subía, y volvió a cerrarlos.

¿Cómo es que a las demás les salen ligues hasta en el metro y yo ni uno decente veo?

Por fin llegó a su estación. Se levantó, esperó a que se abrieran las puertas y salió del vagón.

…………………………..

Ya fuera del metro, se dirigió a la parada de autobús. Pronto comprendió que el autobús acababa de marcharse, porque la parada estaba vacía. Así que Clara decidió volver andando a casa.

¡Señorita, se le ha desanudado el cordón! la alcanzó un hombre de unos cuarenta años, señalando sus zapatillas.

Clara bajó la vista: era cierto, el cordón colgaba. Se agachó inmediatamente para atarlo. Mientras, el hombre se quedó junto a ella, y Clara supo al instante lo que pretendía.

En cuanto terminó de atarse el zapato y se incorporó, el hombre ya estaba hablando:

Esos cordones siempre igual Si no están bien atados, se pisa uno, se ensucia y luego da pereza hacer el nudo de nuevo, sobre todo cubierto de barro.

Clara sonrió, pensando que no había ni rastro de barro por ninguna parte, pero le agradeció el gesto:

Gracias por avisarme.

Clara echó a andar hacia su casa, y el hombre la acompañó.

¿Se puede saber tu nombre? Soy Javier.

Claro, soy Clara.

Podría haberle dicho que no, y más teniendo claro que no era su tipo, pero solía dar una oportunidad, ya que muchas conocidas suyas decían que al principio tampoco sintieron nada especial por sus parejas. A lo mejor me sorprende, pensó.

………………………..

Camino a casa, conversaron, pero Clara no podía evitar el aburrimiento. Así que optó por desviarse en la esquina de una amiga, del portal de la que sabía el código.

Gracias por acompañarme, Javier. Ya llegué.

¿Me das tu número de móvil? ¿Quizá nos vemos otro día?

Le dio su número real, porque había comprobado que no todos la llamaban después. Y si lo hacían, podía inventar una excusa para no quedar. Entró en el portal, esperó unos minutos y salió de nuevo hacia su propio piso.

………………………..

¡Clara, hija, por fin llegas! así la recibió su madre al abrir la puerta. Pasa, que tenemos visita. ¿Te acuerdas de la tía Carmina? Trabajamos juntas. Pues ha venido con su hijo Pablo.

Encantada saludó Clara, mirando brevemente a Pablo, que también la examinaba.

Bueno lo que hay, es lo que hay, pensó Clara para sus adentros, aunque nunca lo decía.

No sabía si ella le habría gustado a Pablo, pero a ella él no le llamó la atención de primeras: era más bien rollizo y empezaba a clarear de la coronilla. Pero pensó que igual le sorprendía en la conversación.

Colocaron a Clara junto a Pablo, le sirvieron una taza de té y un buen trozo de tarta, mientras Carmina no paraba de elogiar a su hijo.

Clara sonreía, asentía y buscaba la mirada de su madre. Quería preguntarle con los ojos por qué no le había advertido de aquella visita, quién era realmente esa Carmina y a qué venía tanto teatro.

Su madre, sin embargo, no le dirigía la mirada.

Carmina seguía y seguía. Pablo callaba y Clara empezaba a aburrirse.

Pablo, ¿te apetece dar un paseo? Así vuestras madres charlan de sus cosas.

Sí, claro, id a dar una vuelta dijo Carmina.

Salieron de casa, y Clara preguntó:

¿A dónde prefieres ir? A la derecha, a la izquierda, o nos sentamos en un banco…

Mejor en el banco respondió él.

Pues vale, pensó Clara. Se sentaron y empezó a preguntarle por su vida, su trabajo, sus aficiones. Pablo respondía sin ganas y apenas se interesaba por Clara. La conversación se desinfló y reinaron los silencios.

Pues vaya charla, reflexionó Clara.

Al poco rato, propuso volver a casa, y subieron de vuelta, tan callados como antes.

