Nicolás Serrano prefería no hablar nunca de su pasado, y tampoco compartirlo con nadie. Mejor dejarlo atrás, pensaba, porque aquello fue un cúmulo de tonterías y momentos desagradables que, a veces, ni él mismo creía que le hubieran sucedido. Era como si alguien, un escritor travieso, hubiera inventado toda aquella interminable y extraña historia sobre él, y se la hubiera susurrado al oído mientras dormía. Y Nicolás, ingenuo, decidió creérselo.
Sin embargo, ahora Serrano había dejado lejos sus viejas costumbres y, a sus cincuenta años, intentaba vivir con sensatez y cabeza fría. Buscaba una nueva esposa, con la esperanza de, esta vez sí, alcanzar la felicidad.
Hace poco conoció por Internet a una mujer espléndida, cuyo nombre era tan simbólico como Esperanza. Al principio solo intercambiaron mensajes, luego hablaron por teléfono y, al final, quedaron en una cafetería del centro de Madrid para conocerse cara a cara.
En persona, Esperanza resultó ser aún más guapa que en las fotos del portal de citas. Y sus ojos mucho más expresivos, llenos de un misterio que sugería que tampoco a ella la vida la había dejado intacta.
Durante un minuto permanecieron callados, sentados frente a frente, estudiándose el uno al otro.
Bueno rompió el silencio Esperanza, con una media sonrisa tan enigmática como la de la Mona Lisa, ¿empezamos a conocernos en serio, Nicolás?
Claro respondió él, animado, extendiéndole la mano con un gesto bromista. Nicolás Serrano Jiménez. Cincuenta años, soltero.
¿Siempre soltero, o soltero de nuevo? preguntó ella sin perder la sonrisa. ¿Cuántas veces ya?
Bueno, verás, Esperanza Él vaciló, luego frunció el ceño. ¿De verdad quieres saber toda la verdad?
Exactamente, toda la verdad asintió ella, poniéndose repentinamente seria. Quiero saber de todos los esqueletos que guardas en el armario.
Ay resopló Nicolás poniéndose algo incómodo. Lo que pasa, Esperanza, es que mis esqueletos no caben en un solo armario.
Ya me lo figuraba respondió ella sin inmutarse. Pero a mí, esos armarios no me asustan en absoluto.
¿Y por qué pensabas eso de mí? preguntó él, intrigado.
No sólo de ti. Todos los hombres tienen esqueletos en sus armarios. Es ley de vida.
¿Y las mujeres? preguntó él, con algo de ironía. ¿Ellas solo guardan vestidos y blusas en los suyos?
De las mujeres hablamos luego. Empecemos por tus armarios. Dime, ¿para ti cuántas víctimas hubo?
No es así negó él con la cabeza. En realidad, yo siempre fui el sacrificado. Pero espero tener suerte a la tercera.
Entiendo dijo ella, asintiendo de nuevo. Así que dos veces sin suerte
No es eso. No soy desafortunado, lo que pasa es que he sido demasiado confiado. Y muy enamoradizo. Pero ahora, a los cincuenta, he decidido ser más cauto y cínico. Como todos.
¿Y has pagado la pensión alimenticia?
Por supuesto, todo está pagado respondió Nicolás.
¿A tus hijos legales?
A los legales, claro.
¿Y a los que puedan surgir de algún desliz?
No que yo sepa, no tengo hijos no reconocidos murmuró Nicolás, un poco inseguro. Al menos, nadie me ha comunicado nada
¿Así que no niegas que tuviste encuentros con otras mujeres, de los que podría haber resultado algún hijo?
Ay, Esperanza, basta replicó él con fastidio. Todas las mujeres con las que estuve, de verdad las quise.
¿Mucho tiempo?
Depende Nicolás fue enfriándose, porque aquella mujer removía recuerdos dolorosos. Pero no entiendo, ¿por qué tanto interés? Ya te he dicho que antes fui demasiado enamoradizo y tonto.
¿En qué consistía tu estupidez? siguió ella.
En pensar que cada amor sería para siempre. Pero en realidad
En realidad, eras un donjuán, ¿no?
Nicolás estuvo a punto de protestar, como solía hacer. Pero, por alguna razón, esta vez no quiso. Miró los ojos tenaces de Esperanza y, lamentando haber acudido a la cita, solo alzó una mano.
Llámame como quieras: donjuán, mujeriego, galán, mis exmujeres me han llamado de todo.
Pero ¿cuántas esposas exactamente?
Te lo acabo de decir, dos. Y además, nunca fui infiel a ninguna. Todos mis devaneos sucedieron antes de casarme, en mi juventud. Pero luego, ellas se enteraron y comenzaron a imaginar cosas. Por eso, incluso tuve que mudarme de ciudad para huir de esa imagen que me perseguía.
Vaya se animó Esperanza. Ahora sí que me da curiosidad. ¿Qué clase de pasado arrastras? ¿Me lo cuentas?
¿Y arriesgarme a que esta sea nuestra primera y última cita?
¿Hubo algo imperdonable
en tu juventud?
No, nada ilegal, lamentablemente volvió a suspirar Nicolás. Hubo momentos hermosos y sublimes, pero también situaciones amargas y rastreras. Todo lo que suele acompañar a ese amor loco y ciego, que termina, inevitablemente, en traición. Y no solo una vez, sino varias, siempre con mujeres que parecían adorables. Pero la culpa es mía. No se puede ser tan ingenuo. El amor no es más que una fiebre que pasa rápido y al final deja al enfermo sano. Guardó silencio y, decidido, concluyó: Mejor terminamos aquí la conversación.
¿Por qué? se sorprendió sinceramente Esperanza.
Porque hoy abriste los armarios que yo quería no volver a tocar jamás. Se me ha amargado el día. Y temo que, si alguna vez compartimos la vida, esos esqueletos te acecharán también. Ya tengo suficiente experiencia.
No te preocupes, Nico dijo Esperanza, repitiendo su sonrisa de Gioconda. Si tus esqueletos me molestan, abriré yo mis propios armarios. Los míos no son menos y tienen colmillos igual de afilados. ¿Quieres curiosear en ellos?
Nicolás titubeó.
¿Me estás diciendo que tú, también?
Claro le interrumpió. Yo también fui joven y quise amar mucho y con intensidad. Y lo hice. Por eso quería conocer tus armarios; marido y mujer deben estar a la altura uno del otro, ¿no crees?
Pues sí Nicolás suspiró aliviado. Pero hagamos un trato: hablemos poco de esos años. Que hoy sea la última vez.
¿Por qué?
Simplemente porque prefiero no recordarlos más.
Vale aceptó ella. La verdad es que yo tampoco les tengo aprecio. Mejor pedimos algo. ¿Qué te apetece? Estamos en una cafetería, después de todo. Pide algo que te recuerde tu juventud.
¿Un vermut Yzaguirre?
¡Por supuesto! Había olvidado su sabor. Y, si puede ser, un huevo relleno de atún con mayonesa. Y bocatines de anchoas.
Y también
A los cinco minutos, ya estaban muertos de risa. Porque, de nuevo, recordaban el pasado. Pero ahora solo se acordaban de los buenos momentos, que la juventud siempre deja muchos. Y esos, sí vale la pena rememorarlos.
La vida, pensó Nicolás, consiste en elegir qué recuerdos merecen un sitio en nuestro presente. Perdonar los errores es tan necesario como brindar por los instantes felices.






