**La Exagerada**
—Mamá, ¿puedo salir al parque con Lucas en el patinete?
—Ya sé cómo sales tú con Lucas. ¿Y dónde voy a tener que buscarte luego? —refunfuñó Lucía.
Hacía dos días que se habían ido sin permiso y los encontró en el parque, correteando con unos chicos mayores. Le había echado la bronca a su hijo y le advirtió que, si volvía a pasar, lo mandaría con su padre para que lo “reeducara”.
—Lo juro, prometo que no saldré del parque sin permiso. —Su hijo la miraba con ojos de cachorro perdido, tan sinceros como el gato de *Shrek*. Lucía contuvo una sonrisa, intentando mantener el ceño fruncido.
—Vale, pero con cuidado: no choques con nadie y mira bien antes de cruzar —cedió al fin.
—¡Prometido! —contestó Nacho, radiante.
—Si te vas del parque, no vuelves a salir solo en tu vida, ¿me oyes? —gritó Lucía hacia el recibidor, donde Nacho ya se había esfumado antes de que cambiara de opinión. La puerta se cerró de un golpe.
—¿Y a quién le estoy hablando? —murmuró, sacudiendo la cabeza.
Las clases habían terminado y empezaban las vacaciones tan esperadas. Con diez años, no hay quien lo aguante en casa: lo que quiere es pasar horas fuera, patinando con los amigos. En verano, ni siquiera hace falta vestirse mucho: pantalones cortos, camiseta, zapatillas y ¡a la calle!
Lucía se asomó por la ventana de la cocina. Pronto vio a Nacho salir con su patinete. Lucas llegó rodando al instante. Los dos hablaban en voz baja, planeando quién sabe qué. Durante un rato, Lucía los observó dar vueltas por el parque antes de volver a los fogones. Era hora de echar las patatas al caldo. Echaba miraditas de vez en cuando, pero al verlos tranquilos, se relajó y empezó a sofreír la cebolla y la zanahoria…
«No se escapará. La última bronca le sirvió de lección. Además, sabe que lo vigilo. Ojalá no pase mañana, cuando yo no esté… Bueno, mientras obedezca, ¿qué más da? Dentro de dos o tres años, ni promesas ni juramentos lo retendrán. Si me pongo dura, solo empeorará: empezará a mentir y a escabullirse. Y luego vendrán las chicas… ¿Cómo sobreviviré? Y su padre, como si nada…». Pensar en su ex le abrió otra vez la herida de viejos rencores que nunca cicatrizó.
Creía que su amor era para siempre. No escuchó a su madre; se casó deprisa. ¿Y qué? Al año, él se lió con su mejor amiga, se divorciaron, y ni su hijo lo retuvo. Nacho no le importa. Encantado habría dejado de pagar la pensión. Una vez al año, en su cumpleaños, trae un regalo, pero ella tiene que decirle qué comprar, o acaba trayendo el coche de juguete más barato. Cree que con la pensión basta.
Mientras el sofrito de cebolla, zanahoria y pimiento burbujeaba en la sartén, sonó el timbre. Lucía se quedó petrificada con la espátula en la mano. «¿Nacho? Tiene llave. ¿La habrá perdido? O… —Corrió a la ventana—. El parque está casi vacío; es hora de comer y la siesta de los más pequeños. Pero ¿dónde están Nacho y Lucas?». Todo eso pasó por su mente en un segundo. El timbre sonó de nuevo, más insistente.
Segura de que algo malo había pasado, abrió la puerta de golpe. Ahí estaba Nacho, con una mano en la otra, los ojos como platos, asustado y culpable.
—¡Lo sabía! ¿Qué ha pasado? —preguntó Lucía.
Debía de tener los ojos como faroles, porque Nacho se puso a farfullar a toda prisa:
—¡No me regañes! No es para tanto. Me caí del patinete.
Lucía examinó mejor la mano de su hijo. Había marcas de dientes en la palma y el dorso, con sangre asomando.
—Me ha mordido un perro —dijo Nacho, intentando retirar la mano.
—¿Qué perro? ¿Es que eres pequeño para acercarte a los perros callejeros?
De pequeño, Nacho se volvía loco con los cachorros y los gatos, pidiendo uno a gritos. Pero Lucía fue inflexible. ¿Un perro? Ella trabajaba, él en el colegio… estarían todo el día fuera. El animal lo mordería todo, y no tenían dinero para comprar muebles nuevos. «Cuando crezcas, te buscas lo que quieras, pero en esta casa mando yo…», recordó.
—No es callejero, lleva collar. Vive aquí, en el bloque de al lado.
—¿Y dónde está su dueño? ¿Por qué te ha mordido? ¿Está enfermo o es agresivo? —Lucía estaba tan asustada que olvidó cerrar la puerta.
Oyó pasos pesados y una respiración agitada.
—Casi no llego —dijo una mujer entrada en kilos, jadeando—. Quise alcanzarlo, pero con ese niño, imposible. Uf… —recuperó el aliento—. Las vecinas me avisaron que Romeo le había mordido. Pero tiene culpa tu hijo… Lo vieron. Le pinchó con un palo. Romeo es casero, tiene todas las vacunas y papeles, aunque los tiene el dueño. No tiene rabia… —hablaba entrecortada, luchando contra el ahogo.
—¿Entonces usted no es la dueña? ¿Por qué deja al perro suelto? ¡Podía haber mordido a un niño pequeño! —se indignó Lucía.
—Es bueno, no haría ni daño a una mosca. Tu hijo provocó. No hay que pinchar a los perros… —repitió la mujer—. ¿Me da un vaso de agua?
Lucía le trajo agua. Mientras la mujer bebía ruidosamente, ella amenazó con denunciar, que no se podía dejar así, que habría que dormir al perro antes de que atacara a otro…
—Dios mío, hay que ir al médico… —dijo, y corrió a por el teléfono.
Al volver al recibidor, marcando el número, chocó de frente con la mujer, que se movía como un flan.
—¡No tiene rabia, ¿entendiste?! ¡A ti habría que dormirte a ti! Tu hijo lo provocó. Habla con el dueño cuando vuelva, pero a Romeo no lo tocan… —dijo la mujer.
—Si no está el dueño, es un perro callejero —replicó Lucía, dejando de marcar.
—Es casero, yo lo cuido temporalmente. Él es bueno… A mí me cuesta sacarlo, por eso lo suelto. Los vecinos le abren la puerta, y Romeo sube solo y rasca para entrar. Listo el animal. A ti, por hablar así, y a tu hijo, por pinchar…
—No lo pinchaba, le enseñaba a traer el palo —intervino Nacho.
—Usted ni lo vio, ¿no? Las cotillas del portal se lo dijeron. Esas inventan cada cosa… —¡Taxi! Calle Amigos, número 17… Al ambulatorio… Gracias. —Lucía colgó y se dirigió a la cocina, donde ya olía a cebolla quemada.
—Un perro suelto muerde a un niño, y usted lo defiende. ¡Quítese de en medio! —le espetó a la mujer, que bloqueaba la puerta.
Esta retrocedió, bamboleándose, y dejó pasar. Lucía apagó el fuego, se quitó el delantal y volvió al recibidor, donde la mujer ocupaba otra vez todo el espacio. —¡Salga ya! ¡No se puede ni—¡Mamá, Romeo se puede quedar con nosotros! —rogó Nacho con los ojos brillantes, mientras el perro movía la cola como si ya supiera que, al fin, había encontrado su hogar.