Clara, Pablo querría invitarte a salir el próximo sábado a las 15:00. ¿Te apetece? dijo Carmina de repente.

Clara se atragantó de la sorpresa y un torbellino de pensamientos se le pasó por la cabeza:

¿Una cita¿el sábado? ¿Y la propone su madre? ¿Y si además viene la madre a la cita?

Todos la miraban esperando respuesta. No le quedó más remedio que asentir.

Cuando Carmina y Pablo se marcharon, Clara encaró a su madre:

Mamá, no entiendo nada, ¿qué ha sido todo esto?

¡Pues qué va a ser! Tu padre y yo queremos nietos. Y tú ¡ingrata! ¡Mira que te presento a los hijos de todas mis amigas y nada!

Pero podrías haberlo avisado, al menos protestó Clara, aunque no tenía ganas de discutir.

Pero su madre venía dispuesta a pelea. Refunfuñaba sin parar y al final preguntó:

¿Por qué ninguno te parece bien, hija? ¿Tampoco Pablo?

Mamá, es que casi no me ha dirigido la palabra. ¿Te imaginas una pareja en la que el hombre no habla y yo tampoco? ¡Tendríamos cada uno una vida distinta aunque viviéramos juntos! ¿Eso es una familia?

Su madre suspiró:

Al menos dale una oportunidad y ve con él a la cita. A lo mejor delante de Carmina es así.

Vale, mamá. Te lo prometo.

……………………….

El sábado, Clara volvió en el metro tras la cita fallida con Pablo, aunque llamar cita a eso era mucho decir. Pablo apareció y fue al grano:

Bueno, ¿vamos a mi casa?

¿Cómo?

Sí, ¿por qué no? Tengo entendido que llevas tiempo soltera Pablo rió, y Clara se quedó cortada. Así que ya sabes…

No voy a ir. Adiós.

Clara se dio la vuelta rumbo al metro, esperando por si Pablo la seguía o intentaba disculparse por si era una broma pesada. Pero Pablo no apareció.

¿Qué ha sido esto? ¿Pero esto qué es?

Si el refrán es cierto y lo similar atrae a lo similar, suponiendo que haya lógica pero no, aquí no había nada que sacar en claro.

¡Basta de pensar en hombres! Viviré a mi aire y ya.

……………………….

Pasaron los meses. Se fue el otoño, llegó el invierno y medio Madrid esperaba con ganas la Navidad y el Año Nuevo.

¿Tú vas a hacer algún ritual la noche de Reyes? preguntó una amiga a Clara.

¿Para qué? No creo en esas cosas.

Pues para saber cómo será tu futuro novio, ¡hombre! Es divertido.

Ya, ya Yo tampoco, pero lo hago igual.

A Clara le dio la risa, pero al llegar a casa pensó que por probar una vez…

Mamá, ¿hiciste alguna vez esos rituales de Noche de Reyes? le preguntó esa noche.

Claro.

¿Y cómo fue?

Pues ponía un cuenco de agua debajo de la cama, y atravesaba encima un lápiz, sin que tocara el agua. Luego, antes de dormir, decía: Prometido, ven a buscarme al otro lado.

¿Y?

Y ya.

¿Y ya? ¿Y el espejo? ¿No era en el espejo donde se aparecía?

No, el espejo me daba yuyu.

Clara estuvo de acuerdo: mucho mejor sin espejos. Así que esa noche hizo el ritual como le explicó su madre, pero con una regla en vez de un lápiz. Y pronunció las palabras antes de dormirse.

……………………….

Clara durmió profundo y, cuando despertó, era ya de día y no había nadie en casa. Todos habían salido y la habían dejado dormir. Al principio se asustó por llegar tarde al trabajo, pero luego pensó: Total, ya estoy retrasada, llegaré cuando llegue.

Entonces la llamó un cliente, diciéndole que había firmado el contrato y que podía pasar a recogerlo cuando quisiera.

Así tenía excusa para llegar tarde.

¿Y apareció alguien en tu sueño? le preguntó su madre por la noche.

¡Sí! Imagínate estaba en medio de un desierto sola, con mucha sed De repente veo un autobús viejo y un conductor dentro Me acerco, me da agua y arrancamos el autobús

¿Un conductor? Ay hija, tendría que haberte tocado un millonario bromeó la madre. Ambas se rieron.

Mamá, lo importante es que sea buena persona. Además, anoche me acosté pensando que debería refrescar mis clases de conducir y a lo mejor apuntarme de nuevo a una autoescuela. ¡Eso fue lo que se reflejó! El año que viene, antes de dormir, pensaré en un millonario, para ver si cambia la suerte.

Hecho rió la madre.

……………………….

La verdad es que a los pocos días, Clara olvidó el sueño. Siguió con su vida y hasta su madre dejó de leerle la cartilla con pretendientes. ¡Era un alivio!

Clara, ¿cuándo piensas irte de vacaciones? le preguntó un día una compañera.

En mayo.

¡Yo también! ¿Y si nos vamos juntas?

¿A dónde? Querría playa, pero en mayo aún está todo frío…

No hay muchas opciones. Sol, buen tiempo… sólo el Mediterráneo, o Egipto.

No sé… ya estuve en Egipto y me aburrí.

¿Pero viajaste por el Nilo?

No.

¡Pues planeemos nuestro viaje! Unos días de playa y luego alquilamos un coche para ver templos y monumentos. ¿Qué te parece?

Clara no supo qué decir. Luego pensó, ¿y por qué no?

Y así se pusieron a planear el viaje a su aire.

……………………….

A Clara le encantaba viajar, y ahora esperaba con ganas el aterrizaje del avión.

Clara, ¿sabes qué se nos olvidó? le preguntó su compañera de repente.

¿Qué? replicó Clara, distraída.

¡No reservamos el traslado al hotel! dijo la amiga, angustiada. Pero Clara le restó importancia.

¡Nada, cogemos un taxi en el aeropuerto y ya está!

¿Tan fácil? ¿Y si no hay?

¡Estamos en el aeropuerto, seguro que hay de sobra! Relájate, que estamos de vacaciones.

Pero en cuanto bajaron y vio a los maleteros disputándose las maletas y hablando en un idioma completamente desconocido, a Clara se le quitaron las tonterías.

¿Y ahora qué hacemos? preguntó la amiga, nerviosa.

¡Tranquila! la animó Clara, aunque por dentro estaba igualmente inquieta.

Se puso a mirar a su alrededor y de pronto vio a un hombre claramente europeo subiendo a un coche.

¡Corre! le dijo a su compañera. Se abalanzaron hacia él.

¡Espere, no se vaya! ¡Por favor, espere! alcanzó a decirle Clara.

¿Podría llevarnos al hotel? Estoy segura de que vamos al mismo sitio.

El hombre las miraba atónito, sin entender el español.

En ese instante se abrió la puerta del conductor y salió otro joven.

Pago lo que sea murmuró Clara, casi sin respirar. ¿Tendrá algo de agua?

Claro respondió el muchacho, con un perfecto español. Subid rápido, aquí no dejan estar mucho tiempo.

A partir de ahí, todo fue como un sueño: el joven llevó primero al extranjero y después a ellas al hotel.

Clara lo observaba y no podía creer lo que veía: ¡era el mismo conductor de su sueño en Reyes! Y, encima, le había resultado encantador.

Intentó darle dinero, él no quiso, así que quedaron en volver a verse. Después vinieron otras citas, y al final, él se unió a su aventura egipcia. Al regreso, le propuso matrimonio. Y allí mismo, bajo el sol, Clara aceptó.

¿Te imaginas que hubieses reservado el taxi antes o que no hubiésemos alcanzado aquel coche? le recordaban sus amigas.

No chicas, tenía que pasar así. Era el destino. Y a veces, contra el destino, no se puede luchar.

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